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Falsas Impresiones [Libo II]

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los opuestos se atraen
de amigos a amantes
atreverse a amar y a odiar
jefe
drama
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Descripción

Segunda parte [y última] de la historia Falsas Impresiones.

Un mes ha pasado después de ese terrible momento. Cada uno ha tomado su camino en un intento por superar su dolor. La familia se ha separado por causa de ese horrible incidente, y la herida continua abierta, y llena de dolor.

¿Podrán Emma y Allan ser felices juntos?

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Capítulo 1
Un mes después. Antonio anudaba su corbata frente al espejo. Su expresión, aunque tranquila, era contrariada por las oscuras sombras que resaltaban bajo sus ojos. Esas últimas semanas habían sido muy duras, y sin duda alguna el tiempo sin dormir apropiadamente le estaba pasando la factura. Suspiró cuando su corbata quedó apropiadamente hecha y apretó los labios. No podía recordar un momento de su vida, que pudiera usar para comparar el desastre que ahora cargaba sobre sus hombros. Y tampoco evitar sentirse completamente responsable por la forma en que la situación terminó. Ya que de no ser por su insistencia en que su jefe conociera a su hija menor, nada de ese horrible momento habría sucedido.  Cerró los ojos, estaba exhausto. Después de haber vuelto del departamento de Allan con Iván, la realidad de la situación lo golpeó cuando el día dio comienzo y fue claro para él, como para todos, que se había quedado sin trabajo. Abandonó todo, tal y como le había amenazado a Allan. Y aunque honestamente no se arrepentía del todo de su decisión, la nostalgia que lo embargó fue un trago muy amargo que tuvo que dejar pasar. Se giró para ir a la cocina ya que debía preparar el desayuno para su familia. Silvia había decidido quedarse en la casa junto a Iván y Tony. Y eso era excelente, después de todo nada lo hacía más feliz que tener a su familia junto a él —o a la mayoría—. Usando su ya conocido delantal rosa de holanes, encendió la estufa y puso un sartén grande para el omelet que prepararía. El dejar listo el desayuno para su familia se había convertido en una nueva tradición, y por nueva nos referimos a hace apenas semana y media. Ya que había logrado conseguir un nuevo empleo, gracias a la ayuda de su yerno. Vertió los huevos, y partió chiles, champiñones y un poco de queso. Hizo volar el omelet en el aire antes de atraparlo con habilidad y esperó a que estuviera listo, sirvió tres vasos con jugo de naranja y puso cuatro rebanadas de pan a tostar. Apagó la estufa cuando el omelet estuvo en su punto y tomó el sartén. El omelet amarillo se deslizó hasta posarse en el plato que yacía en la mesa. Antonio dejó el sartén en la estufa y se sentó. Comió su porción como era lo usual, bebió el jugo con lentitud y dejó que sus preocupaciones se fueran por unos segundos. No todo había ido mal. Sabía que el hecho de que su hija y su esposo seguían ahí, era porque temían dejarlo a solas. Dado su problema con el alcohol, era comprensible que temieran porque repitiera el episodio. Y eso Antonio lo sabía perfectamente, la tristeza que sentía era indescriptible, pero no caería de nuevo en algo que solo empeoraría las cosas. Debía ser fuerte por sus dos hijas, por su nieto, y por su querida y amada Adele. Sonrió sin darse cuenta al pensar en esa maravillosa mujer. Quien, al igual que Silvia, no lo había abandonado ni un minuto. Y ya que ella también se había quedado sin trabajo al unirse a la cadena de renuncias, pasaba casi todo el día junto a Antonio, y cuidando a Tony cuando sus padres salían por trabajo. Adele era increíble y lo amaba con locura, al igual que él la amaba. Y la felicidad que sentía no podría compararse, si tan solo la realidad general no fuera tan amarga. Dejó de comer al sentir un nudo en la garganta, se puso de pie y se quitó el delantal. Sacó el pan de la tostadora y lo puso sobre la mesa. Encendió la cafetera antes de salir de la cocina y fue camino a la sala. Silvia estaba ahí, esperándolo. —Buen día —dijo ella mientras bostezaba. Vestía un pijama de dos piezas de seda color ladrillo, y sobre esta una bata café de manga larga. — ¿Qué haces despierta a esta hora? —preguntó sorprendido.