Estoy… en blanco. Llevo tres días, los que han transcurrido desde el turbulento encuentro en el viñedo, donde mi mente no logra juntar tres frases con coherencias. Tres frases que no sean “¿Qué pensarán mis papás de mí?” “¿Qué pensará Eliot de mí?”, pero sobre todo, “¿Por qué soy tan débil cuando Joseph está cerca de mí?”. Para encontrar respuestas a las primeras interrogantes, debo aclarar la última. Desde que lo conocí, aquella noche, hubo algo en él que me resultó… irresistible. Y juro por mis papás que son lo más sagrado en mi vida que no fue solo por su físico. Joseph me hizo reír, me ayudó a olvidarme del desplante de Eliot y más importante aún pude hablar con él sintiéndome libre de ser yo. Sin artilugios como suele ocurrir la mayoría de las veces. Y sí, Louisa aplaudiría con las

