JOAQUÍN
La mano pesada de Joaquín cayó como un pedazo
gigante de plomo sobre la campanilla del reloj que
rodó hasta la pared y desapareció de la mesa de
luz. De inmediato pegó un brinco en la cama y lo
alzó del suelo con la parte trasera algo despegada,
lo volvió a acomodar sobre la mesita y se tiró en la
cama con los brazos hacia atrás - una pierna sobre
el piso y otra sobre la cama - a pegar las últimas
bostezadas y a hacer rechinar los huesos de la
espalda. Cuando se levantó el agua lo cubrió hasta
las rodillas y, de un salto monumental, se aventó de
nuevo a la cama paralizado por el miedo y la
incertidumbre. Se asomó seguro de hallar un
monstruo colosal bajo las aguas turbias que se
agitaban como si un manso remolino viniera
gestando su malicia desde los confines del
universo. Pensó: corro ahora o es el final. Alargó su
pierna derecha y su pie se estiró como un elástico
para corroborar si el suelo seguía en su lugar o,
bajo la masa, la infinitud mostraría sus filosos
dientes.
Tomó riesgos. Apoyó el pie sin antes cerciorarse de
encontrar aliados con sus dos manos y aferrarse
bien para no ser atrapado y removido hacia las
profundidades del barro desconocido. Halló el suelo.
De a poco, no muy convencido, fue abandonando
los barrotes de la cama y le dio vida a su pierna
izquierda. Tierra firme. Allí descubrió que el agua lo
cubría hasta la cintura. El color negruzco no le
permitía ver más allá del borde de su ropa interior y
eso le despertaba un pavor nunca antes
experimentado. Desconocía el mundo bajo su
cuerpo. Ignoraba los secretos escondidos y turbios
que se relamían en las profundidades, tal vez
acariciando su cuerpo sin que él lo notara; tal vez
girando alrededor de sus piernas preparando la
estocada para deglutirse la carne de sus
extremidades escuálidas. Debía avanzar. No tenía
opciones. Era él o los bichos. O el agua, que
lentamente lo iba hundiendo en su laberinto. El
caudal lo empelló hacia el baño y lo hizo golpear
contra la pared. Se repuso, pero los tiempos no le
daban tregua ni para sobarse los dolores. Sacó
fuerzas de donde ya no tenía y se asió del lavabo.
El río era salvaje a esa altura y le hacía flamear la
cintura como si fuese un trapo cualquiera. Ahí fue
cuando levantó su mirada y el espejo le devolvió la
imagen más cruel de su vida. Detrás de él los
barcos se agolpaban y se estrellaban unos con
otros, mientras el mar se teñía de un rojo carmín
intenso y los tiburones dejaban de danzarle para
estropear la cena suculenta que caía de los barcos
hacia el agua. Tuvo un Dios aparte. El presagiaba e
horror, sabía y sentía las cosquillas de sus escamas.
a milímetros de sus piernas. Volvió a verse en el
reflejo y sus ojos se suspendían en el aire
increíblemente, con sus dientes al descubierto,
desprovisto totalmente de facciones y de cabello,
con su cerebro en plena vida, latiendo al ritmo del
corazón galopante. Giró repentinamente y se
acordó de los tiburones. Un pequeño escualo
intentaba tragar el rostro arrancado de cuajo como
su madre le había enseñado tiempo atrás en alguna
de sus cacerías sangrientas. No le quitaba los ojos a
Joaquín, al contrario, parecía mirarlo y rogarle una
ayuda para terminar de deglutir lo antes posible.
Como un resorte saltó de la cama con su cuerpo
bañado en transpiración y sus ojos crispados. Se
acordó que tenía que planchar el pantalón y la
camisa. Lo podría haber hecho la noche anterior,
pero decidió levantarse más temprano y encontrar
en algún rincón de la casa las ganas que antes no
tenía.
