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13 de enero del 2017.
11 meses después.
19 años de edad.
Nadine:
Dolor.
Frustración.
Soledad.
Ansiedad.
Y nuevamente dolor.
En eso se basaba mi vida, desde esa helada noche de invierno.
Mucho, pero mucho, dolor.
Ya habían pasado once meses desde la muerte de Miles, once meses que sirvieron para que mi vida se hundiera en la miseria, y que mis ganas de vivir se fueran con él. El agua me traumó, al igual que los automóviles, dejándome por un momento incapacitada mentalmente.
Dejé los deportes, después de mi mala recuperación de ese accidente. Casi había perdido mi pierna izquierda, por la fuerza de fricción con el metal de las barandas de la carretera costera, en la cual estuve atrapada.
Once meses, en los cuales cinco fueron solo de terapia física, y los otros seis meses que faltaban, en recuperación emocional.
Una mierda inservible si me lo preguntan.
Y aquí estoy...
Hundiéndome de a poco con las palabras de Esther, —mi psicóloga—, que cada día me fundía más en el intento olvido de Miles.
Jamás lo iba a superar, porque ni siquiera podía recordar esa noche, sin romperme, o sin entrar en una crisis de angustia.
Me habían prohibido hasta ir a visitarlo al cementerio y mi mamá me contaba el tiempo cada vez que venía a terapia psicológica, en el cual solo tenía permiso para ir a la cafetería por un capuchino e ir a mi casa de regreso. Para que yo no saliera con sorpresas y me encontrara más tarde recostada al lado de la lápida de Miles.
Como si con esa prohibición, yo ya no lo anhelaría más.
Ridículo.
— ¿Me estás escuchando?
Suelto una risa amarga.
— Sinceramente, no.
Esther entrecierra sus ojos, despeinando su cabello nuevamente. Ya lo había hecho diez veces, desde que yo había llegado. Y apenas llevaba cuarenta y cinco minutos en este lugar.
Tenía más claro que a veces, —siempre—, la desesperaba.
— Te estaba diciendo, que, si sigues con tus ataques de ansiedad, tus ataques de ira, y tu manía por recordar cosas que te hacen más daño del que tu orgullo te deja admitir —curvo mis labios—. Tendré que derivarte a psiquiatría.
Mi cruel diversión se disipa.
— Quiero una pausa —suelto con brusquedad—. Me mareaste con lo último que dijiste -respiro de la nada con dificultad—. Repítelo, por favor.
— Tendré que derivarte a psiquiatría, si sigues así.
Se me viene el mundo encima.
— Espera, ¿qué? —mi corazón late a mil por hora—. No puedes hacerme eso, Esther. Sabes que sí me derivas al departamento psiquiátrico, no voy a volver a ser la misma —una expresión culposa le invade la mirada—. Sabes que me van a medicar.
Se queda en silencio.
— No tengo intenciones de matarme, tampoco he tenido ataques últimamente, y no lo he recordado —levanto las manos—. Estoy siguiendo con mi vida, Esther.
Menea la cabeza.
— Tu papá me llamó a las tres de la mañana ayer, porque no podías respirar llamando el nombre de Miles —bajo la cabeza—. Ya ni tú sabes lo que estás haciendo, y estás tan desinteresada de la vida, que ya no te dejas ayudar por nadie. Absolutamente por nadie.
— Estoy hablando contigo.
— Para que no te derive a psiquiatría. Porque de otra forma, esperarías en silencio a que acabaran las dos horas de terapia —levanta una ceja—. Ya tu chantaje emocional no funciona conmigo, Nad
— Mi nombre es Nadine.
— Okey —comienza a escribir en mi expediente—. Nadine Fenty, paciente de diecinueve años, con síndrome de sobreviviente, síndrome de estrés postraumático, trastorno de ansiedad y depresión crónica —pellizca el puente de su nariz—. Quedaras admitida en observación por un mes —sonríe con calidez al ver como la quijada casi se me cae—. Veremos cómo evolucionas, de aquí al próximo mes, cuando se cumpla un año de la muerte de Miles.
