1. Náufrago.
Pov: Narrador.
«¿Dónde estoy?».
Pensó Apolo finalmente despertando de su largo sueño.
Su balsa seguía flotando en medio del mar acercándose lentamente a la isla que se veía a lo lejos.
Apolo miraba aterrado a todos lados, queriendo salir huyendo de su pequeña prisión.
Una tortura perfecta para alguien que teme al agua, sin duda alguna.
El joven metió su mano en el agua helada intentando remar para salir de este gran estanque.
Se rindió a los segundos de comprender que eso no le funcionaría.
Terminó por decidir que lo mejor era acostarse una vez más en la balsa y esperar a algún día tocar tierra firme.
Un poco exagerado de su parte al ponerle tanto drama al asunto.
El brillante sol que estaba puesto a su derecha, chocaba con sus ojos provocando que este tuviera que mantenerlos entre cerrados.
Levantó su mano para así taparlo.
«Que manos más delicadas son las que se me han heredado».
El joven recién despertaba de su sueño y ya se estaba cuestionando su existencia, criticando la forma tan perfecta en que estaba diseñado.
Tumbó el brazo a un lado, cerrando los ojos para escuchar el sonido del agua, el sonido de la tranquilidad y del miedo, todo junto creando una linda sinfonía.
Apolo abrió abruptamente los ojos, al sentir como la balsa chocaba con fuerzas contra lo desconocido.
Él se levantó de golpe, alarmado.
«Llegue».
Pensó tan confuso.
El joven no lograba explicarse como era posible que llegara tan velozmente a la orilla si desde donde se encontraba a penas podía visualizar la isla.
Apolo no perdió tiempo en preguntas y bajo su cuerpo de el bote, tocando con los pies descalzo la arcillosa arena.
En ese momento se sintió extraño pues de alguna forma estar ahí de pie le provocaba cierta felicidad.
Apolo sonreía permitiéndose dar vueltas en el mismo lugar, disfrutando de que sus pies se ensuciaran por completo.
Al detenerse notó como una hermosa joven lo miraba maravillado.
Esa joven que para Apolo se trataba de una mariposa de tonalidades amarillas, lo observaba a escondidas riéndose con la torpeza y la inocencia de nuestro jovencito.
Ella se acercó al darse cuenta que ha Sido descubierta, queriendo darle la bienvenida a su nuevo habitante.
—Es un gustó— Dijo levantando la mano para estrecharla con Apolo.
Él se sonrojo al escucharla, al tenerla tan cerca, al sentir esa inexplicable aura que la cubría.
Apolo aunque quería no podía responder, su voz no salía y eso solo lo hería.
La hermosa mariposa brindó una radiante sonrisa, tan brillante y calurosa como el sol que se posicionaba en la cima.
Tomó de la mano Apolo sin importarle que este no contestara, lo llevó con ella, casi a arrastré.
Apolo se sentía incómodo y no era por ella, si no por él, sentía como su corazón se aceleraba y eso, hasta cierto punto, le aterraba.
La jovencita se aventuró con él, dejando atrás el arenero con el mar de fondo, adentrándose a un lindo campo, con césped tan verde como el de los libros que retratan al paraíso.
—No te preocupes, no te haré dañó— Murmuraba.
Apolo no podía creer cierto lo que ella decía, él por ningún motivo sería capaz de creer que ella podría hacerle algún tipo de daño más que provocar que su corazón escapara de su esqueleto.
El joven trago con fuerzas para dejar de invadir su belleza, cerrando los ojos, intentando controlar lo que ningún humano es capaz de lograr.
Al abrir nuevamente sus pupilas, se encontró con una multitud de gente que lo rodeaban a él y al parecer por lo que escuchaba, quien sujetaba su mano era más y nada menos que la reina del lugar.
Todos honraban su regreso, expresando con felicidad su agradecimiento.
Apolo aún se mostraba confundido, con todas las voces alrededor se le hacía difícil poner sus pensamientos en orden y pronunciar una palabra era casi imposible en este momento.
La joven reina volteó por un momento regalándole una dulce sonrisa a Apolo, callando el ruido del alrededor.
«No lo entiendo».
Pensó él deslumbrado por ella.
Ella lo guío hasta una gigante casa, está no parecía un castillo ni se le comparaba por su estructura, solo era una casa muy grande y linda construida con madera.
Al entrar, ella continúo guiándolo hasta arriba, lo llevo para un cuarto que contenía una cama y una sencilla ventana.
Ella le soltó la mano y Apolo sintió como se quebró.
Debía decirse que este joven era excepcional al exagerar.
