1.
Era una hermosa tarde, no había mucho tráfico, pero conducía despacio, con la mirada fija en el camino.
Siempre había sido una conductora cautelosa. Luego de estar involucrada en un accidente de tránsito cuando era adolescente, Tonya se había resistido por mucho tiempo a conducir. Pero su esposo la había convencido de que era necesario, así que sacó la licencia, aunque durante mucho tiempo evitó conducir a menos que fuera estrictamente necesario.
Bajó del auto y tomó los paquetes del asiento trasero, cuando escuchó una familiar voz femenina.
- ¡Aquí estás! -
Se volteó y ofreció una sonrisa a la mujer que se dirigía hacia ella.
- ¿Vienes sola? - había algo de decepción en su rostro - ¿Dónde está mi niña? -
- La dejé con papá… No puedo arrancarla de su lado. Actúa como si nos hubiéramos ausentado por meses -
- ¡Oh, lo comprendo! - dijo Lidia con una sonrisa y le indicó que entraran a la casa - Nosotros nos sentimos igual. ¿Cómo estuvo el viaje? -
Antes que Tonya pudiera responder, Franco salió de la cocina y de inmediato se encontró atrapada en un fuerte abrazo, que fue sumamente reconfortante.
- Me alegra que estés de vuelta - dijo el hombre besando su mejilla - Las extrañamos -
- Nosotras también - respondió ella con una sonrisa - Traje regalos - y mostró las bolsas.
- ¡Genial! Los veremos luego. Vamos a la cocina, preparé té – dijo el hombre.
- ¡Vaya! Eso es muy considerado de tu parte - respondió Tonya, divertida.
Al tomar las bolsas, Lidia miró las manos de la joven.
- Creo que necesitas una manicura. Llegaste justo a tiempo, tengo todo preparado -
- ¡Oh! ¡No, no! No puedo quedarme mucho tiempo -
- Solo tomará unos minutos y estoy segura de que a Eduardo no le importará - replicó Lidia con una sonrisa.
Sin más, la joven tomó asiento en la barra de la cocina, recibió el té que Franco le ofrecía y dejó que Lidia se encargara de sus manos.
- Las dejo para que hablen, chicas - dijo Franco desde la puerta de la cocina y desapareció por el pasillo.
- ¿Y eso? - dijo Tonya intrigada por la actitud del hombre.
- Está terminando un trabajo que le solicitaron de última hora - respondió sin mirarla.
- ¡Oh! -
- Entonces… ¿Alexis disfrutó el viaje? -
- Sí, mucho. Sabes cuánto la mima Jerónimo. Mamá me dijo que discutieron por dos meses sobre los regalos de Navidad. Acabó destinando una habitación completa a sus cosas. Era imposible que pudiéramos traer todo en el avión - sonrió - Tuvimos unos días muy agradables en la hacienda. ¡Oh! Y mamá llevó a Alexis a montar -
- ¿Y le gustó? -
- Mucho - asintió - Jerónimo estaba orgulloso de verla como todo una amazona -
Se hizo un breve silencio.
- ¿Y tú? - Lidia mantenía la mirada fija en las manos de Tonya.
- Dormí mucho… Descansé… realmente pude descansar como no lo había hecho en meses… Y ver a Alexis tan feliz me hizo feliz a mí - sin embargo, no había entusiasmo en su voz.
- Pues ella y tú tenían muy merecidos unos días de descanso y diversión. Sé que Jerónimo y Dafne también ansiaban tenerlas unos días en la hacienda -
- Sí, nos mimaron mucho -
Había anochecido cuando Lidia y Franco la acompañaron hasta la calzada para despedirla.
- Barbacoa el domingo, no lo olvides - dijo el hombre mientras Tonya tomaba la manija de la puerta - Y no quiero excusas -
- De acuerdo - dijo con un movimiento de cabeza - Nos vemos el domingo –
-0-
El auto de Tonya se alejaba, cuando otro vehículo se detuvo en la entrada de Franco y Lidia.
Un hombre alto y de contextura atlética bajó rápidamente.
- ¿Esa era Tonya? - dijo sin preámbulo.
- Sí, era ella - respondió Franco.
El hombre mantuvo la mirada fija en el auto y no fue hasta que dobló la esquina, que reaccionó. Se acercó a Lidia y besó su mejilla. Luego, estrechó la mano de Franco.
La mujer se excusó y Franco palmeó la espalda de su amigo.
- Vamos adentro -
Esta vez fueron ellos quienes ocuparon la cocina, mientras Lidia les daba espacio para conversar.
- Si hubieras llegado unos minutos antes, se habrían encontrado - comentó Franco con tono ligero, pero observaba atento la expresión de Michael.
- Sí, es una lástima - respondió sin mucho calor. Se movió inquieto en el taburete - ¿Cómo está ella? -
- No sé cómo responder eso, amigo… Es decir, luego de lo que ella ha pasado, decir que está bien no parece correcto… Pero es una chica fuerte y hace un esfuerzo por seguir adelante con su vida: trabaja, se dedica a su hija… - hizo una pausa. Había un gran pesar en su rostro - Pasó la Navidad y Año Nuevo en México, con su madre. Eduardo la convenció que pasara las festividades lejos y … ya sabes, el aniversario -
- Sí… no tengo idea de lo duro que debe ser para ella pasar esos días… Debe ser muy doloroso -
- Lo es, aunque ella no lo admitirá. Oye - dijo Franco luego de un momento de duda - Ustedes solían ser buenos amigos… y creo que ahora más que nunca Tonya necesita de todo el apoyo y cariño que pueda recibir -
- Franco, yo no creo…
- Solo decía - le interrumpió el hombre rápidamente - El domingo tendremos una barbacoa aquí… A los chicos les agradará verte. Tú eres parte del grupo, siempre lo has sido… Solo piénsalo -
De regreso a casa, no podía dejar de pensar en Tonya. Aunque solo la había visto por unos segundos, había sido suficiente para agitarlo. Las palabras de su amigo resonaban en su cabeza. Una parte suya deseaba volver a reunirse con los chicos, disfrutar de un domingo con buena comida, música y agradable conversación; pero, por otra parte, se resistía a propiciar un reencuentro con Tonya.
