El lunes llegó caído del cielo. Emma estaba contenta de —al fin— tener algo con qué distraerse. Ese fin de semana fue eterno y lleno de dolor, y se moría por llegar a su oficina. Estando establecida en su escritorio, trabajó como siempre, procurando tener algo por hacer aun después de terminar las diligencias del día; acomodó los archivos cronológicamente, leyó las noticias en el periódico, incluso buscó en los clasificados por un nuevo departamento. Una mirada a su bolso la hizo arrojar el papel al suelo, ya que dentro de este estaba la carta, la llevaba consigo a todas partes, no se había atrevido a dejarla en su hogar, y no tuvo el corazón para tirarla. Y aunque seguía sin responder, y no tenía idea de qué decirle, conservarla como el tesoro más preciado la hacía feliz. Suspiró, ya

