-Me parece perfecto, doctor. Voy a dejar todo en sus
manos. Usted bien sabe el respeto y la admiración
que mi familia también sentía por usted X los suyos
y yo sé qué clase de gente tengo en frente mío.
-Gracias, Joaquín, y decime, ¿cómo continúan las
cosas con tu ex?
-Cada vez peor doctor. No va a parar hasta verme
recostado en las vías del tren.
-De eso quiero que hablemos en tu próxima visita
mientras se va cocinando esto de la declaratoria,
¿si?
-Me parece bárbaro, doctor. Lo necesito. Quiero vivir
tranquilo y parece que ella se ha propuesto a
meterme palos en la rueda a pesar de estar
legalmente separados.
-Dejalo en mis manos, Joaquín, yo te lo voy a
solucionar en un periquete. Se le van a pasar las
ganas de andar molestando.
-Gracias, doctor.
Joaquín miró su reloj y tuvo la sensación de estar
desembarazándose de su alma.
-iUy!, que tarde se ha hecho, dijo con cierto
nerviosismo. - Me voy, doctor. A las tres de la tarde
entro a trabajar.
-Bien, Joaquín, no te quito más tiempo entonces. Yo
me encargo de todo. Tranquilizate y dejá todo en
mis manos. Apenas tenga novedades me acerco
personalmente a tu casa o te llamo, ¿sí?
-Sí, doctor, respondió Joaquín mientras caminaban
hacia la puerta de salida.
-Nos vemos, doctor, cuídese mucho, dijo Joaquín con
un apretón de manos. - Y tenga ojo con la "Vieja
Loca", nunca se sabe.
-iAh, la "Vieja Loca"! Una timadora, sólo eso.
El transporte pasaba por la garita de la ruta a las
dos menos cuarto de la tarde, ni un minuto más, ni
un minuto menos, y todavía debía caminar esas
ocho cuadras que lo separaban de la parada. En el
camino un parroquiano que vivía a unas cuadras de
su casa se percató del apuro de Joaquín y le frenó la
camioneta unos treinta metros más adelante. Puso
reversa y volvió a frenar.
- ¡Hey! vecino, ¿lo acerco?
-Se lo agradecería en el fondo de mi alma Don
Justo, dijo Joaquín con sincera gratitud.
Subió a la camioneta destartalada y hedionda y se
sentó sobre los resortes del asiento, mientras el
viejo tiraba al piso papeles, bolsas, maderas y
pedazos de cáscara de bananas.
-Parece que andamos como locos hoy, exclamó Don
Justo.
-Sí, tal cual. Sucede que ando muy cansado y he
estado haciendo muchas horas extras esta semana,
explicó Joaquín. - Además ando con trámites y otras
cuestiones y la verdad, me está costando descansar
"Hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar
amigo".
Joaquín lo miró como quien mira a un sabio. Y
mucho de sabiduría había en las palabras de aquel
viejo. Joaquín era un hombre derecho y cabal, con
una decencia incorruptible, pero al mismo tiempo de
un carácter frágil y ciertamente manipulable. Tenía
un pasado tormentoso bajo el dominio feroz y cruel
de una mujer con la que vivió un infierno durante
diecinueve años, y tres hijos desagradecidos que de
vez en cuando le hacían el favor de visitarlo para
despojarlo arteramente del sudor y de sus horas
extras.
-Sabias palabras Don Justo, sabias palabras, dijo
mirando vaya a saber qué por su ventanilla.
-Yo doblo aquí a la izquierda muchacho y enfilo
para Las Torcazas, lo llevo si gusta.
-Gracias Don Justo, pero yo voy para la ciudad y en
dos minutos exactamente pasa mi transporte. Le
agradezco esta gauchada que me hizo.
-Para eso estamos los vecinos, muchacho. Suerte y
cuídese.
-Usted también, Don Justo, tenga precaución en este
tramo hasta Las Torcazas que es verdaderamente
infernal.
