—Estás muy callado —susurré viendo que casi llegábamos a su casa. Por suerte le había dicho a mi madre que dormiría en casa de Dulcie, otra amiga de la escuela. Durante todo el trayecto a casa Aitor no había abierto la boca para nada pero sus manos sobre mi piel eran el recordatorio perfecto de que estaba ahí. Aferrándose a mi cintura. Acariciando mi hombro con su pulgar. Su toque deliberado hacía que más de una vez contuviera el aliento y se sentía tan terriblemente bien que aterraba de cierta manera. Me asombra lo que Aitor pude despertar en mi aún sin siquiera saberlo. Me pone nerviosa que siquiera lo sospeche. Sus ojos se clavaron en mí oscuros como la noche pero su brillo peligroso y atractivo me hizo contener el aliento por un instante. Esa mirada suya me dicta pecado. Alg