— El sol aún no sale, cariño. Silvia reprimió un gruñido. —Debo amarte más de lo que amo dormir, papá —respondió algo ofendida.— Pero siento que no estás bien del todo como nos dices cuando vienes a comer, e Iván piensa lo mismo. Antonio frunció el ceño. —Lo siento —dijo aceptando.— Pero no soy el único que actúa como si todo estuviera bien. Silvia cruzó los brazos. —No soy tan fuerte como tú —dijo.— Y aunque me muera de ganas de ir a ver a Emma no puedo hacerlo, como bien sabes. Antonio no respondió. —No tienes idea de lo difícil que es cuando Tony pregunta por ella —suspiró.— Incluso llora por las noches, porque dice que tiene pesadillas y piensa que su tía Emma no volverá. Antonio reprimió las lágrimas. — ¿A dónde iría, papá? —preguntó en voz baja.— No puedo pensar en un sitio que pudiera usar de refugio salvo su departamento. Y no está ahí, ni siquiera el portero sabe para dónde fue. —Lo sé —Antonio respiró profundamente.— Su auto estaba cerca del aeropuerto… pudo haber ido a cualquier parte del mundo. Silvia talló su sien, frustrada. Y era más que comprensible. Habían estado buscando a Emma desde la mañana que despertaron y no la vieron durmiendo junto a Tony. Pero al ir a su edificio no vieron su auto, y el chico de recepción les dijo que no la vio volver en ningún momento de la mañana. Su auto lo encontraron dos días después ya que se lo llevó una grúa por estacionarse en un área de taxis que iban al aeropuerto. La única pista que tenían, era que Emma tomó un vuelo a alguna parte del mundo para alejarse y resolver sus problemas por ella sola, como siempre había sido. —Lo siento, papá —suspiró.— Solo quería asegurarme que estuvieras bien, sé que no es lo mismo trabajar con el padre de Iván, pero estás en el área que te gusta… —Estoy muy cómodo ahí, hija —confesó con honestidad.— El equipo de contabilidad está muy bien preparado, y casi todos son de mi generación, nos entendemos mejor de lo que esperé. Silvia asintió mientras se acercaba a darle un abrazo. —Lo siento mucho —Antonio susurró.— Todo es mi culpa. —No digas eso —pidió molesta.— No hay manera en que pudieras saber que algo como esto pasaría, deja de culparte por favor. Antonio la abrazó con fuerza y no dijo nada. Silvia se separó de él a los segundos y talló sus ojos, no quería llorar. —Bien, me iré al trabajo —anunció tratando de sonreír.— El desayuno está listo para los tres, pero ve a dormir un poco más. —Lo haré —aseguró.— ¿Te veré a la hora de la comida? —Sin falta estaré aquí —aseguró. —Si no vienes, Adele se enojará —recordó sonriendo. Antonio rió al recordar ese detalle y se despidió con su mano mientras caminaba hacia la puerta, dio una mirada a Silvia que subía las escaleras y salió de su hogar. ⇋---⇋ Tomar esa decisión fue la más difícil de su vida. En especial porque, esa vez, no quería estar sola con su dolor, quería que su padre la abrazara, que Silvia le dijera que las cosas estarían bien. Pero al irse y no decirle a nadie dónde estaría, se había hundido ella sola.  La primer semana fue un infierno. Se había encerrado en su departamento, aislada de cualquier persona. Las luces y cualquier aparato electrónico estaban apagados. El silencio que la rodeaba era ensordecedor, y aún así podía escuchar los latidos de su destrozado corazón.  