-Gracias, hijo, voy a pensar en eso.
Joaquín se bajó y con mucha dificultad pudo cerrar
la puerta desvencijada y herrumbrada de la
camioneta. El viejo levantó su mano desde adentro
como saludando y Joaquín se apresuró a llegar a la
garita donde otras personas aguardaban también.
Era un día extremadamente caluroso bajo un cielo
limpio y una ventisca molesta que atravesaba de
norte a sur la ciudad. El transporte arribó a la garita
exactamente a las trece cuarenta y cinco, ni un
minuto más, ni un minuto menos.
-Buenas tardes! ¡Buenas tardes! iBuenas tardes!,
saludó el chofer con esa simpatía que lo
caracterizaba. Joaquín fue el último en subir y lo
saludó con una pequeña palmadita en la espalda.
-Buenas tardes, Goyo, ¿cómo está tu rodilla hoy?
-Cada vez peor, Joaquín, esto no tiene solución, dijo
encogiéndose de hombros y ciertamente
consternado el chofer mirándolo por el retrovisor.
-Tranquilo, Goyo, todo tiene solución menos la
muerte, dijo Joaquín al unísono con el chofer y
decorando la frase con una sonrisa.
Fue hasta el fondo del ómnibus y se sentó a la
altura de la panza que se formaba en el piso que
cubría la rueda trasera. Allí le gustaba sentarse a
Joaquín para estirar bien las piernas y dormir esos
veinte minutos hasta el centro de Posadas, con un
pañuelo oscuro que ponía sobre su cara y que
cubría sus ojos para escaparle al resplandor que
ingresaba como una daga hirviente por la
ventanilla.
Y a pesar de que la temperatura iba escalando
conforme iban pasando los minutos, en un cierto
punto de viaje, entreabrió sus ojos ciertamente
irritados y se cubrió desde el cuello hasta la cintura
con el saco de terciopelo azul.
Se inclinó sólo un poco en el asiento para observar
las ventanillas de los demás pasajeros y poder
verificar de que estuvieran cerradas. Hizo un gesto
de no entender por qué un frío inmenso y polar lo
estaba envolviendo y se acurrucó sobre sí mismo
para continuar. De pronto exclamó:
- ¿Llegamos?
Se sorprendió al notar que el viaje seguía tan
tranquilo como había arrancado. Volvió a inclinarse
en el asiento y vio a toda la gente sumida en sus
sueños. Se recostó pausado y frotó sus ojos con el
pulgar y el índice de su mano derecha hasta
estrujarlos y sacarles lágrimas. Se quedó pensando
quién pudo haberle quitado el pañuelo de la cara y
haberlo doblado tan inmaculadamente y haberlo
metido de nuevo en el bolsillo interior de su saco
azul. Dejó el abrigo sobre el asiento de su derecha,
se levantó evitando pegar su cabeza en el techo y
casi arqueado fue a preguntarle al chofer el tiempo
que faltaba para llegar.
-Goyo, perdón por favor ¿A cuánto estamos?
¿Qué te sucede, Joaquín? Te ves fatal hoy.
-No he podido pegar un ojo, dijo algo fastidiado
Joaquín.
-Se te nota, amigo. En siete minutos llegamos, yo te
pego el grito.
-Gracias, Goyito, dijo Joaquín más calmado.
Regresó a su lugar y un vaho de calor, no sólo lo
azotó, sino que lo hizo pensar repentinamente en el
frío descomponedor que había tenido hacía pocos
minutos atrás. Se puso cómodo en su asiento,
apoyó su cabeza en el respaldar y clavó sus ojos en
la ventanilla. Afuera el mundo era bien distinto. La
ciudad comenzaba a enmarañarse y se armaba
lentamente la telaraña diaria en una ciudad
enloquecida, atravesada por los gritos, el rechinar
de los autos, la desesperación de la gente presa de
sus teléfonos y la locura reinante que a esa hora
vestía el centro de Posadas.