NARRA DAILA DAVIS
Había logrado convencer a Alan de tener aquella cita que me correspondía, ahora tenía que decirle que hacer y que decir en ese momento. Sin arruinarlo y sin confesar la realidad de las cosas, no era aquel Alan Davis con el que tenía semanas intentando hablar.
—Vayan por unas malteadas. Luego deciden si salen a caminar o algo.—Insistí. Alan me veía preocupado y angustiado ante todo la situación, tenía miedo de arruinarlo y de dejar salir torpemente algo que nos comprometiera a los dos.—Si van por malteadas, recuerda que su sabor favorito es el de galleta, al igual que el tuyo.
—Pero a mí me gusta más el chocolate.—Respondió confundido.
—¡Alan concéntrate! Mi favorito es la galleta, así que es tu nuevo sabor favorito. Trata de verte relajado, un poco distante y egocéntrico, pero sin serlo mucho. Le gusta el hecho de que seas un misterio y que no descubre quién eres realmente. Solo sé tú.—Dije sin más.
—¿Y si lo arruino?—Preguntó mirándome preocupado.
—No lo harás. Todo éste tiempo he hablado con ella y no lo ha notado, no lo hará ahora.—Suspiré.—Solo no te enamores de ella.
Rió.—No haría eso, ni siquiera conozco a esa tonta niña, Daila.
—Conozco a Kora probablemente más y mejor que cualquiera, sé que puede ser encantadora y con su dulzura, entre risas, puedes enamorarte.
—¿Y que pasa si se enamora ahora más de mi? ¿Y si me enamoro yo? ¿Tendríamos problemas?
Suspiré.—Ella tendrá la última palabra después de conocernos a los dos y de saber la verdad, tiene que ser un solo Davis.—Finalicé.—Pero déjate de tonterias, se ha enamorado de mis palabras, de nuestras conversaciones, siempre he sido yo.—Tomé mi celular y escribí.
Mensaje para Kora Harrison. De Alan Davis.
—Acepto tu cita, Kora Harrison. Pero con una condición. —Envié.
Y en menos de lo que pensaba, tenía un mensaje de vuelta.
—¿Es ella? ¿qué dice?—Preguntó Alan asustándome y tomándome por sorpresa, haciendo que mi celular cayera al suelo y segundos después, notaríamos la pantalla estaba quebrada.
—¡Mierda, Alan!—Grité del susto e ira de ver mi celular de ese modo.
—No fue mi intención y lo sabes, estoy tan nervioso como tú.—Finalmente dijo.
—¡Quiero matarte!—Grité molesta y un sonido en particular llamó nuestra atención, no dejaban de tocar la puerta principal.
Ambos bajamos mientras aún discutiamos sobre el celular, mientras nos dimos cuenta que quién estaba tras la puerta era Kora.
—¡Mierda!—Gritó Alan tirando su cuerpo al suelo. —¡ME ESTÁ BUSCANDO!
—Shhh, te va a oir Alan. Baja la voz.—Dije tapando su boca.—Probablemente me esté buscando a mi, también soy su amiga.—Confesé.
—¿Pero sí se conocen?—Preguntó quitando mi mano de su boca.
—¡SÍ! Hace unos días fuimos por una malteada. ¡Intento acercarme a ella siendo yo!—Dije molesta.
—¿Y cómo te va con eso?—Susurró.
—Solo logro ser su estúpida amiga.—Dije casi inaudible.
Alan rió y por reflejo, golpeé su hombro. Y una vez más, la puerta era tocada.
Alan me miró y entre señas le dije que se marchara sin que fuese posible que lo vieran. Siguió mis órdenes y desapareció dentro de la casa. Arreglé mi cabello y me puse de pié.
Respiré hondo y abrí la puerta, encontrandome con la mirada penetrante de Kora y aquella sonrisa que siempre le acompañaba.
—¡Hey!—Dijo echándose en mis brazos. Y aquel aroma envolvente que siempre le caracterizó.
—¿Por qué tan alegre?—Pregunté curiosa.
Dudó su respuesta y entre risas solo dejó salir.—¡Es un lindo día!—Y sin más se alejó de mí.
Su mirada se perdía por toda mi casa y sabía lo que significaba, estaba buscando a Alan. ¿Kora se había enamorado del físico de Alan o de las palabras ocultas tras él?
Fue entonces cuando comenzó la etapa de confusión que trajo aquella mentira. Había enamorado a una chica fingiendo ser alguien más, alguien que no era físicamente, pero mis palabras y aquellas risas ocasionadas, por mucho, siempre había sido yo.
Pero no podía solo decirle.—¡Mírame! ¡Yo soy el Alan Davis del cual te enamoraste, no de mi hermano!—Pero no solo me estaba arriesgando a tenerla molesta, me estaba arriesgando más allá a perder la amistad que había logrado de ella.
Y es que solo no puedo hacer como si Alan Davis no existiera y dejar de responder, desaparecer, eliminar un perfil; porque Alan Davis existía, carne y hueso, y estaba justo aquí, justo a unas casas de la suya y caminando por los mismos pasillos que Kora. Mi estúpido hermano Alan.
—¿Quieres hacer algo?—Preguntó trayendome de aquel pensamiento.—¡Es un gran día!—Repetía. Moviendo mi cuerpo de un lado al otro. Una sonrisa de oreja a oreja y una felicidad que se sentía a simple vista.
Me había enamorado torpemente de Kora Harrison, incluso sin verla, sin conocerla, sin tocarla. Más allá de todo, había comenzando como admiración y luego de mucho tiempo viéndole allí en post e historias, ¡teníamos todo en común! Por mucho, era mi alma gemela, la chica correcta. Pero había un problema, dejaba ver muy claro a simple vista que tenía preferencia hacia los chicos, y me convencí tanto de eso, que no creí tener la fortuna de acercarme a ella y ganarme su corazón estando en el cuerpo de una mujer. Fue así que nació el perfil de Alan Davis.
Nunca pensé que respondiera si quiera el primer mensaje, nunca pensé llegar a tanto y cuando pensé en detenerme, Kora ya estaba ilusionada con aquel hombre alto, piel morena y estúpida sonrisa.
Sabía que lo había arruinado y que el costo que podía llegar a pagar, era más que alto. Luego de haber logrado lo que quería; conocerla, tenerla en mi vida, estaba por perder la oportunidad de tenerla no solo como pareja, si no también como una amiga.
Y todo con Kora era mejor que perderla.
Un acto poco pensado e impulsivo estaba por explotarme en la cara y decirme;—Te lo dije.