No estaba bien, para nada, nunca se había sentido tan humillada, lastimada. Su pecho ardía con la herida aún fresca, pulsante y expuesta que se negaba a sanar. No estaba segura de cuánto tiempo llevaba llorando, sentía arder sus ojos, ya secos y cansados. Su cabeza punzaba gritando por algo de descanso. No había dormido, tampoco comido adecuadamente. Su habitación se había convertido en su ataúd. Recostada en la orilla de su cama, abrazó la almohada con fuerza y cerró los ojos. Su estómago se retorció exigiendo alimento. Emma suspiró, cubrió su cuerpo con la manta y abrió los ojos.  ¿Qué hora sería? No podía saber porque las ventanas estaban cubiertas, ni un solo rayo de luz se colaba por esas gruesas cortinas. Quería dejar de sentir dolor, que un momento despertara y olvidara la pesadilla que había vivido para poder continuar con su vida. Tenía una meta que podría lograr si tan solo le regresaban su vida y sus esperanzas. La segunda semana había dejado de llorar, ya no sentía nada, ni hambre o sueño, pasaba los días sentada en la cama y viendo al vacío. El tercer día de esa semana comió algo sólido por primera vez. No había recurrido al alcohol —más porque no había nada en su departamento—, pero la depresión la golpeó con fuerza, casi al punto de asfixiarla. La tercer semana fue mejor. Emma había comenzado a pensar con claridad. Las ventanas descubiertas y la luz iluminándola. Había perdido peso por no comer casi nada, las enormes ojeras la hacían ver muy demacrada, y su piel había perdido su brillo. Tras comer —a eso de las cinco de la tarde— se dio un baño por primera vez en días. Sumergió su cuerpo en el agua caliente y permaneció en la tina por más de media hora. Con los ojos cerrados y su mente alejada de cualquier pensamiento que pudiera lastimarla, pudo relajarse. Bastó un momento más para que se diera cuenta de lo patética que estaba siendo. Ella no era una damisela en problemas, ella no se quedaba en la torre esperando a que el príncipe viniera en su rescate, ella enfrentaba el problema por su cuenta, sin ayuda de nadie. Salió de la tina, no se había sentido tan decidida en mucho tiempo. Se cambió de inmediato, secó su cabello y al salir del baño sacó una maleta del clóset, llenó la misma con varios cambios de ropa, zapatos y una botella de bloqueador solar. Necesitaba volver a sentirse como ella misma, y quedarse en su departamento no era el mejor lugar. Peinó su cabello y lo recogió en una coleta alta, calzó sus viejos converse negros. Se puso unos vaqueros azul claro y una playera negra de su banda de rock favorita, deslizó una chaqueta de cuero por sus hombros y tomó la maleta. Caminó a la puerta de su departamento y dio una mirada al arreglo de rosas, que ahora estaba podrido y oscuro. El amarillo que tanto adoraba ahora le provocaba náuseas. Salió de ahí y entró al ascensor, su rostro no sonreía, tampoco denotaba expresión alguna. Un solo pensamiento rondaba su cabeza, y era que tenía que salir del país. El avión aterrizó a las nueve de la noche en la isla. Su villa la esperaba y ella quería llegar pronto. Se obligó a sonreír al chofer que la esperaba en la salida cuando tomó su maleta. Era el mismo hombre que la última vez. Subió al auto blanco mientras el chofer guardaba la maleta en el portaequipajes. —Me alegra verla de nuevo tan pronto —dijo el hombre al entrar al auto— Llegó a tiempo para el carnaval del solsticio. Emma asintió, se acomodó en el asiento y abrochó su cinturón de seguridad. El hombre encendió el auto y avanzó por las calles. — ¿Se quedará más días esta vez? —preguntó el hombre mientras sonreía. Emma lo miró por el retrovisor. —Solo un par de días —respondió en voz baja. El chofer asintió y no volvió a hablar. Emma se concentró en observar por la ventana. Estaba bien, lo estaría tarde o temprano. Necesitaba alejarse de todos, y la playa era la mejor opción.  