La joven salió de la habitación dejándolo a solas.
Fue extraño para él sentirse nuevamente solo, era muy poco lo que había estado acompañado y ahora estaba de vuelta en la balsa.
Miró a su alrededor intentando encontrar algo más con lo que pudiera entretenerse.
«Que raro».
La habitación estaba extremadamente vacía.
«Tal vez la están remodelando».
Pensó él al ver la pintura blanca corrida en el suelo.
Se levantó del inflado colchón para dirigirse al closet de madera que sobre salía de la pared.
En ese momento la puerta fue abierta, entrando la joven con otra chica.
Apolo volteó de inmediato, devolviéndose avergonzado a la cama.
—Es él— Mencionó la joven a la chica con un traje similar a la de una enfermera aunque en esta historia eso era irrelevante.
—Denme un momento y podré darle un diagnóstico del paciente— Contestó entregada a complacer a su reina.
Se acercó Apolo y pidió que abriera grande la boca para inspeccionar su garganta.
Este con timidez aceptó su petición.
La enfermera Introdujo una paleta en la boca del jóven, no tardó mucho en revisarla y dar un diagnóstico exacto.
—Tiene las cuerdas vocales infladas, eso impide que pueda hablar y mi indicación es que ni siquiera lo intente— Explicó de manera concisa la chica.
—Muchas gracias— Contestó la jóven feliz de finalmente conocer la razón por la que su nuevo huésped no pronunciaba ninguna respuesta o alguna pregunta.
La puerta se abrió nuevamente, está vez de golpe.
Un joven entro en la habitación, este tenía en su cara una expresión de enfadó.
—¿Puedes explicarme qué está sucediendo en esta habitación?— Preguntó con furia el joven.
Apolo se encogió de hombros, sintiendo que lo que estaba ocurriendo era por su culpa.
—Liam, tenemos un invitado y está herido, por favor se más respetuoso— Mencionó la joven desapareciendo su característica sonrisa.
Liam observó de reojos al pobre de Apolo.
—Emma, reconozco que tú corazón es muy puro pero no puedo aceptar que hagas caridad dentro de nuestra hogar— Espeto.
—Liam, hablamos afuera, dónde no podamos interrumpir la paz de mi invitado— Dijo Emma con determinación.
Todos salieron del cuarto, dejando adentro a Apolo.
Él se encontraba atónito y no era solo por la disputa que había presenciado, si no porque finalmente conocía el nombre de esa mariposa con tonalidades amarillas, el de la joven Emma que irónicamente lo dejaba sin palabras.
Apolo se a recostó en la cama, dejando reposar su cuerpo en ella, la luz del atardecer entro por la ventana, pintando su rostro de naranja.
Él seguía perdido pensando en ella, queriendo volver a verla lo más pronto posible.
Cerró los ojos con ese deseó entre sus dientes, queriendo llorar de felicidad.
—¿Estás bien?— Preguntó Emma entrando sola a la habitación mostrándose preocupada.
Apolo se levantó de un empujón de la cama observando como la luz deslumbraba el castaño y largo cabello de Emma, él sin darse cuenta tenía sus mejillas completamente rojas, con la boca abierta y una mirada boba.
Emma sonreía al ver lo dulce que se veía Apolo.
—Me disculpó por lo anterior, Liam suele ser un poco explosivo— Comentó ella apenada.
«Se ve tan linda».
Pensó Apolo perdido en su mirada.
Emma se sentó a su lado dando un bostezó.
Él la seguía mirando sintiéndose miserable por no poder hablarle.
Ella volteó a verlo, sacando de su bolsillo una hoja y un lápiz.
—Liam no quiere que te quedes pero no es necesario que le pongas atención, le pondré excusas si es necesario, tú ahora vivirás aquí— Dijo suavemente.
Le entregó un papel a Apolo pidiéndole que escribiera su nombre en el.
—¿Si eres consciente de tu nombré?— Preguntó ella.
Apolo asintió, tomando entre sus manos el lápiz y el papel.
—Vendré en un rato para traerte una almohada y una sábana, no tardaré tanto.
Emma irradiaba alegría, eso chocaba con la personalidad tan introvertida del jóven Apolo pero para él era diferente, esa personalidad tan extrovertida era lo que ocasionaba un descontrol en sus emociones.
Apolo sonría sin aún pensar de dónde provenía.
Anotó su nombre en la hoja dejándola a un lado.
Él no lo entendía pero estaba claro su desborde de alegría.
Apolo está feliz de despertar y poder compartir sus días con la joven con el nombre más lindo que conocía.
«Emma».
Eso se repetía.