Mi garganta se aprieta.
— Para tener veintinueves años, eres un ser humano muy cruel —me levanto furiosa—. No tengo porque seguir escuchándote.
— Tu cita acaba de acabar, cariño —me señala su reloj—. Le avisaré a tu madre que ya vas hacia tu casa.
Abro la puerta enojada, y la cierro con fuerza sin decirle adiós, sintiendo como me arde todo.
Esto no me está haciendo bien.
Yo no me estoy haciendo bien.
—¿Te prestó cinta adhesiva? —frunzo el ceño al mirar a Nate. El paciente que siempre sigue después de mí—. Es que se ve que tienes tu vida de mierda un poco rota — termina riéndose.
— Quizás la cinta adhesiva te sirva para frenar las hemorragias de tus cortes de mierda —señalo sus muñecas vendadas—. Suerte con Esther, hoy tiene ganas de internar a quién se le cruce en el camino.
Me saca el dedo de en medio.
— Siempre es un gusto hablar contigo, sobreviviente — recalca la última palabra con una sonrisa traviesa.
Auch.
— Púdrete, Nate.
Me guiña un ojo, antes de que yo siga caminando. A veces odio que los pacientes sepan tanto, de las vidas de los otros pacientes como yo.
Pero no me duele eso.
Me duele que me llamen: sobreviviente.
《Nadine, no pienses en eso. No puedes》
Mis labios tiemblan, pero contengo todo dentro de mí.
Respira.
Todo está bien.
— Hola, Nad — me saluda una chica con los labios morados por el frío que hace afuera.
— Hola — gruño.
Empujo la puerta para salir de la clínica, y el frío me golpea con fuerza.
Maldito clima canadiense.
— ¡Niña, ¿qué demonios haces así vestida con este frío?! — uno de los psicólogos de cambio de turno llega hasta mí cuando atravieso el estacionamiento para ir a la cafetería de la pequeña y a la vez enorme ciudad en la que vivo.
Levanto una ceja, y observo mi atuendo confundida. Mis jeans rasgados por todas partes se empapan con la fuerte brisa que se esparce por toda la cuidad gracias a la costa marítima, y mi top de mangas largas es lo único que me abriga desde la cintura hacia arriba.
Bueno, puedes ser que este un poco desabrigada.
En fin, vivo en la ciudad de Canadá que más nieva y en la cual hace más frío, por lo tanto, mi piel y mi sistema está acostumbrado a este tipo de clima.
— ¿Eres nuevo en Gothem Hill? — pregunto frunciendo el ceño al ver al hombre parado en frente de mí casi muriendo por el frío.
— Si, pero eso no tiene nada que ver con tu atuendo —se quita su chaqueta haciendo una mueca y me la tiende—. Hacen menos de un grado.
— Se nota que eres nuevo —meneo mi mano—. No necesito tu chaqueta, gracias por la amabilidad.
Paso por su lado inflando mis mejillas, algo nerviosa, por lo que me dijo Esther.
— Necesito un capuchino en mi sistema — siseo al aire.
Cruzo la calle, para llegar a la cafetería, y empujo la puerta quedándome casi sin aire al ver el panorama que me muestra la vida. Casi todos los presentes se giran a mirarme con una lástima que me revuelve el estómago.
La semana pasada fue la misma mierda, ya que hace muy poco me volví a reintegrar en la comunidad de la ciudad.
Pero ¿qué diablos le pasa al mundo conmigo? ¿No pueden evitar no señalarme?
Pellizco mi codo, y avanzo hacia la caja con los labios torcidos, y el malhumor recorriendo por todo mi cuerpo, al ver que me miran como si fuera de otro planeta.
Ellos sabían lo que me había ocurrido. Todo el mundo lo sabía.
Y el accidente que tuve, sigue siendo noticia.
