Abro la puerta de la sala y, frente a mí, puedo ver al maldito que provocó todo el problema que tuvimos: Domenico. Atado a una cruz de San Andrés móvil y extensible, solo lleva su ropa interior y veo, por el escarlata en pequeños caminos por sus brazos, que ha tratado de liberarse más de una vez, clavándose los grilletes de metal reiteradas veces en la piel, lastimándose una y otra vez hasta hacerse sangre. Pobre idiota infeliz, como si eso fuera a ayudarlo en algo, lo único que consiguió fue torturarse más a sí mismo, pues eso va a doler aún más con lo que tengo planeado. El sonido de la puerta hace que alce la cabeza y me mire con el más puro odio que siente desde lo profundo, ese que antes ocultaba y que ahora ya no le preocupa que se exhiba, porque ya nada va a salvarlo o a evitar q

