La entrada al salón había sido brutal y terriblemente larga. Las felicitaciones y saludos por la nobleza e invitados distinguidos no se hicieron esperar, tratando de ganar nuestro agrado y reconocimiento. Uno tras otro se nos acercaban, sonriendo, haciendo reverencias, deseándonos un maravilloso futuro, tomando cada minuto de nuestro tiempo mientras nos dirigíamos a la mesa de honor. La falsedad de algunas personas hacían mi estómago contraerse de molestia, pero no permití que arruinara mi humor. Haakon lucía muy contento, mi padre no dejaba de sonreír, hasta podía jurar que en ocasiones lo observaba alzar su pecho, claramente complacido. El salón estaba decorado elegantemente con rosas rojas y blancas, el aroma inundaba cada rincón del lugar, debía admitir, que era de mi agrado. Los man