— Wow... —observo confundida a la chica que me mira desde detrás de la caja automática—. Que estilo más Dark. ¿Quién se te murió para que te veas así? — sus ojos curiosos me recorren entera.
Levanto sutilmente mi ceja. A esta yo no la conozco.
Pero, ¿qué carajo acaba de decir?
— ¿Perdón? —levanta su mirada confundida de mis pantalones, mientras a mí se me tensa la mandíbula—. ¿Quién diablos te dijo que podías opinar sobre mi vestimenta?
— Deberías dejarte de vestir tan de n***o, lindura —se encoje se hombros—. Hace mal para el ánimo.
Mi TIC en el ojo se hace presente.
— Y tu deberías de meterte solo en tus malditos asuntos, entrometida.
— Lo siento... — comienza a tartamudear al ver cómo me comienzo a enojar.
— ¿Cassie, qué sucede? — llega hasta nosotras Louis, con la mirada perdida en su teléfono.
Siento el silencio de la cafetería a mis espaldas.
Joder...
Yo solo quería un capuchino, no problemas.
— Sucede que la chica que tienes como cajera, se cree con el maldito derecho de opinar sobre mi vestimenta, y preguntarme con la cara de mojigata que tiene que: ¿quién se me murió? — escupo hacia mi amigo desde la secundaria.
Louis se tensa y endereza la espalda, ya que cabe destacar que; es el primo de Miles.
Si, lo sé, irónico.
— ¿Qué hiciste qué?
— Lo decía por decir solamente —la chica se asusta—. No fue mi intención ofenderla.
Pongo los ojos en blanco.
No es su culpa, Nadine.
No es su culpa.
Respira.
— Como sea —miro a Louis—. ¿Me haces mi capuchino cotidiano? Por favor.
Menea la cabeza enojado, y asiente antes de comenzar a preparar mi capuchino de vainilla. Le entrego el dinero exacto a la chica, y le quitó la boleta de la mano cuando la corta de la caja.
Avanzo hacia Louis, para esperar mi café, sacando mis auriculares de mis bolsillos delanteros y mi celular junto a ellos.
— Lo siento por lo que acaba de pasar —me da una sonrisa de labios apretados—. Cassie es nueva.
— Da igual —hago crujir mis dedos—. No es su culpa.
Desliza el vaso de cartón sellado hacia mí con una sonrisa cariñosa, al ver que mi enojó se disipa.
No era para tanto.
— Mis tíos van a llegar en unas semanas más —me tenso al escuchar sus palabras en voz baja—. Sería bueno que hablarás con ellos.
— ¿Hablar de qué? ¿Del hecho que su hijo murió por mi culpa? —tomo el café susurrando—: No creo que sea un buen tema de conversación. Nos vemos.
Me doy la vuelta, agradeciendo el hecho de que nadie me mire, y me ignoren como lo que soy; una persona normal.
El camino a mi hogar no es muy largo desde el centro de la ciudad, hasta las casas cerca de uno de los bosques canadienses.
A penas si debe ser media hora caminando.
Pongo mis auriculares en mis oídos, y emprendo el rumbo hacia mi casa, sintiendo un alivio tremendo al no ver casi gente en las calles.
Entendible, apenas si son las 8:00 a.m.
Tomo un sorbo de mi rico capuchino, y camino con algo de apuro por la calle, escuchando a Nirvana con todo el volumen al límite.
《— Te tendré que derivar a psiquiatría, si sigues así》memorizo las palabras de Esther.
¿Qué diablos he hecho con mi vida?
No puedo quedar internada.
No puedo.
Mis labios tiemblan por el frío que recorre a todo Gothem Hill. El mismo frío que hace casi un año atrás, por poco no me arrebató la vida.
Es tan doloroso vivir después de esa fría noche. Porque, aunque a veces me costará admitirlo...
Todo lo que yo era, se fue con él. Todo se fue con Miles.
Dejándome completamente vacía y sola.
