EL PRINCIPIO DEL FINAL

1203 Palabras
-Me parece perfecto, doctor. Voy a dejar todo en sus manos. Usted bien sabe el respeto y la admiración que mi familia también sentía por usted X los suyos y yo sé qué clase de gente tengo en frente mío. -Gracias, Joaquín, y decime, ¿cómo continúan las cosas con tu ex? -Cada vez peor doctor. No va a parar hasta verme recostado en las vías del tren. -De eso quiero que hablemos en tu próxima visita mientras se va cocinando esto de la declaratoria, ¿si? -Me parece bárbaro, doctor. Lo necesito. Quiero vivir tranquilo y parece que ella se ha propuesto a meterme palos en la rueda a pesar de estar legalmente separados. -Dejalo en mis manos, Joaquín, yo te lo voy a solucionar en un periquete. Se le van a pasar las ganas de andar molestando. -Gracias, doctor. Joaquín miró su reloj y tuvo la sensación de estar desembarazándose de su alma. -iUy!, que tarde se ha hecho, dijo con cierto nerviosismo. - Me voy, doctor. A las tres de la tarde entro a trabajar. -Bien, Joaquín, no te quito más tiempo entonces. Yo me encargo de todo. Tranquilizate y dejá todo en mis manos. Apenas tenga novedades me acerco personalmente a tu casa o te llamo, ¿sí? -Sí, doctor, respondió Joaquín mientras caminaban hacia la puerta de salida. -Nos vemos, doctor, cuídese mucho, dijo Joaquín con un apretón de manos. - Y tenga ojo con la "Vieja Loca", nunca se sabe. -iAh, la "Vieja Loca"! Una timadora, sólo eso. El transporte pasaba por la garita de la ruta a las dos menos cuarto de la tarde, ni un minuto más, ni un minuto menos, y todavía debía caminar esas ocho cuadras que lo separaban de la parada. En el camino un parroquiano que vivía a unas cuadras de su casa se percató del apuro de Joaquín y le frenó la camioneta unos treinta metros más adelante. Puso reversa y volvió a frenar. - ¡Hey! vecino, ¿lo acerco? -Se lo agradecería en el fondo de mi alma Don Justo, dijo Joaquín con sincera gratitud. Subió a la camioneta destartalada y hedionda y se sentó sobre los resortes del asiento, mientras el viejo tiraba al piso papeles, bolsas, maderas y pedazos de cáscara de bananas. -Parece que andamos como locos hoy, exclamó Don Justo. -Sí, tal cual. Sucede que ando muy cansado y he estado haciendo muchas horas extras esta semana, explicó Joaquín. - Además ando con trámites y otras cuestiones y la verdad, me está costando descansar "Hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar amigo". Joaquín lo miró como quien mira a un sabio. Y mucho de sabiduría había en las palabras de aquel viejo. Joaquín era un hombre derecho y cabal, con una decencia incorruptible, pero al mismo tiempo de un carácter frágil y ciertamente manipulable. Tenía un pasado tormentoso bajo el dominio feroz y cruel de una mujer con la que vivió un infierno durante diecinueve años, y tres hijos desagradecidos que de vez en cuando le hacían el favor de visitarlo para despojarlo arteramente del sudor y de sus horas extras. -Sabias palabras Don Justo, sabias palabras, dijo mirando vaya a saber qué por su ventanilla. -Yo doblo aquí a la izquierda muchacho y enfilo para Las Torcazas, lo llevo si gusta. -Gracias Don Justo, pero yo voy para la ciudad y en dos minutos exactamente pasa mi transporte. Le agradezco esta gauchada que me hizo. -Para eso estamos los vecinos, muchacho. Suerte y cuídese. -Usted también, Don Justo, tenga precaución en este tramo hasta Las Torcazas que es verdaderamente infernal. -Gracias, hijo, voy a pensar en eso. Joaquín se bajó y con mucha dificultad pudo cerrar la puerta desvencijada y herrumbrada de la camioneta. El viejo levantó su mano desde adentro como saludando y Joaquín se apresuró a llegar a la garita donde otras personas aguardaban también. Era un día extremadamente caluroso bajo un cielo limpio y una ventisca molesta que atravesaba de norte a sur la ciudad. El transporte arribó a la garita exactamente a las trece cuarenta y cinco, ni un minuto más, ni un minuto menos. -Buenas tardes! ¡Buenas tardes! iBuenas tardes!, saludó el chofer con esa simpatía que lo caracterizaba. Joaquín fue el último en subir y lo saludó con una pequeña palmadita en la espalda. -Buenas tardes, Goyo, ¿cómo está tu rodilla hoy? -Cada vez peor, Joaquín, esto no tiene solución, dijo encogiéndose de hombros y ciertamente consternado el chofer mirándolo por el retrovisor. -Tranquilo, Goyo, todo tiene solución menos la muerte, dijo Joaquín al unísono con el chofer y decorando la frase con una sonrisa. Fue hasta el fondo del ómnibus y se sentó a la altura de la panza que se formaba en el piso que cubría la rueda trasera. Allí le gustaba sentarse a Joaquín para estirar bien las piernas y dormir esos veinte minutos hasta el centro de Posadas, con un pañuelo oscuro que ponía sobre su cara y que cubría sus ojos para escaparle al resplandor que ingresaba como una daga hirviente por la ventanilla. Y a pesar de que la temperatura iba escalando conforme iban pasando los minutos, en un cierto punto de viaje, entreabrió sus ojos ciertamente irritados y se cubrió desde el cuello hasta la cintura con el saco de terciopelo azul. Se inclinó sólo un poco en el asiento para observar las ventanillas de los demás pasajeros y poder verificar de que estuvieran cerradas. Hizo un gesto de no entender por qué un frío inmenso y polar lo estaba envolviendo y se acurrucó sobre sí mismo para continuar. De pronto exclamó: - ¿Llegamos? Se sorprendió al notar que el viaje seguía tan tranquilo como había arrancado. Volvió a inclinarse en el asiento y vio a toda la gente sumida en sus sueños. Se recostó pausado y frotó sus ojos con el pulgar y el índice de su mano derecha hasta estrujarlos y sacarles lágrimas. Se quedó pensando quién pudo haberle quitado el pañuelo de la cara y haberlo doblado tan inmaculadamente y haberlo metido de nuevo en el bolsillo interior de su saco azul. Dejó el abrigo sobre el asiento de su derecha, se levantó evitando pegar su cabeza en el techo y casi arqueado fue a preguntarle al chofer el tiempo que faltaba para llegar. -Goyo, perdón por favor ¿A cuánto estamos? ¿Qué te sucede, Joaquín? Te ves fatal hoy. -No he podido pegar un ojo, dijo algo fastidiado Joaquín. -Se te nota, amigo. En siete minutos llegamos, yo te  pego el grito. -Gracias, Goyito, dijo Joaquín más calmado. Regresó a su lugar y un vaho de calor, no sólo lo azotó, sino que lo hizo pensar repentinamente en el frío descomponedor que había tenido hacía pocos minutos atrás. Se puso cómodo en su asiento, apoyó su cabeza en el respaldar y clavó sus ojos en la ventanilla. Afuera el mundo era bien distinto. La ciudad comenzaba a enmarañarse y se armaba lentamente la telaraña diaria en una ciudad enloquecida, atravesada por los gritos, el rechinar de los autos, la desesperación de la gente presa de sus teléfonos y la locura reinante que a esa hora vestía el centro de Posadas.
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