EL SUEÑO DE MORFEO

1232 Palabras
-Entonces, preguntó Amelia, ¿han notado cuál es la diferencia entre un verbo copulativo y un verbo no copulativo en el predicado de una oración? -Sí, dijeron al unísono los veintinueve alumnos en la clase. Menos uno, Catriel. La maestra reparó en esa actitud del joven estrella de quinto grado. - ¿Catriel?, preguntó extrañada. Insistió. - ¿Catriel? -Hey, Panigassi, te habla la maestra, dijo su compañero de la derecha tocándolo levemente en el codo. Catriel volvió de la nada situada en algún punto cardinal. -Sí, ¿Qué pasa?, preguntó desorientado. Amelia arrugó su ceño y prefirió obviar la situación. -Catriel, estaba preguntando si habían entendido la diferencia entre un verbo copulativo y uno no copulativo dentro del predicado en una oración ordinaria… La maestra se quedó aguardando una respuesta. Catriel volvió a su lugar de ensoñaciones y se perdió en esa imagen que sólo vagaba por su mente. Amelia se quitó sus gafas y las apoyó sobre el registro encima del escritorio y sin dejar de mirarlo - con su ceño arrugado todavía - se dirigió hacia el banco del alumno. -Panigassi, ¿estás bien hijo?, preguntó un tanto abrumada la docente apoyando su mano en el hombro de Catriel. - ¿Qué cosa?, preguntó notoriamente alejado de la realidad circundante. - ¿Estás bien?, insistió Amelia. -Sí, señorita, ¿por qué?, respondió como insertado de nuevo en este mundo. ¿Me podrás contestar la pregunta que hice hace unos instantes?, preguntó Amelia con aire investigativo. -Sí, señorita. Entiendo perfectamente la diferencia. Ser y estar son copulativos. El resto no lo son. La docente se quedó observándolo sin decir ni media palabra. Luego amagó con un atisbo de sonrisa, quitó la mano del hombro de Catriel y le dijo: -Muy bien, así se responde. Se quedó mirándolo un instante más, dio la vuelta y prosiguió con su clase de lengua y literatura. Catriel Panigassi era, por lejos, el alumno más sobresaliente de la clase. No sólo poseía una inteligencia envidiable, sino que la alternaba con una madurez excepcional, una sabiduría innata, una capacidad de resolución digna de un universitario y, sobre todo, una picardía bienhechora, lejos de una ponzoñosa manipulación; buen chico, de un corazón noble y presto a dar de lo suyo al necesitado y al afortunado. Para Amelia el día pasó volando. Ni si quiera se detuvo cinco minutos para preguntarle a Catriel el motivo de su vuelo fantasmagórico allá por la primera hora. Catriel llegó a casa a la hora del puré de papas con bifes a la criolla que Lourdes, su madre, le había prometido la noche anterior. Almorzaron e hicieron una larga sobremesa. Catriel se quedó juntando las cosas y lavando mientras su madre volvía presurosa al consultorio odontológico. Hacia la noche esperó a Lourdes con la cena lista, como una devolución de gentilezas. -Hoy fue un día fatal en el consultorio, abrió el diálogo su madre. - Me han vuelto loca. Te cuento. ¿Viste el holandés que se está haciendo los tratamientos de conducto? Bueno. No puedo entenderle ni una palabra de ese castellano traído de los pelos que ha adquirido y, encima de todo, sufre por cualquier pavada que le hago en la boca iEs tan maricón!... Catriel, ¿me estás oyendo?, preguntó su madre. - Catriel, hijo, ¿me estás escuchando lo que te cuento?, insistió. Una vez más había caído en ese silencio lejano. Bostezaba malamente y su cabello era un universo de remolinos de tanto refregar su mano por él. Y en ese silencio apagado y roto parecía desarmarse por ganas de irse a la cama. -Hijo, estás cansado, dijo sensiblemente su madre. - Mirá