A veces no puedo con mi tristeza y simplemente no tengo a quien contárselo. Mi hermano tiene que trabajar en su especialidad de abogacía militar, mi cuñada tiene que cuidar a mi pequeña sobrina mientras cubre turnos en un hospital en Los Ángeles.
Ellos son una familia, y yo no puedo interferir en eso con mis problemas.
Ashton está en medio de los juegos olímpicos de patinaje artístico, junto a la loca de su hermanastra.
Ellos sí supieron salir adelante después de la muerte de Miles.
Mis padres tienes mucho que lidiar con mi rebeldía, y a veces se ciegan tanto conmigo, que no ven más allá de lo demuestro.
No ven lo rota que estoy.
Y no los culpo por no hacerlo. Jamás podría. Yo a nadie culparía.
Se que debo seguir adelante y fingir que estoy bien, porque no me queda de otra, para que mi entorno pueda ser estable. Aunque sé que estoy muriéndome por dentro entendiendo que en esta miserable y perra vida estoy "sola".
Tenía que admitirlo.
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— ¡Mamá, ya llegué! — dejo mis llaves en el mueble de la entrada y froto mis manos al no sentirlas por el frío de afuera.
Estuve media hora agarrando ese viento. De seguro mañana despierto enferma.
Siento unas patitas correr hacia mí, y mi malhumor se dispersa, al ver a mi enorme Akita correr hacia mí.
— ¡¿Quién es el bebé de mami?! — Furia me bota al suelo, cuando apoya sus patas en mis hombros lamiendo mi rostro por completo.
Sus jadeos se hacen presentes cuando le chasqueo los dedos para que se siente y me deje respirar.
— Uyyy, si es el bebé más hermoso y bien portado que existe —mete la cabeza por debajo de mis brazos cuando le hablo en tono mimado—. ¿Quién es el niño más lindo? ¿Quién? —lo besuqueo—. ¡Sí tú!
Cuando recién empecé mi terapia con Esther, ella me dijo que las mascotas ayudaban a sanar de la depresión y ansiedad, ya que en ese momento las dos amenazaban con arrebatarme la vida, y honestamente, en ese minuto; no lo entendí.
Hasta que un día, en medio de una de mis crisis silenciosas, mi perrito se subió a mi cama, y se acurruco en mi abdomen, mirándome y transmitiendo un sentimiento que fue como: "No estés así, yo estoy para ti y te quiero. No estás sola."
Y desde ahí todo fue un poco más pasable. Todo fue más soportable para mí.
Porque él fue el único que no me abandonó. Y quizás quería aún más a Furia, porque es lo único que me queda de Miles.
— ¿Como te fue hoy? — mi mamá llega hasta mí con una de sus típicas sonrisas.
Me encojo de hombros volviendo mis ojos a Furia.
— Bien —omito lo que me dijo Esther, porque ahí sí que a mi mamá se le caería el mundo encima. La conocía muy bien para saber eso—. ¿Me demoré mucho al llegar?
La siento negar con la cabeza.
— Tiempo justo y preciso —la miro confundida al sentir sus ojos tan azules como el cielo se ciñen preocupados en mi rostro—. Deberías ir a dormir. Lo necesitas.
Un recordatorio sutil, de que mi aspecto era de un c*****r andante. No estaba delgada, porque mi ansiedad no me lo permitía. Pero mis horas de sueño disminuían mucho, y a veces mi deshidratación se hacía presente enfermándome en el acto.
Ya no tenía vitaminas naturales en mi cuerpo, por lo tanto, mi papá me daba las vitaminas encapsuladas, teniendo medicamentos diarios que tomar, para que mi organismo no dejara de funcionar por mi mala alimentación, mi malos hábitos de sueños y malos hábitos de no preocuparme por mí misma.
En simples palabras, estaría con fallas intestinales y a los riñones, si mi médico personal, —mi papá—, no me ayudara.
— Yo también creo que iré a dormir —me levanto del suelo—. ¿Papá a qué hora llega?
— Quizás en una o dos horas más, tuvo turno de cuarenta y ocho horas —menea la cabeza—. Va a llegar destruido.
