El canto de los pájaros era la música que acompañaba mis mañanas en la mansión. Aquella terraza, con sus columnas de mármol y las bugambilias trepando por los arcos, parecía sacada de un sueño. Marian estaba feliz, más que el día anterior, y eso me bastaba para sonreír. Después del desayuno, tal como le prometí, fuimos al jardín. La niña corrió hacia el columpio que colgaba de un viejo roble. Me pidió que la empujara y lo hice con suavidad, viendo cómo sus trenzas se mecían en el aire. —Más alto, Kendra, más alto —gritaba entre risas, con esa voz que parecía limpiar toda la tristeza acumulada. —Si vas más alto vas a tocar el cielo —le respondí, empujándola un poco más fuerte. Ella giró el rostro y me miró con una seriedad que no esperaba en una niña de cinco años. —¿Sabes una cosa? Aq