Fue lo primero que hizo enfundado en unas chinelas
de cuero de vaca y con su clásico calzoncillo
transparente y plagado de bolitas de tela. “Me
olvidé de estropajear el piso anoche", pensaba
mientras planchaba como un adivino. Dejó la ropa
bien acomodada en una silla del comedor, puso a
calentar el agua para su té y huyó raudamente
hacia el baño. Abrió la puerta temeroso. Después
pensó seriamente en la imposibilidad de un grupo
de tiburones aguardando hambrientos en el baño,
pero al abrir la puerta un soplo gélido lo atrapó
entre sus brazos. La idea de Joaquín era coordinar
los tiempos entre el baño y el agua de su té para no
perder tantos minutos sabiendo que, en lo del
doctor Pérez Arrieta, no sería el único cliente en el
día de hoy, y si todo salía diagramado y articulado
como lo tenía armado en su mente, una vez
concluido lo del abogado, enlazaba en forma directa
y se dirigía a trabajar. Acostumbrado al detalle y a
la minuciosidad tuvo que armarse de coraje y
velocidad para ganarle al tiempo, dejando algunos
manchones imperceptibles en el final de su
afeitada, descuidando el peinado, al cual le
dedicaba un tiempo hermoso y prudencial.
Joaquín era un hombre alto y desgarbado, con una
delgadez extrema pero fibroso al mismo tiempo,
pálido y con dos sombras profusas contorneando
sus ojos, de mirada noble y sincera y de un andar
cansino producto de su estatura y su endebles
física. Su casa - modesta - era un monumento al
orden y la simetría, con una entrada larga pero
iluminada, un living pequeño pero confortable
rodeado de algunas plantas de ricos aromas, una
cocina amplia con dos arañas de madera, un baño
inmaculado inserto en una exquisita gama de
perfumes, y un dormitorio de un diseño
vanguardista y magistralmente cuidado, con una
óleo de Degás en la cabecera y con paredes
alternando colores pasteles.
La media mañana se asemejaba a una verdadera
pérdida de tiempo párale con todo lo que tenía para
hacer. Se vistió, volvió a acomodar su pelo y se
preparó para desayunar. Lo hizo en una posición
poco convencional y sin ortodoxia alguna, con sus
ojos perdidos en el techo y el saco atravesado en su
brazo izquierdo, casi sentado, pero no del todo
parado.
El estudio del doctor Pérez Arrieta se encontraba a
unas veinte cuadras de su casa, en el sentido
contrario de la garita de la ruta donde, más tarde,
debía llegar para abordar su transporte que lo
llevaba rumbo a Posadas. Siete clientes estaban
antes que él. Suspiró profundo y se entregó a la
amarga espera, con sus ojos clavados en las agujas
de un reloj que parecía volar en el tiempo. Miraba
por el ventanal y aspiraba el perfume inconfundible
de las flores matinales. Un nuevo cliente llegó para
el doctor. Era la conocida "Vieja Loca", una mujer
con aspecto humilde, pero de mirada extraña, con
ojos profundos y desprovista de toda vergüenza,
observando y estudiando a cada uno de los clientes
en clara muestra de ser la adivinadora del futuro y
la auguradora del bien y del mal. Todos la conocían.
Muchos le atribuían poderes especiales y hasta se
comentó que le salvó la vida a un niño luego de
haber estado técnicamente muerto durante dos
horas y media en un pozo de cal de la familia más
acaudalada del pueblo.
-iBuenos días!, dijo con una voz endemoniada y
pausadamente. Nadie contestó. Sólo se sintió una
carraspera lejana y asordinada y el ruido de unos
cuantos huesos acomodando el momento
-iMal educados!, dijo en un tono más bajo, con
palabras que apenas se pudieron apreciar de sus
labios marchitos. Otra carraspera. Más ruidos de
huesos. Se abrió la puerta del despacho de Pérez
Arrieta.
-¡Molina!, dijo el doctor y saludó con su mano a
Joaquín.
-Ya estoy con vos, le dijo amablemente.
-Está bien, doctor. Espero.
Una brisa suave y algo cálida comenzaba a dar las
primeras señales de que, lo que habían anunciado
las noticias la noche anterior, se iba a cumplir
inexorablemente: exceso de temperatura con una
máxima de cuarenta grados. El cielo tenía un
turquesa intenso y no se divisaba una nube a
kilómetros de distancia.