— Como siempre —tuerzo mis labios cansada—. Vamos, Furia —le señalo las escaleras a la vuelta del pasillo—. Tenemos que ir a dormir.
— Descansa, hijita — el tono de voz melancólico de mi mamá me parte el alma.
Soy un asco como hija. Lo tenía más que asumido.
Mi madre seguidamente se enfada a diario conmigo, por no contarle todo lo que siento y guardármelo, pero, ¿cómo decirle a la mujer que te dio la vida que te quieres morir y vives con el síndrome de sobreviviente, que, al fin y al cabo; es lo único que evita que no lo hagas?
Creo que no hay una forma correcta para decírselo. No hay forma alguna.
Porque la depresión ya ni me dejaba hablar. Los traumas tampoco. Ya nada me dejaba expresarme.
Nada.
Todos podrían pensar en la depresión como algo parecido a cuando tienes el ánimo por el suelo. Pero no, la depresión es como la gangrena, te va comiendo por dentro y se comienza a demostrar por fuera, cuando ya comienzas a tocar fondo.
Cuando ya no hay vuelta atrás.
Cuando ya eres íntimo amigo de la oscuridad.
Las actividades común y corrientes, y los sentimientos, pierden por completo tu interés, y ya nada de esas sensaciones son placenteras, en lo absoluto. Ya nada te mueve la existencia. Nada te la alegra. Porque quedas hueca. Completamente vacía.
Y a veces ni siquiera puedes moverte por el dolor que llevas en el alma, y por tu mente desganada y tu cuerpo fatigado.
Porque la depresión literalmente te manda a la mierda. Te escupe y te pisotea en la oscuridad, quedando indefenso a su ataque.
Ya no puedes dormir sin llorar, ya no puedes sonreír sin sangrar por dentro, ya no puedes sentir algo, porque estás tan concentrada en tu burbuja hiriente.
Que te alejas del mundo.
Y terminas quedando peor.
Los sentimientos de culpa, frustración o rabia, no son palabras, es un llanto silencioso, una muerte interna, y un susurro mudo que no es imposible de soltarle al viento.
Vivimos con pena, vivimos en medio de la confusión de la existencia, vivimos en medio de nuestra vergüenza, y todas esas sensaciones nos dejan sin que decir.
Porque los límites depresivos no se mezclan con la sociedad, sino con el organismo que te va matando de a poco, al ser contaminado con tu sufrimiento.
Y de ahí, muy pocas veces, sales con vida.
Ya que ileso, jamás.
Y el tema ahora es tan común para la sociedad, para toda la comunidad humana, que ya no le toman importancia a nada de eso, porque piensan que solo es para llamar la atención.
Pero eso está mal...
La depresión roba vidas inocentes. Y al parecer nadie se está dando cuenta de eso.
— Entra, amor — le abro la puerta a mi perrito que corre a mi cama, para acostarse a los pies.
Cierro detrás de mí, y me saco mis zapatos, antes de acercarme a pasos temblorosos hacia la ventana.
La ventana en la que por primera vez vi a Miles, ya que fue mi vecino por un poco más de tres años.
Deslizó mi cortina y aprieto los ojos al observar el marco de la ventana de la casa de al lado, quedándome con el pecho oprimido cuando una recuerdo me atormenta la cabeza:
"Salgo del baño con una toalla envuelta en mí, desde mis senos hacia abajo. Hoy si que me dejo fatigada el entrenamiento de Tony.
— ¡¿ERES MI VECINA?!
Salto del susto, quedándome sin aire al escuchar ese grito tan sorprendido, aprieto la toalla contra mi pecho y me giro atormentada hacia la ventana, sintiendo como la cara se me tiñe de rojo al ver al chico nuevo del instituto con la quijada casi por el suelo.
— No, soy solo un holograma — mi sarcasmo se hace presente mientas avanzo hacia la ventana.
Qué respuesta más tonta, Nad.
Una sonrisa cariñosa se desliza por mis labios.