Cerró los ojos al recordar a Allan, el pánico que la inundó ante la probabilidad de que él estuviera ahí la abandonó de inmediato. Ya que cuando llamó para anunciar su próxima llegada, le informaron que él no estaba en la isla. Cuando el coche dio vuelta en la glorieta. Emma estaba más tranquila, se merecía esas vacaciones, merecía ser feliz aunque sea un breve momento. Y con esa mentalidad salió el auto, directo a la recepción donde la morena recepcionista la miraba con la boca abierta. —Señorita Maldonado —dijo en un tono más agudo del que quería— Qué gusto verla de nuevo, y tan pronto. Emma sonrió. —Lo mismo digo —respondió— Buenas noches. —Adelante —hizo señas con sus manos al chofer— Lleva el equipaje a su villa por favor. —Quisiera registrarme —dijo ella— Estoy algo cansada, fue un vuelo largo. —Por supuesto —se puso nerviosa—Firme aquí. Extendió la lista con nombres membretados y ella firmó de inmediato. La miró una última vez antes de dar media vuelta. — ¿Señorita Maldonado? —la llamó. Emma la miró de reojo. —No tendrá que caminar hasta su villa —avisó— Podemos llevarla sin problemas. —Gracias —respondió sin mirarla. La mujer se movió con rapidez hasta llegar al lado de ella y señaló los carritos de golf. —Puede escoger el que guste, será suyo para que lo maneje por la playa —sonrió nerviosa, en espera de una respuesta. —Muchas gracias —dijo Emma, caminó hasta los autos y se subió a uno. Lo bueno era que sabía como manejarlos. Miró a la morena que sonreía a pesar de la obvia incomodidad que la abordaba, y encendió el auto. Condujo por el camino iluminado hasta dar con la villa. Sintió un ardor en su pecho cuando se detuvo, pues sabía que la villa de Allan estaba al lado de la suya, y el ver las luces apagadas le confirmó que él no estaba, y eso la lastimó. Bajó del auto y suspiró. Su ceño fruncido comenzó a provocarle una jaqueca, no supo cuánto tiempo llevaba con esa expresión, pero podía entender ahora el porqué del nerviosismo de la recepcionista. Subió los escalones que daban a la puerta de su villa. Ni siquiera pudo verla la última vez que estuvo ahí. Se fue tan rápido que todo parecía un mal sueño. Pero ahí estaba, abriendo la puerta de su propia villa en una hermosa isla tropical. La puerta no tenía seguro, así que entró. Su maleta esperaba sobre una silla frente a ella, al lado de esta, sobre una mesita de bambú, estaba una pequeña canasta de bienvenida. Sonrió, tenía frutas de la región, una pequeña caja con la llave de la villa, dulces de coco y chocolates, una botella de champaña, perfumes con aromas deliciosos, y un pequeño arreglo de flores silvestres. Apretó los labios y caminó hasta llegar al canasto, tomó las flores y dio media vuelta, sacó el arreglo por la puerta, arrojándolo lo más lejos que pudo y regresó a la sala. Al día siguiente, la despertaron unas genuinas ganas de comer. Sonrió ya que de verdad tenía hambre. Bajó de la cama y caminó al baño, se dio un baño rápido —sin lavar su cabello— y al salir envuelta en una toalla abrió la maleta. Suspiró al darse cuenta que no tenía ropa de verano, lo más cercano era un vestido blanco de tirantes a la rodilla y unas sandalias beige sin tacón. Se vistió prometiendose que se compraría ropa adecuada para esos días que estaría ahí. Maquilló su rostro y se puso bloqueador en los brazos y piernas. Tomó sus lentes de sol, su llave y salió de la villa hacia su carrito de golf. Se detuvo cuando su nariz percibió un delicioso aroma, detuvo el auto y se estacionó. Bajó de ahí y caminó por el pequeño mercado. Todo estaba tan limpio, brillante, como si nada estuviera mal en ese pedazo de paraíso. Volvió a suspirar, pero esta vez se sintió mejor. Se detuvo al localizar el origen de ese aroma que hizo estremecer su estómago y se sentó en una de las mesas. Al terminar de comer, pasó el resto del día de compras, varios vestidos, faldas, calzado playero y un par de trajes de baño. Compró también helado de diferentes sabores, chocolates, un par de botellas de vino tinto y una de amaretto. De regreso en su villa, se dijo que debía seguir conociendo el lugar, estrenó uno de sus nuevos vestidos —uno verde oliva con flores doradas en el pecho, sin tirantes, y unas sandalias doradas— y salir a turistear. Terminó en un salón de belleza. Quería superar su trauma, ser ella misma