Joaquín tomó un ejemplar de una revista de
deportes y se puso a hojearla, con su mirada
extraviada en su reloj pulsera, haciendo fuerza para
detener el tiempo al menos por un instante. El paso
de las hojas fue tan veloz que no retuvo nada de lo
que, en teoría, leyó. Los minutos pasaban. Él sabía
que el doctor les dedicaba a sus clientes el tiempo
que sea necesario para salir satisfechos del estudio.
Y estaba bien, sólo que hoy su modorra y sus
pesadillas le retrasaron los planes. Se sirvió un vaso
de agua y regresó a su lugar. Una silenciosa música
se podía oir en los parlantes colgados en la pared y
no alcanzaba a tapar el ambiente caldeado que
había propuesto la vieja loca desde su llegada
Joaquín levantó su mirada porque sintió, en su fuero
más íntimo, los ojos de aquella mujer puestos en él.
Y su presagio fue elocuente. Ella lo miraba como
queriendo introducir al demonio en su torrente
sanguíneo. El esquivó su mirada. Se incorporó
nuevamente y se dirigió, una vez más, a buscar
otro buen vaso de agua. Volvió con el plan trazado
de coger una revista y no levantar los ojos hasta no
sentir su nombre salir de la boca del doctor Pérez
Arrieta. Las espadas calientes del reloj parecieron
colisionar en el desvencijado número doce. Un
síntoma de desesperación empezó a invadir a
Joaquín porque aun restaban tres clientes antes que
él y, haciendo cálculos en el aire, daba la sensación
de que el tiempo le jugaría una mala carta. La vieja
loca seguía firme en su lugar. Todos sabían que
todos los días se pasaba horas sentada en el
consultorio del abogado, gesticulando en su mudez,
augurando los buenos y los malos tiempos,
vaticinando el fin del mundo y anunciando las
catástrofes más terribles y los nuevos santos por
venir y las nuevas mujeres con visiones de todo tipo
y las muertes de grandes próceres, de políticos y de
gente de la alta sociedad. Era la única opción que
tenía de llevar unos céntimos a su cueva y no por
sus adivinanzas, sino para que deje de molestar con
sus dichos demoníacos y con sus olores
nauseabundos.
El sol era implacable en lo alto del cielo despejado.
Los pocos que quedaban en el consultorio
empezaron a quitarse algunas de sus prendas,
sintiendo el fulgor entrando y crujiendo la carne
despaciosamente. El olor a orina vieja y
descompuesta Joaquín lo sintió trepando a sus
narices. Ella aplastó su humanidad en la silla de al
lado y se quedó observándolo como a un ser de
otro mundo. Intentó c******e como un acto reflejo,
pero la pared le derrumbó toda chance. No tuvo
otra opción que ladearse un poco y soportar el vaho
que desprendía desde su pudrición interna la vieja
loca.
-No sé por qué veo tan vidriosa tu mirada, abrió con
descaro la mujer.
- ¿Perdón? ¿Me está hablando a mí?, preguntó
sorprendido Joaquín.
-Sí, a vos y a tu alma.
-Disculpe señora, ¿podría dejarme leer este artículo
en paz por favor?
-Sí, por supuesto, buen hombre.
Un espacio denso y pesado quedó flotando como un
ave negra entre los dos. Ya no quedaba nadie, sólo
un cliente en el despacho de Pérez Arrieta.
- ¿Tienes problemas?, arremetió de nuevo la mujer.
Joaquín la miró como remarcándole la molestia.
-¿Por qué me mirás así? Yo no te he hecho nada.
-Sí señora, me está molestando.
-Si otra persona estuviera sentada en mi lugar,
¿dirías lo mismo?
Joaquín levantó escasamente sus ojos y se quedó
pensativo tragando una saliva larga y desigual.
