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3287 Palabras
Marinette  La noche estaba fría, y mi cuerpo comenzaba a sentirlo. El miedo y la necesidad de abandonar la mansión me hizo olvidar mi chal. Me acobijé entre mis propios brazos y me dirigí hacia los establos para refugiarme.   Escuchaba el sonido de algunos disparos que procedían de la casa y no pude evitar sentir un miedo  atroz por todo mi cuerpo. Papá había reclutado a todo el personal de servicio y eso solo significaba que aquello que se estuviese dando allí dentro, era un asunto serio.   Cuando vi que unos extraños atracaban la casa y golpeaban a los empleados, mi única reacción fue salir corriendo de allí. Y ahí estaba yo, corriendo completamente sola entre la oscuridad de la noche, con tan solo la presencia de algunos caballos que se habían  despertado con mi llegada.   Aunque, en realidad me hubiese gustado seguir sintiendo aquella tétrica soledad, pues llevaba escuchando varios pasos detrás de mí desde que había salido de casa. Rápidamente, me escondí en una de las cuadras que había libres y me agaché para quedar oculta.   Tres hombres pasaron de largo, justo enfrente de mi escondite sin percatarse de mi presencia.   Me asomé con cautela, comprobando que mi campo de visión estaba libre. La nana me advirtió salir de allí y aunque obedecía sin poner resistencia , tenía la sensación de tener estar junto a mi padre, solo con él y mamá podría sentirme protegida.   Volví a asegurar mi posición y con cautela abrí la valla de madera intentando hacer el menor ruido posible. Se escuchó el chirrido de esta y no pude evitar apretar los dientes y cerrar los ojos con fuerza.   «Era ahora o nunca»   Tenía que correr, buscar a mi familia y refugiarme.   Pero entonces, una mano se posó sobre mi hombro.   Me giré aterrorizada y me topé con la mirada de un hombre que podía tener prácticamente la edad de mi padre. Su cabello rubio estaba restirado hacia atrás y sus ojos era de un gris apagado.   Su mirada era oscura y vi en ella un sentimiento que me provocó escalofríos. Una sonrisa lasciva se apoderó de sus labios y pronto sentí al presencia de otros dos hombres más detrás de mí.   Abrieron la vaya de la cuadra que antes había sido mi escondite y sin ningún pudor me empujaron a su interior haciéndome caer sobre un montón de paja.    No me dio tiempo a reaccionar, e impulsivamente comencé a gritar cuando los vi abalanzarse hacia mí arrancándome la ropa con fuerza y rasgándola a su paso, dejándome completamente expuesta.    Las manos de aquellos tres extraños comenzaron a acariciar mi piel desnuda, reteniéndose en las zonas más intimas mientras que uno comenzaba a besar y morder mi cuello.   Mis gritos eran prácticamente inaudibles, nadie podía escucharme. Estaba demasiado lejos.   Mis súplicas, acabaron por convertirse en lágrimas repletas de desesperación y vi como mi mundo se desfallecía cuando uno de ellos se bajaba los pantalones.    Mis gritos se intensificaron, volviéndose cada vez más agresivos y afligidos.   Así fue como comenzó la primera de las muchas pesadillas que me iba a atormentar.    ...    —No... No por favor... por favor—murmuraba entre sueños—No... no...¡¡Noo!!   —¡Ehh!—escuché una voz lejana—vamos, despierta.   Sentí como alguien me zarandeaba suavemente.   En ese momento, mis ojos se abrieron. Mis pupilas se hicieron pequeñas e instintivamente miré a mi alrededor.   Mi corazón latía con fuerza y todo mi cuerpo temblaba desmesuradamente. Sentía el sudor empapar mi frente y mi cabello se me pegaba a la cara.   Afortunadamente esos tres hombres habían desaparecido de mi vista y en su lugar, creí ver a un ángel de brillantes ojos verdes.   Allí estaba parado Chat Noir frente a mí, sentado en la cama y mirándome con lo más parecido a la preocupación. tenía sus dos manos sobre mis hombros y su ceño fruncido.   Por primera vez en mi vida agradecía enormemente estar en aquella habitación y acompañada de él.    Sin decir palabra me abalancé sobre él y comencé a llorar sobre su pecho. Quería sentirme segura, protegida entre sus brazos. Necesitaba que me envolviese y me quitase de la mente las caras de esos tres hombres que siempre me dañaban en mis sueños.   No quería ser muy exquisita y era consciente de la asquedad que sentía por mí. No esperaba que me abrazase, ni que me dijera que todo iba a salir bien. De hecho, aquello era algo prácticamente imposible. Era de Chat Noir del que estábamos hablando, sin embargo, solo con la proximidad de su cuerpo, me bastaba para refugiarme.    —Oye, espero que no hayas soñado con la  gilipollez del pájaro muerto—dijo.   Idiota, ¿Cómo podía pensar en algo así?   No le contesté, solo me quedé apoyada sobre su pecho.    —Mira, es una pesadilla, y para que lo sepas no soy un puto cojín—espetó asqueado.   Su cuerpo se removió levemente e hizo afán de levantarse.    —¡No!—exclamé. Lo agarré del brazo y lo obligué a detenerse—por favor no te vayas—supliqué—. No... quiero quedarme sola... —volví a abrazarlo. Tenía la sensación de que esos tipos podría volver en cualquier momento. Esa pesadilla solo revivía una y otra vez ese momento y yo lo único que quería era olvidar—. Quédate... por favor.   Lo escuché maldecir en voz baja, pero después suspiró y posó sus dos manos sobre mis espalda atrayéndome hacia él.   ... Chat Noir —Contar las pesadillas ayuda ¿sabes?—inquirí de mal humor.   No podía creer que estuviese haciendo eso. Era ridículo.   ¿Cómo había llegado a esta mierda?   Yo era un luchador, un tipo que masacraba y se quitaba a del medio a todo el que se le atonjaba. Pero en ese momento, parecía de todo menos peligroso.   Parecía un pringado, tumbado en la cama y abrazando a la chica, que desconsoladamente lloraba sobre mí.   Ignoró completamente mis palabras y continuó llorando.   Solté un prolongado suspiro cansado. ¿Qué coño podía haber soñado como para llorar así? Seguramente cualquier tontería, como un poni explotando o algo así.   —¿Alguna vez se te ha hecho una pesadilla realidad?—preguntó sollozando.   Fruncí el ceño al instante.    —No—dije simplemente, encogiéndome de hombros—. Más que nada porque las pesadillas me las paso por los huevos.    —¿Y alguna vez la realidad se ha vuelto una pesadilla?—volvió a preguntar.   Vale, eso ya no era un poni explotando.    —¿A qué te refieres?—inquirí haciendo una mueca.    —A una cosa—respondió.    —Gracias por la aclaración—ironicé rodando los ojos.    —Fue algo que ocurrió hace mucho tiempo, y se repite en mis sueños una y otra vez—confesó, quizás presionada por mis palabras.    —Supongo que no me lo querrás contar—dije mirando a un punto exacto de la pared.    —Obviamente no—se negó rotundamente—jamás entenderías algo así y seguramente le darías la vuelta a la tortilla.   —Qué poca fe tienes en mí, bichito—esbocé una sonrisa ladeada. La escuché suspirar junto a mí y me di cuenta de que todo este tema no le hacía ni puta gracia.    —Debo reconocer que lo que hiciste con la ropa de Lila fue sorprendente—aseguré quitándole mierda al asunto y cambiando rotundamente de tema.    Inmediatamente se removió entre mis brazos y se incorporó para mirarme a los ojos.    —¿De verdad crees eso?—inquirió frunciendo el ceño.   Me encogí de hombros con indiferencia.    —Tuvo su encanto y aún más viniendo de una niña rica—aclaré.—No suelen ser muchas las que le plantan cara a Lila.    —Te olvidas de Alya—dijo.    —Esa tiene sus momentos, a veces le planta cara y otras veces obedece todo lo que Lila dice—confesé.  Desplacé mi mirada a su rostro, que lucía pensativo, después se giró hacia mí y por su expresión sabía que algo me iba a soltar.     —¡Oye! Si tan sorprendente te parece ¿Por qué me obligaste a lavarle la ropa?—espetó molesta.   Solté una pequeña risotada y eché mi cabeza hacia atrás para apoyarme sobre el respaldo de la cama.    —Querías sentirte útil ¿no?—pregunté con diversión—deberías estar agradecida.   —Sí, pero no para esa bruja—farfulló indignada—tiré su ropa para que la lavase ella misma y dejara de agobiar a Alya con todas sus exigencias.    —Por muy divertido que fuese, a Lila no le hizo ni puta gracia—aseguré.   —Esa era la intención—aclaró con ironía.    —Pues no lo vuelvas a hacer—le dije dándole un pequeño toque con el dedo en su frente—porque luego se te echan encima y te pones a llorar.    —¡Yo no lloro!—exclamó molesta.   —Vaya y que no—ironicé rodando los ojos.    —Es la situación la que lo hace, no yo—aseguró.    —No cuela—dije negando con la cabeza. Lo llorona no se lo quitaba ni a hostias.    —Deja de hacer eso—espetó.    —¿El qué?—pregunté haciendo una mueca ¿Qué coño estaba haciendo ahora?    —Responderme sin prestarme atención.   —Si te estoy respondiendo es porque te estoy escuchando—dije a regañadientes—además lo único que dices es que no lloras.    —¡Y no lo hago!—exclamó.    —Vale, entonces lo que estabas haciendo hace unos minutos, era mear por los ojos—solté de golpe.    —¡Eres un grosero!—Dijo dándome un manotazo en el brazo.   —Grosero no. Soy sincero—aclaré.    —Puedes ser sincero sin decir tantas palabrotas—contradijo.    —Lo siento bichito, pero las palabrotas están en la primera fila de mi vocabulario. Si te gusta bien y si no, te aguantas.   Debí de dejarla sin ningún contraataque, porque se renegó y se quedó sentada sobre la cama de brazos cruzados.   Miré por la ventana. Aún era de madrugada, por la posición de a luna sobre las tres de la madrugada. j***r, tan temprano y ya estaba tocándome los cojones.   La miré de reojo,  estaba mirando a la nada y apostaría cualquier cosa a que estaba pensando en algo que decirme.    —¿Lila es tu pareja?—preguntó.    ¿A qué venía eso ahora?    —Yo no estoy con nadie, eso de compartir tu vida con una persona suena espantoso—contesté haciendo una mueca—es mejor estar solo, ser independiente y sin estar atado a nadie—proseguí—además, yo no soy de nadie.   Durante unos segundos ella no me dijo nada, al parecer estaba procesando mis palabras.   —¿Y... no tienes miedo a quedarte solo?—preguntó entonces—. Tener a una persona a tu lado, para los momentos buenos y sobre todo para los malos, es necesario para todo el mundo.  Sonreí amargamente.    —Yo ya estoy solo—espeté, y mi tono de voz se oscureció.—Todo lo que tenía se fue hace mucho tiempo. He convivido con la soledad desde que era un niño. Se lo que se siente y ya me he acostumbrado.  Mierda no quería tocar aquello. No quería volver a recordar el tema de mi familia, ni mucho menos  el asesinato de mis padres.   Solté una maldición para mí mismo y me reincorporé.   —No se ni que hacemos hablando de esta mierda—dije malhumorado—.Intenta dormir un poco, aún quedan unas horas para que amanezca.   Me puse en pié  caminé a la silla que desde hace mucho se había convertido en mi cama.   Vi que se arropaba hasta la cabeza y se arreguñaba todo lo que podía, como si de alguna forma intentase protegerse así misma.    —No te te vayas, hasta que al menos amanezca—me pidió.—Y ¿puedes acercar la silla a la cama?—levantó la cabeza para mirarme—.Aquí al lado.   Hice una mueca.    —Solo esta noche—insistió.  Maldije internamente y sin decir ni una palabra agarré la silla con una mano y la dejé junto a la cama. Después me senté y estiré las piernas tal y como solía hacer para dormir.   —Gracias—dijo.   Y con esas palabras los dos nos volvimos a dormir.  ○○○ Marinette A la mañana siguiente, Chat Noir me dejó ir a ver a Nathaniel para que me revisase la picadura. Obviamente, me había acompañado él mismo hasta la cabaña del que había sido mi médico y tras unas cuantas advertencias y amenazas para ambos, nos dejó solos.    —Prácticamente no se ve—dijo Nathaniel con una gran sonrisa.   —Creo que es la mejor noticia que he escuchado en mucho tiempo—una gran sonrisa se dibujó en mis labios.    —El origanum hace milagros con todo tipo de veneno—explicó él metiendo el pequeño recipiente en un cajón—.Y tú no eras una excepción.   Recorrí toda la estancia con la mirada y no pude evitar sentir fascinación por todo aquello.  Estaba todo tan bien ordenado. La habitación estaba llena de grandes estantes que portaban numerosos tarros y recipientes con una gran variedad de plantas y extraños líquidos que se suponía que eran medicina. En el estante más grande, habían al menos un centenar de libros apilados unos con otros y con el título de cada uno bien marcados en sus dorsales.  Todo aquello no encajaba para nada con lo que había allí fuera, había tanta cultura... tanta sabiduría, que me costaba entender la presencia de Nathaniel en aquel lugar.    —Estoy segura de que en la ciudad tendrías mucho éxito—aseguré cogiendo uno de sus libros—.Yo pagaría por tus consultas.    Una pequeña sonrisa se le formó en los labios.    —La ciudad es demasiado estricta para un aprendiz como yo—dijo colocando tres tarros de lo que parecía una crema blanquecina.    —¿Un aprendiz?—enarqué una ceja, inquisitiva—Este sitio no es para nada la sala de juegos de un niño. Aquí debe de haber cientos de fórmulas.    —Bueno, puede que ahora haya cogido un poco de práctica. Pero en el pasado era un poco mentecato ¿sabes? —dijo.    —No te imagino siendo un mentecato—dije con una sonrisa divertida—.Siempre te he visto con cara de empollón.  Soltó una pequeña risotada ante mis palabras, aunque pude notar que cierta tristeza en sus ojos.    —Antes trabajaba para la familia real—confesó—. Bueno más bien, era el ayudante del que trabajaba en palacio.    —¿Enserio?—pregunté asombrada por su confesión. Había ido muchas veces a palacio para visitar a Chloe  y en el mismo espacio era muy posible que hubiese estado él también.—¿Hace cuanto dejaste de hacerlo?    —Bueno, digamos que es una larga historia. Mi padre era el médico de cabecera de la familia real. Yo me crié prácticamente en ese ambiente—explicó—. Y lo dejé hace tres años.    Definitivamente el mundo era un pañuelo, era consciente de los conocimientos de Nathaniel, pero jamás me lo imaginé sirviendo a la realeza.    —¿Por qué dejaste de ayudar a tu padre?—quise saber—. ¿Él todavía trabaja en el castillo?   De repente, me di cuenta de la estupidez que acaba de decir. Roda la familia real estaba muerta, era obvio que dejase de trabajar para ellos.    —Murió—dijo entonces.— Pocos días después de que muriese la reina.  Lo vi soltar y suspiro y mirar al techo. Como si aquello fuese un mal recuerdo perdido en el pasado.   —Lo siento—me disculpé.    —No, no te disculpes. Tú no tienes la culpa de nada—aclaró con tristeza.—Él que tiene que lamentarse aquí soy yo.    Lo miré extrañada, sin entender que era lo que quería decirme.    —La reina murió por mi culpa—confesó—.Igual que mi padre.  «Oh»    —Como sabrás, la reina enfermó—caminó hacia la ventana y se apoyó junto a ella, contemplando el exterior con nostalgia—. Yo estaba de prácticas, y mi padre confiaba ciegamente en mí.    Estaba paralizada, completamente atenta a sus palabras. Creo poder adivinar por donde iba la cosa, pero no quería aceptarlo.    —Un día, me mandó a mí encargarme de la medicación de la reina. Yo debía echarle las gotas de su medicina al té que solía tomar—explicó—. Y fallé.   Se llevó una mano a los ojos y se frotó la sien mientras aquellos fantasmas del pasado lo atormentaban.    —En su lugar le di un anestésico muy fuerte, un relajante muscular tan fuerte que le paró el corazón.    Lo miré horrorizada. Recordaba claramente aquel día. La muerte de Audrey fue una noticia que nos impactó a todos. Desde su muerte, pasé casi un mes durmiendo en el palacio, consolando a Chloe y aliviando su dolor.    —Cuando mi padre se enteró de mi error, me dijo que me largase de allí, que huyese y no volverá a aparecer—.Prosiguió—.Al principio pensé que no quería volver a verme porque se sentía decepcionado, y tener a un incompetente como hijo no le servía para nada. Pero una semana después me enteré de su ejecución. Lo condenaron por el envenenamiento de la reina.    —Eso es... terrible...—dije horrorizada.    —Él se sacrificó por mí y eso no me lo voy a perdonar en la vida—se giró nuevamente hacia mí y esbozó una triste sonrisa—. Por eso me oculto aquí, cuando escapé Miraculous me acogió y ahora me dedicó a ser su médico. Además he aprendido muchas cosas nuevas desde que estoy aquí, estar en contacto con la naturaleza es la mejor forma de aprender nuevas curas.   Esbocé una débil sonrisa, y me acerqué hacia él.    —Todo el mundo comentemos errores—dije—. Lo que ocurrió ese día no se puede cambiar. Estoy segura de que jamás pretendiste hacerle daño.    —Ningún error es más grave como el de asesinar a un m*****o de la familia real—ironizó.    —Puede que sea cierto, pero solo te has llevado una vida, mientras que has curado muchas. Entre ellas yo. Sin ti, yo estaría muerta, y estoy segura que muchos de ellos también—aseguré.    —Lo se... Pero no puedo evitar quitarme de la cabeza el cuerpo sin vida de Audrey...—la voz de Nathaniel se quebró—Y el rostro decepcionado de mi padre me persigue a todos lados. No se que puedo hacer para arreglar mi error. No tengo la solución para curarme a mí mismo.   Conmovida por aquel hombre tan sensible, me abalancé sobre él y lo envolví entre mis brazos. Lo noté tenso al principio, pero después correspondió y enterró su rostro en mi hombro.   El pasado de Nathaniel había sido muy duro, más incluso que el mío. Y a pesar de todo él seguía ahí luchando e intentando salir adelante.    Estaba cautiva en aquel lugar, quizás rodeada de personas que me odiaban, pero había algo de lo que estaba segura: Donde hay algo n***o siempre hay un pequeño atisbo de luz blanca. Siempre habrá gente buena en todas partes. Son pocos, quizás comiencen a extinguirse, pero sin duda aún luchan para continuar mirando al frente y luchando por seguir adelante, mostrando al mundo que ellos son la luz que brilla en la oscuridad. 
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