de nuevo, y recordando lo que Silvia decía, hacer un corte de cabello era la mejor opción. Le pidió a la encargada que decidiera a su criterio, le explicó que quería un cambio de look. La mujer sonrió comprendiendo y rodeó su cuello con la cobertura negra. Salió del salón sintiendo que su fortaleza volvía. Su cabello estaba unos dedos cortos, y su fleco había sido eliminado. Sonrió satisfecha por el resultado y caminó por las tiendas conociendo y probando los diferentes platillos. El carnaval estaba comenzando, y había mucho que ver. Esa noche, al llegar de su recorrido. Se dio una ducha, al terminar salió cubierta en una bata y se sirvió una copa de vino tinto. Tomó una caja de chocolates y regresó a su habitación. Se sentó en la cama y después miró al teléfono fijo. Llamó el número de atención y programó una excursión de buceo para la mañana siguiente, y para la tarde tomaría clases de surfeo. Y como un extra, sacó cita en el spa para el día después a ese. Cuando la cuarta semana comenzó, Emma salía de la villa, sus vacaciones habían terminado y se sentía como ella misma de nuevo. Ese lunes subió a su carrito de golf con la maleta en la mano. Condujo directo a la recepción y se despidió de la morena que ya no la veía con nerviosismo e incomodidad.  —Que tenga un viaje placentero —dijo la mujer. Emma sonrió extendiendo su mano. —Gracias por el maravilloso momento —respondió contenta— Le aseguro que volveré pronto. La mujer se sorprendió pero estrechó la mano de Emma. Ella se subió al auto blanco y sonrió al chofer. Dio una mirada a la villa antes de que el auto avanzara y suspiró. — ¿Disfrutó su estadía? —la voz amable del chofer la hizo asentir. —Tanto que no deseo irme —confesó. — ¿Y por qué lo hace? —El deber me llama —dijo apretando los labios— No puedo seguir dándole la espalda. —Es usted una mujer muy responsable —dijo el hombre contento— No se sienta mal por eso, este lugar la esperará el tiempo que tarde en regresar, eso se lo aseguro. Emma asintió agradecida y no dijo nada. El auto llegó al aeropuerto a las ocho de la mañana de ese lunes y se despidió del chofer. El hombre besó su mano con caballerosidad y esperó a que entrara a la sala de abordaje. Al haber documentado su maleta, se sentó en la sala de espera. Había pensado seriamente en algo importante, pero no estaba segura de poder conseguirlo. Aún así sacó su celular —que había sido abandonado muchos días en su maleta— y buscó el número de alguien. Le sorprendió que respondiera, después de su súbita despedida no creyó que quisiera hablarle. Agarró aire y comenzó a hablar. Cuando el avión llegó a su ciudad. El frío la recibió sin clemencia, cerró su chaqueta y enrolló la bufanda antes de tomar el taxi. Temblaba por la baja temperatura pero estaba contenta de volver. Amaba su ciudad y el frío. — ¿A dónde la llevo, señorita?  —A la corporación Des&Tes por favor —dijo ella sonriente. El taxista asintió y avanzó con rapidez al edificio. Suspiró cuando logró ver la edificación, miró la hora en su reloj y se alivió de llegar a tiempo. Eran las dos de la tarde, y el jefe de RH la estaba esperando. Bajó del taxi con su maleta en la mano, caminó hacia la entrada y sonrió al guardia que le abría la puerta. Rogelio estaba de pie en la recepción, esperándola. —No tienes idea del trato tan especial que te estoy dando —dijo sonriente— Pero sin duda te lo mereces, Emma. Ella sonrió y estrechó su mano con la del pelirrojo. —Gracias por responder mi llamada —dijo contenta. — ¿Acabas de bajar del avión? —preguntó señalando la maleta. Emma asintió. —Pudiste haberme citado mañana —talló su frente. —Esto era algo que no podía esperar a mañana —aclaró ella— Espero que aún quieras hablar conmigo. —Claro, claro —aseguró— Vayamos a mi oficina. Emma siguió a Rogelio, él tomó la maleta y la cargó por ella, subieron al ascensor en silencio. Emma se sentía como nueva, preparada, decidida y llena de ganas por trabajar de nuevo. Cuando