-Señora, con todo el respeto que me merece. Yo n
creo en sus dichos, en sus cosas ni en sus
pensamientos. No me gusta que alguien se siente a
mi lado y me esté diciendo cosas que no existen,
que nunca van a suceder. ¿Quiere dinero? Tome.
Joaquín extrajo de su billetera unos cuantos pesos
para que la mujer literalmente desparezca del
despacho. Se los ofreció.
-En algo usted tiene razón buen hombre.
- ¿En qué?, preguntó Joaquín con los billetes
desparramados entre sus dedos y un gesto de
incredulidad marcado a fuego.
-Tengo hambre, es cierto, y un buen poco de dinero
no me viene mal, o poderme quitar estos harapos
mugrientos, o lavarme más seguido el pelo, pero yo
no me senté a su lado para robarle nada señor.
-Está bien, señora, dijo contenido Joaquín. Guardó
lentamente su dinero y prosiguió. - Tengo algunos
problemas y necesito la soledad para pensar, por
eso le ruego que me deje tranquilo, nada más que
eso.
La mujer sintió pena por un instante y en sus ojos
plagados de lagañas pudo reflejarse ese dolor.
-¿Por qué me mira así?, preguntó Joaquín.
-Dios escucha cada uno de nuestros ruegos.
Nuestros pedidos son órdenes para él y a veces él
decide el destino más certero para nuestras penas.
Joaquín observaba y callaba. Entendía las palabras
pero no sabía el fin de las mismas. La mujer se
levantó y se fue. Antes de cruzar la puerta del
despacho del abogado se detuvo y lo observó una
vez más.
-Todo va a estar mejor hijo.
Abrió la puerta y pareció que el viento la hubiera
tomado entre sus brazos y la hubiera llevado a los
confines de su dimensión desconocida. Joaquín se
quedó con un trago amargo incrustado en su
garganta y con una sensación de vacío calándole
los huesos.
El doctor abrió la puerta de su despacho y despidió
a su cliente.
-Joaquín, ibuen día, amigo!, perdón la demora.
-Está bien doctor, dijo Joaquín mientras se relamía
con las últimas palabras de la vieja loca sin quitarle
los ojos a la puerta principal.
- ¿Sucede algo, Joaquín?, preguntó el letrado.
-No, nada, nada. Todo va a estar mejor.
Joaquín venía tratando con el doctor Pérez Arrieta
desde hacía unos dos meses por cuestiones
contractuales ligadas a la herencia de la casa de
sus padres, que habían fallecido en un accidente de
aviación viajando de Estados Unidos a España hacía
dos años y medio.
Quince días atrás Joaquín había solicitado un turno
con el letrado y éste le había presentado
someramente un esquema parcial de la situación,
pero hoy el abogado y Joaquín si iban a abocar más
de lleno al asunto para despejar cualquier duda o
posibles conflictos.
Mediante un interlocutor Pérez Arrieta solicitó a su
secretaria privada dos cafés para aclimatar una
charla que se presentaba larga pero no menos
complicada.
-Bueno, mi amigo Joaquín, ¿cómo está usted?, abrió
a abogado soltando aquellos preámbulos lógicos a
la atención.
-Bien, doctor, cansado. No tengo espacio ni para
dormir con el trabajo y otras menudencias incluido
esto ahora.
-Me imagino, Joaquín.
-Bueno, doctor - abrió el telón Joaquín - Me dijo
usted la sesión pasada que íbamos a adentrarnos
bien en cómo se podrían dar los pasos en esta
cuestión.
-Así es, mi querido Joaquín, respondió el letrado
frotándose las manos.
La puerta del despacho sonó.
-Sí, adelante Raquel.
-iPermiso, permiso! ¡iBuen día!, dijo con simpatía la
secretaria y dejó las dos tazas de café sobre el
escritorio. - Permiso, me retiro, prosiguió dando un
saludo definitivo. Joaquín intentó disimular su gusto
exacerbado por Raquel, una mujer fina y elegante,
de andar felino y unos ojos poderosos de ternura y
encanto. Apenas la siguió con el rabillo del ojo
mientras la despedía, pero inmediatamente y con
cierto disimulo, volvió su atención a Pérez Arrieta.