En los últimos diez años se había esforzado por evitarla. Sí, había sido su decisión. Era lo mejor que podía hacer en ese momento, luego de todo lo que había sucedido entre ellos.
Y ahora… definitivamente ese no era el mejor momento para reencontrarse. ¿O sí?
Un año… había pasado un año ya…
Era la segunda semana de diciembre y había sido un día terriblemente difícil en la oficina, lleno de reuniones y asuntos de última hora que atender. Pero cuando recibió la llamada de Franco, todo se detuvo. El mundo entero se paralizó.
- Amigo, ¿viste las noticias? - parecía tener problemas para respirar - Mira, no sé qué está pasando, pero esto es una pesadilla -
- Franco, ¿qué pasa? -
- Es Alexander…
Michael se irguió y sujetó el teléfono con fuerza.
- Lo asesinaron, Michael. Asesinaron a Alexander -
Él no pudo decir palabra. Su mente se negaba a procesar las palabras del hombre al otro lado de la línea.
- Tonya… - murmuró luego de unos segundos o minutos, no estaba seguro.
- La policía fue por ella a su trabajo…
- ¿Cuándo…? ¿Cómo…? -
- Mira, no puedo darte los detalles ahora. Lidia y yo debemos ir con Eduardo y Maya. Ambos están a punto de tener un colapso… Mira las noticias, está en todos los medios… Solo creí que debías saberlo…
- Si hay algo que pueda hacer…
- Te contactaré, lo prometo -
La llamada finalizó y Michael se volvió a su computadora. Franco tenía razón, todos los medios estaban cubriendo la noticia: Alexander Roldán, funcionario de la oficina del Fiscal General, había sido asesinado en plena calle, en las afueras del juzgado donde se desarrollaba el juicio contra Ramón Centeno.
Ramón Centeno era un reconocido político de larga trayectoria, vinculado en un caso de malversación de fondos públicos y peculado.
Había sido un escándalo a nivel nacional, un caso muy complejo que le había tomado meses a la Fiscalía para conducir la acusación y aunque Alexander no estaba trabajando en ese caso en particular, se involucró de una forma más peligrosa y que al final le costó la vida.
El señor Centeno era un hombre de muchos secretos, ninguno de ellos agradable. Este hombre no solo se había aprovechado de su puesto para enriquecerse, sino que disfrutaba de golpear a su esposa por cualquier motivo.
Alexander siempre había sido muy sensible al tema de la violencia doméstica y no perdió tiempo para tratar de convencer a la mujer de alejarse de su esposo y aceptar colaborar con la investigación a cambio de protección.
Nancy Serrano era una mujer inteligente. Ella sabía que su esposo aún guardaba cartas bajo la manga y había una gran posibilidad de que saliera de esta situación prácticamente ileso, así que su instinto de preservación le decía que no debía intentar nada que pudiese contrariar a su esposo o que pusiera en riesgo la vida de sus hijos.
Pero Alexander no claudicó en su empeño, poco a poco fue ganando la confianza de la mujer y logró convencerla de acogerse a la protección policial, al menos mientras el juicio se desarrollaba.
Esa tarde, que parecía ser como cualquier otra, cuando dos hombres cruzaron frente al juzgado en una motocicleta y dispararon contra el licenciado Roldán, no fue difícil adivinar quién era el más interesado en acabar con el entrometido y de paso, dejar un claro mensaje a todo el sistema de justicia: nadie se entromete en los asuntos de Ramón Centeno.
Nunca sería capaz de imaginar lo que pudo sentir Tonya cuando la policía llegó hasta su trabajo para informarle que su esposo había muerto y que existía la posibilidad que su vida corriera peligro.
¡Por todos los cielos! Tenía unos pocos años de casada, una niña de pequeña que ansiaba celebrar la Navidad y ahora... tenía que lidiar con algo así.
Nadie jamás estaba preparado para enfrentar la pérdida de un ser querido de una manera tan violenta.
Nadie podría imaginar que enviudaría sin siquiera haber llegado a los treinta.
Esa tarde, en el cementerio, la vio por primera vez luego de tantos años. Ni siquiera había aceptado la invitación de Eduardo para que fuera a conocer a la niña cuando nació. Simplemente se negaba a ello, aunque su actitud le ganara los reproches de Franco.
Y no era así como deseaba volver a verla. Odió cada minuto que estuvo allí, en medio de los asistentes, lo más lejos posible, pero sin perderla de vista.
Vestida completamente de n***o, con la mirada fija en el ataúd, sus brazos sujetando con fuerza a la pequeña niña. Fue el momento más doloroso e interminable de su vida.
Y cuando por un momento ella alzó la cabeza y sus ojos se encontraron, solo halló una mirada vacía, opaca y un rostro inexpresivo.
No hubo nada en ella que demostrara que lo había reconocido. Tal vez estaba aún en shock por lo sucedido. Tal vez, simplemente, se había olvidado de él.