— Nad...
No escucho lo que dice Miles, porque cierro la ventana y la cortina, dejándome lejos de su divertida y cálida mirada verdosa.
Joder...
Me vio casi desnuda.
Tierra trágame y escúpeme en China."
Niego con la cabeza, y dejo mi teléfono en la mesita de noche, antes de acostarme en mi cama, tocando el borde de la ventana con mis dedos, ya que el vidrio esta desde hace mucho tiempo, al lado de donde yo dormía.
Antes de que Miles falleciera, pasábamos todo el día así, acostados, sentados o como fuera, pero siempre conversando de ventana a ventana, ya que apenas eran dos o quizás tres metros de distancia entre casa y casa.
Era nuestro lugar especial.
Mi respiración se acelera, cuando siento las lágrimas aproximarse a mis ojos.
No, no, no.
Tienes que controlarte.
Tomo una respiración profunda, e intento calmar la culpabilidad en mi pecho.
Juro que esto me está matando, porque a veces...
Ni siquiera puedo respirar.
Me duele tanto el pecho, que mi corazón se debilita y no puedo volver a funcionar con normalidad por unos minutos.
Minutos en los que solo, la depresión se encarga de mí.
Y me pregunto: ¿Por qué no puedo superar esto?
Soy fuerte.
Se eso.
Pero, ¿por qué no me puedo dejar sanar?
¿Por qué estoy dejándome caer en un hoyo n***o? ¿Por qué la gente superó la muerte de Miles y yo todavía no puedo?
Él no permaneció toda la vida.
Él se fue de mi lado.
Él murió, para salvarme a mí.
Y esa era mi triste realidad, aunque sabía que si Miles estuviera en un lugar mejor como los padres de la iglesia querían hacerte creer, pensaría que él estaría cuidándome desde donde fuera.
Pero, nadie sabe cuánto lo extraño, ni la iglesia, ni mi familia, ni nadie.
Una lágrima se me escapa, y siento como Furia se apoya en mis piernas, mirándome con sus ojitos cristalizados.
Solo él siente mis emociones mudas.
— Estoy bien, cariño —acaricio su pelaje—. Todo está bien.
Así tenía que ser, dejando de lado que estos bajones de ánimo y los recuerdos de ese día y de todos los años de relación con Miles, me están arruinando la vida. Porque esos recuerdos me llenaban aún más de culpabilidad.
《No pienses en lo que pasó》 me regaño.
Solo tengo que dormir y todo estará bien.
Pongo una manta sobre mis hombros, y me acurruco en la almohada, dejándome ir al sentir como el cansancio se apodera de mí.
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— ¡Nad! ¡Baja a comer! — escucho el grito de mamá taladrándome lo oídos desde el piso de abajo.
Suelto un feroz gruñido, haciendo saltar a Furia en mis piernas, y tomo mi teléfono de la mesita de noche con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados.
15:00 p.m.
— Demonios... — me paso la mano por la cara y despierto cuando refriego mis ojos con fuerza.
Me levanto con la mandíbula tensa, y comienzo a leer los correos de mis profesores de felicitaciones por las vacaciones de final de año. Si, mi universidad era bastante extraña, al tener vacaciones por casi tres meses en pleno invierno.
Súper común.
Al menos entre al segundo año de medicina con excelentes calificaciones, ya que mientras estaba en terapia, tenía clases en la universidad, en las cuales los primeros dos meses estuve en silla de ruedas por el daño en mi pierna izquierda, y los otros tres meses tuve que ir con muletas. Antes de recuperar la movilidad de mi pierna por completo.
Pero, saque el año, y era lo que me importaba.
Abro la ventana, desordenando mi pelo. Pero siento como la vida me golpea y el mundo se me viene encima cuando levanto mi mirada y veo al chico que me sonríe con diversión marcando unos llamativos hoyuelos apoyado en el umbral de la ventana de en frente.
Desde la ventana de Miles.
— ¿Sabes que babeas cuando duermes?
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