-Hermosa, ¿no?
- ¿Perdón, doctor?, preguntó Joaquín haciendo pasar
una saliva grande como el mundo por su garganta.
-Al fin y al cabo, la mujer es una fachada
-No lo entiendo, dijo Joaquín intentando aprovechar
el vuelo del doctor y salir por esa r*****a indemne y
sin culpas. El letrado se echó para atrás y adoptó
una posición reflexiva mientras ablandaba con sus
dedos un habano importado.
-Le venden al hombre lo que el hombre quiere
comprar. La mujer es como una prenda de mala
calidad. La comprás, te la llevàs a tu casa, la usás y
cuando la lavás se te encoje toda y se llena de
pelotitas. Joaquín no entendía nada. Sólo observaba
al abogado con una sonrisa escasa y esperaba el
final de la reflexión.
- Más allá de eso, ¡qué hermosas que son!, concluyó
el letrado. En el medio del silencio que provocó esta
disertación apartada de Pérez Arrieta, encendió su
habano y un humo grande y grueso hizo volver todo
a la realidad
-Bien, Joaquín, sigamos, dijo echando por la borda lo
anterior. - ¿En qué habíamos quedado?, preguntó
pitando largo su cigarro.
-Me dijo, doctor, que me iba a explicar con detalle
toda esta situación de la casa de mis padres.
-iAh, si, si!, bueno, el tema es así mi querido
Joaquín: una vez muertos sus padres la casa queda
para usted y su hermano. Ustedes pasarían a ser
los herederos naturales del inmueble, ¿me seguís?
-Sí doctor, lo escucho.
-Bien. De todos modos, ustedes deben hacer lo que
se denomina declaratoria de herederos, para
constatar que son usted y su hermano los únicos y
universales dueños de este bien muertos sus
padres. Pero en el medio de este trámite puede
suceder que aparezcan otros interesados a los que
se denominan herederos indirectos. Ellos pueden
ser hijos reconocidos de cuestiones extra
matrimoniales tanto de su padre como de su
madre. Ahora bien, si ellos no están debidamente
reconocidos, no tienen opción alguna, salvo un
examen de ADN que llevaría las cosas a complicarse
aún más.
-Doctor - interpuso Joaquín -, Yo puedo asegurarle
que eso no ha sucedido. Mi padre fue una persona
inmaculada, un militar retirado con los mejores
honores y con una conducta intachable. Mi madre
fue un ejemplo de persona, una esposa leal y una
madre inigualable. Ambos dieron su vida por
nuestra crianza y por nuestro porvenir y jamás
equivocaron el camino ni bebieron de donde no
debían.
-Entiendo todo lo que me estás diciendo, Joaquín y
creeme que no dudo en absoluto de tus palabras.
Mejor que nadie sabés el respeto y la admiración
que mi familia y yo hemos tenido por tus padres.
Nadie en este pueblo puede llenarse la boca de
algo tan injusto como querer ensuciar la imagen de
tu santa madre y de enchastrar gratuitamente a
ese tipazo y vecino que era don Augusto Molinari.
-Gracias doctor, me sorprenden sus palabras.
-No deberían sorprenderte, Joaquín. Tus padres
fueron un ejemplo y todo el pueblo lloró la pérdida
de ellos, tan lejos de aquí, encontrando una muerte
tan injusta. Pero lamentablemente amigo Joaquín la
ley es la ley, y éste es un procedimiento que hay
que respetar y llevar a cabo. De otra manera todo
va a caer en un saco sin fondo. Si existiera una ley
que abra la puerta a estos trámites respaldada en
la buena conducta de la gente, todo podría ser más
sencillo, pero no es así.
-Está bien, doctor, lo entiendo y sé que son pasos
que hay que seguir, acotó Joaquín.
-Igualmente esto es un mero proceso. Vos y yo
sabemos que en el medio no hay absolutamente
nada. Sólo se trata de poner en conocimiento esta
situación y aguardar unos sesenta días hasta que
salga el veredicto final. Es nada más que cuestión
de tiempo.