las puertas se abrieron Emma salió primero, Rogelio señaló su oficina y ambos entraron. —Bien, cuéntame lo que pasó —pidió Rogelio. Emma se sentó frente a su escritorio y agarró aire. —Renuncié —confesó— Más o menos hace un mes. — ¿Pero por qué? —preguntó confundido— ¿Acaso la empresa por fin sucumbió a la bancarrota? —No… —apretó los labios— De hecho es todo lo contrario, se podría decir que la salvé. — ¿Qué? —la miró sorprendido— ¿Y por eso renunciaste? —No exactamente —sonrió— Solo tenía un contrato temporal, por el plazo de un mes, ese mes acabó y por eso me fui. Rogelio la miró fijamente unos segundos antes de responder. —No entiendo —dijo apoyándose en sus codos— ¿No te quisieron ahí como permanente? —No —mintió— Y aunque lo hubieran querido aún así me hubiera ido, era parte del contrato. —Sin duda eres diferente —Rogelio suspiró— Pero así es esto, su pérdida es mi ganancia. Emma asintió. —Si Allan fue tan tonto como para dejarte ir, yo no cometeré ese mismo error —aseguró. Emma se tensó al escuchar el nombre. Aclaró su garganta. — ¿Podemos comenzar con la entrevista? — ¿Cuál entrevista? —la miró frunciendo el ceño— Sé muy bien lo excelente que eres, jamás te ofendería con algo tan inútil como una entrevista. Emma sonrió. Rogelio se puso de pie. —Iré por tu contrato —dijo saliendo de la oficina. Ella lo miró irse y al quedar sola suspiró. No podía creerlo, su plan había funcionado. El trabajo solo era el paso número uno. Se dijo a sí misma que todo saldría bien y sonrió a Rogelio cuando volvió con el contrato. —Solo falta tu firma aquí —señaló la parte marcada— Fue lo único que te faltó hacer cuando viniste dos meses atrás. Emma parpadeó impresionada, ¿por qué había guardado esos papeles? — ¿Tan seguro estabas de que volvería? —preguntó divertida. Rogelio se encogió de hombros. —Puedo mentir y decirte que estaba cien por ciento seguro, pero no fue así —confesó— Supongo que tenía la esperanza. Emma tomó la pluma que el chico le daba y firmó el papel sin parpadear. —Me alegra poder decirte al fin —dijo él— Bienvenida a bordo. Emma estrechó su mano. Rogelio la miraba fijamente, contento. —Ahora, por favor, ve a tu casa y descansa muy bien, tu trabajo comienza mañana a primera hora —volvió a tomar la maleta— Los detalles de tu contrato serán leídos cuando llegues, no te preocupes por nada. —Muchas gracias por esta oportunidad, Rogelio —sonrió al pelirrojo— De verdad necesitaba esto. —Como dije, eres mi ganancia, no pienso desaprovechar tu talento en un tonto contrato temporal. —Eres muy amable —dijo ella cuando entró al ascensor— Te veo mañana. —Descansa —ordenó— Y bienvenida de nuevo. Emma se despidió con su mano antes de que las puertas se cerraran, sujetó su maleta con fuerza y reprimió las ganas de llorar. La cuarta semana había pasado, un mes entero sin saber de su familia. Esa mañana, mientras subía al taxi que la llevaría a su nuevo trabajo, Emma se planteó en llamar a su padre. Su celular permanecía apagado todo el tiempo, y por su trabajo tuvo que comprar uno nuevo que solo usaba para llamadas laborales. ¿Su padre respondería? Esa pregunta la acompañaba todos los días, un mes era mucho tiempo, y aunque sabía que su padre la amaba, no estaba segura de si podría perdonarle haber desaparecido. Bajó del taxi y entró al edificio. Dio los buenos días a la recepcionista y subió al ascensor. Sujetaba su celular y miraba fijamente la pantalla, ¿si lo encendía, qué pasaría? ¿Sonaría al instante? ¿Habría mesajes en su buzón de voz? Suspiró al salir del ascensor y caminó hasta dar con su oficina. Dejó su bolso y los celulares sobre su escritorio, y se sentó. No estaba segura tampoco si su padre estaría trabajando, y no quería saber sobre Allan. Guardó ambos en el cajón de su escritorio y comenzó a trabajar. Tenía que hacer llamadas a los inversionistas y confirmar unos pagos. Había hecho su reporte general en su primer día y ahora se encargaba de las finanzas de toda la