lo que parecés. Estás todo desarmado, agregó. - ¿Sabés qué? Te vas, te das un buen baño y te acostás. Yo me encargo de todo esto, ¿sí? Catriel estuvo de acuerdo en su lenguaje mudo. Después de poner la casa en orden Lourdes tomó su baño y pegó las últimas revisiones. Pasó a apagar la luz del dormitorio de Catriel que estaba encendida todavía y vio a su hijo desparramado en la cama aun vestido. Ella no lo molestó. "¡Pobre!", dijo en un tono menor, le acomodó algunas cosas y le dio el beso de las buenas noches. -Chau hijito, hasta mañana, que descanses. Catriel esbozó una sonrisa aplastada, giró su cuerpo y, enfundado en su jean suelto y en su campera deportiva, se durmió sin bañarse. A media mañana el sol entraba furioso por los ventanales del aula. El invierno parecía no querer despedirse y la primavera le hablaba al oído intentando convencerla de su retiro. El sol ardía mezclándose en los dedos de una ventisca helada. Era la hora de matemáticas. -Bueno niños, hoy vamos a ver ecuaciones de primer grado, dijo la señorita Amelia con esas gafas que los alumnos detestaban. -Señorita, dijo Barraza. - ¿Sí Barraza? El gordo señaló con disimulo de niño a Catriel, que dormía plácidamente apoyado sobre el banco y encima de sus dos brazos. La mayoría de los chicos saltaron de sus butacas para observar el sueño de Morfeo de Catriel. - ¡Calma, calma, volviendo cada uno a su lugar iVamos!, dijo Amelia intentando poner orden al chusmerío. Sacando los estorbos de su camino, se fue haciendo paso - gesticulando - hasta llegar al banco de Catriel. Los volvió a correr, pero esta vez puso un énfasis distinto, haciendo un tajo feroz en el aire del aula con la potencia rígida de su voz. -Catriel... Hijo, le decía mientras lo zangoloteaba con liviandad. Las narices de los alumnos se metían indiscretas buscando olfatear el momento. -iSalgan de acá, me hacen el favor!, dijo con vehemencia Amelia, corriendo de su lugar a los merodeadores. Muchos regresaron a sus asientos y otros más osados, se quedaron fisgoneando. Catriel fue incorporándose y miraba con lentitud a sus alrededores, como desconociendo el lugar en donde estaba y el tiempo en que vivía. Posó sus ojos en el rostro de su maestra y le costó darse cuenta quien estaba al frente suyo. -Catriel ¿estás bien?, preguntó preocupada Amelia. -Sí señorita, respondió estirando sus brazos al cielo. -Es sólo que tengo mucho sueño. - ¿No has dormido bien? -Sí, he dormido bien, pero no sé porque tengo tanto sueño, sólo eso. -Bueno, nos asustaste. La calma se salió de su curso y el revuelo entró en acción. -Bueno, bueno, bueno, dijo la docente. - No es para que nos pongamos de esta forma. Catriel está bien, sólo tiene sueño. Los alumnos se rieron a carcajadas y arrebataron una mueca leve de sonrisa de su maestra. Catriel también sonrió en menos cuantía. El examen de lengua cerraría el día escolar. Amelia corregía trabajos y proyectos de otros cursos mientras éstos se debatían entre miradas extraviadas, soplidos inconclusos y movimientos sospechosos. Siempre era igual. Y Amelia sabía que era sólo al principio, no bien arrancaba cada examen. Ya bajado el polvo del tropel se dedicaba a observar con sus ojos de lince a todos y cada uno de los alumnos. Esta vez se corrió de su estructura y se quedó mirando fijamente a Catriel ¿Qué le pasará? ¿Tendrá algún problema en su casa? ¿Le habrá sucedido algo aquí en la escuela y no quiere hablar? Todas esas y más preguntas se hacía mientras observaba con detenimiento al alumno estelar de quinto grado. 
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