—Si—admití con pesar—se lo diagnosticaron hace unos cuatro años, pero los síntomas empeoraron los últimos dos años. —Lamento oírlo, muchacho—dijo sentándose detrás de su escritorio—tu padre siempre fue un buen hombre, pero a pesar de todo uno nunca tiene la vida ganada. —Lo sé—lo secunde, porque a pesar del dinero, la empresa y las propiedades, había tenido qué padecer una enfermedad que hasta la persona más humilde podría tener. Esa enfermedad me había dado una lección, aunque no una qué yo quisiera aprender. Humildad y apreciación por la vida y la gente que me rodeaba. —Dime, muchacho. ¿Qué puedo hacer por ti?—cuestiono colocando sus manos por encima de la superficie de su escritorio. —Vera—intente sonreir, aunque sé que mi sonrisa era todo menos un gesto sincero—la vida tampoco me