corporación. Y el ser una empresa constructora, Emma se encargó de abrirle el camino al director, hacia las cadenas hoteleras, como la villa que tanto extrañaba. Llamó a los inversionistas y les envió el plan de acción por fax. Y unos minutos después, cuando respondieron, salió de la oficina hacia la de su jefe. — ¿Puedo entrar? —dijo al hombre. El dueño de Des&Tes era un hombre mayor, de unos cincuenta y tantos, de cabello canoso y mirada amable, en cierta forma le recordaba a su padre. —Claro querida —la voz grave la recibió contenta— Sabes que no necesitas pedir permiso. —Es un viejo hábito —dijo ella— Tengo buenas noticias. — ¿De nuevo? —se le iluminó la cara— Eres un ángel caído del cielo. —Exagera —sonrió halagada— Los inversionistas aceptaron el trato, aquí traigo los papeles autorizados, la obra puede comenzar en cuanto usted diga que sí, ¿qué le parece? El hombre se puso de pie. —Primero que nada, deja de llamarme de usted —pidió— Y segundo, por supuesto que acepto, llámalos en este momento y diles que la obra comenzara mañana mismo. Emma se puso de pie al instante. El director la miró irse y suspiró. Llegó a su oficina y llamó de su celular, el departamento de obreros se movilizó al instante y aseguraron que se comenzaría a construir a primera hora de la mañana. Al colgar, se dijo que ese era el trabajo de su vida, hacía lo que quería, estaba triunfando por su cuenta, sin ayuda de nadie. ¿Entonces por qué no se sentía feliz? Bien, lo estaba, pero sabía que algo le faltaba. Su familia, por ejemplo. Se dejó caer en la silla y abrió el cajón para sacar su celular. Lo miró por unos minutos no atreviéndose a encenderlo. —Buen día —la voz de Rogelio la hizo salir de su dilema. —Hola, buen día —saludó sonriente. —Acabo de enterarme —dijo emocionado— Sin duda eres sorprendente, te felicito. Emma se puso de pie. —Gracias, pero solo hago mi trabajo —aclaró. —Cariño, tienes que aprender a tomar un cumplido —dijo cruzándose de brazos— ¿Siempre has sido así? Emma asintió muy a su pesar. —No digo que esté mal, de hecho a veces eres como una brisa de aire fresco —sonrió— Pero otras te siento tan fría que no puedo evitar preguntarme si alguien es el causante de esa frialdad. Emma frunció el ceño, ¿cómo podía ver a través de ella? ¿Acaso era muy obvia? —Me alejé de mi familia, si a eso te refieres —dijo sin perder su porte. — ¿Y no has hablado con ellos? —No. — ¿Eso tiene que ver con tu renuncia anterior? —Sí. —Ya veo —la miró no muy convencido.— Bien, no molesto más, solo quería felicitarte. —No eres una molestia, Rogelio —sonrió para calmarlo. —Gracias, pero sé que te incomoda cuando hago tantas preguntas personales —se dirigió a la puerta.— Pero no te preocupes, entiendo. — ¿Te veo a la hora de la comida? —Por supuesto —aseguró— Esta vez te llevaré a un restaurante que acabo de descubrir. —Oh, suena muy bien —asintió convencida.— ¿Cómo se llama? —Italianos —respondió— Como me dijiste que te gusta la comida italiana creí que te gustaría ir ahí, ¿conoces el lugar? Emma no pudo decir nada, el flashback de todo la atacó de repente y sintió ganas de llorar. —No… —se obligó a mentir. —Entonces te aseguro que te gustará —dijo el pelirrojo sin notar lo mal que Emma estaba.— Te veo a la hora de la comida. Y se fue. Ella cerró los ojos y respiró varias veces. No iba a llorar, pero demonios como lo deseaba. Se sentó de nuevo en su silla y sintió los escalofríos previos al llanto. Estaba sola, porque así lo había querido desde el principio. Pero ahora, se sentía acorralada contra un dolor que se negaba a abandonarla, y que le impedía ser feliz. Sacó su celular del cajón una vez más y lo encendió. Marcó el número de su padre sin esperarse a que otra cosa más pasara y esperó. Del otro lado escuchó la voz de un sorprendido Antonio y sintió la primer lágrima deslizar por su mejilla. — ¿Papá? —llamó con la garganta seca— Lo siento mucho.

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