Capítulo 1
Naira
Miro el lienzo frente a mí. Es mi rostro, pero distorsionado, fracturado de una forma en que mis pinturas rara vez lo están. El pincel se desliza sobre la superficie, y ladeo la cabeza, preguntándome de dónde salió esta versión de mí. Está atormentada. Rota. Una completa desconocida. ¿De verdad así me veo a mí misma? Se escucha un estruendo desde abajo, un largo golpe metálico que hace que mi corazón aletee con violencia. Agarrando la pintura, la escondo en el hueco de mi clóset. Probablemente esté manchada para cuando la vuelva a sacar, pero eso es preferible a que mi papá la encuentre. Corriendo por el pasillo corto del segundo piso de nuestra casa, bajo las escaleras a toda prisa, esperando ver el cuerpo de mi hermana tirado en el suelo. En cambio, está cerca de la diminuta cocina en la esquina de nuestra sala, tratando de bajarse de rodillas. Hay pastillas esparcidas alrededor de sus pies en un halo de motas blancas. Ella levanta la vista, con una mirada genuina de miedo destellando en sus ojos hasta que ve que soy yo.
—Perdón —murmura, sus dedos delicados apresurándose a recoger las pastillas—. Me resbalé, y la tapa estaba abierta. Perdón.
Aminoro el paso, dejando que mi corazón desbocado vuelva a la normalidad, y cruzo la habitación, arrodillándome a su lado. Pongo mi mano sobre la suya para detener sus movimientos frenéticos y torpes, recogiendo las pastillas. Me encantaría botarlas ahora que tocaron el suelo mugroso, pero sé que tendremos que volver a meterlas en el frasco. No quiero que se enferme más de lo que ya está, pero no podemos permitirnos comprar más. Recojo las tabletas restantes lo más rápido que puedo antes de ayudar a mi hermana a ponerse de pie. Sus ojos verde pálido están bien abiertos y preocupados mientras me mira. Daría cualquier cosa por borrar esa mirada. Años de vivir con miedo en esta maldita casa la han vuelto mansa como un ratón, y sus ojos se disparan hacia el pasillo detrás de mí mientras agarro el frasco volcado y empiezo a poner las pastillas de vuelta adentro. La mano de mi hermana flota hacia un lado, buscando su bastón. Lo agarra con un movimiento brusco y desesperado que me rompe el corazón mientras apoya todo su peso contra él. Después de una breve pausa, se arrastra hacia atrás y logra ponerse de pie por completo. Luna tiene diecinueve años, pero se ve mucho más joven; su cabello largo y rojo, alguna vez exuberante y cayendo en cascadas de ondas por su espalda, ahora está delgado, desaliñado y sin vida.
—Perdón —vuelve a decir, mordiéndose el labio y subiéndose al banco de bar de mala calidad que mi papá se robó del trabajo—. No estaba concentrada.
—En serio, Lunita, esta vez sí que la regaste —digo con ligereza—. Eso debe ser, ¿qué, diez pastillas las que cayeron al suelo? Te las voy a descontar del sueldo.
Luna pone los ojos en blanco, dándome una sonrisa torcida.
—Lo digo en serio. Pan y agua por el resto del día —digo con furia fingida.
Poco a poco, la chispa vuelve a sus ojos, y apoya su bastón contra la silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Si no me haces el desayuno, entonces tú tampoco recibes desayuno. Y no puedes sobrevivir sin comida toda la mañana. Te conozco muy bien.
Como si fuera una señal, mi estómago ruge, y ella se ríe. Me muevo para poner el frasco de vuelta en la barra, tratando de encontrar un lugar que no esté cubierto de migajas o charcos de licor. Al final, me conformo con la superficie de una revista. Por Dios, este lugar es un basurero. Le oculto mi desagrado a Luna, como siempre hago. El desorden y la miseria en la que nuestros padres nos han forzado a vivir toda nuestra vida no la molesta tanto a ella como a mí. La sala está regada de botellas de cerveza de cuando mi mamá llega tarde. Hay bolsas de papitas en la mesita lateral, y colillas de cigarro tiradas por el piso. Me da un vuelco el estómago al preguntarme si todas estaban completamente apagadas antes de caer sobre la alfombra. Con la forma en que mi papá ha estado actuando últimamente, el piso probablemente sea noventa por ciento alcohol a estas alturas. Una chispa, y Luna y yo terminaríamos quemadas hasta la muerte mientras dormimos.
—Te ayudo a limpiar —dice Luna, a punto de bajarse de la silla. Le agarro el brazo rápidamente.
—Ni lo pienses. Necesitas comer, hidratarte, y luego tomarte tus pastillas. Te ves agotada. Yo me encargo.
—Siempre te encargas de todo, Nai. No puedo quedarme sentada sobre mi trasero todo el día. Seguro puedo hacer algo de limpieza ligera.
Pero puedo ver lo pálida que está su piel a la luz de la mañana. Sus labios están secos y agrietados, las ojeras bajo sus ojos profundas y oscuras últimamente.
—¿A qué hora es tu cita con el doctor? —pregunto, aunque ya lo sé.
—A las tres. Pero no deberías llevarme hoy, ¿no tienes que irte antes de eso?
Tomo los huevos del refrigerador con un pequeño movimiento de cabeza. —Hope sabe que voy a llegar tarde hoy, y voy a pasar todo el fin de semana con ella. Te llevo a la cita, no es ninguna molestia.