Dolores se movía por su despacho con una mezcla de frialdad y determinación que pocos habían visto antes. La traición, o la sospecha de ella, había despertado algo dentro de ella, algo oscuro y calculador. Sabía que no podía permitirse dudar. Había que actuar con rapidez, y el primer paso era confrontar a Laureano. Si él era el responsable, no habría piedad. Necesitaba la verdad, y la obtendría a cualquier precio. Después de asegurarse de que la casa estaba segura y de que nadie sospechaba sus verdaderas intenciones, Dolores se sentó en su escritorio y llamó a uno de sus hombres de mayor confianza, Héctor, un hombre acostumbrado a cumplir órdenes sin hacer preguntas. —Héctor, necesito que traigas a Laureano a un lugar seguro —dijo Dolores, con un tono que no admitía dudas—. No hagas preg

