La noche olía a humo y whisky rancio cuando crucé las puertas del Éxtasis Nocturno. Ese lugar, que en otro tiempo había sido mi refugio de placeres y secretos, ahora era solo un escenario donde esperaba arrancarle respuestas a un hombre que creía jugar con mi paciencia. El neón púrpura bañaba las paredes, las bailarinas se movían al ritmo de una música grave que hacía temblar el piso. Pero yo no estaba ahí por ellas. Mis ojos estaban fijos en Ismael, el dueño del club. Su figura robusta y ese traje barato que intentaba darle autoridad eran un mal chiste frente a mi presencia. —Ismael… —pronuncié su nombre como una sentencia. Él levantó la vista desde la barra, tragó saliva y se acercó con una sonrisa que se desmoronaba a cada paso. —Señor Lombardi… qué sorpresa tenerlo por aquí. ¿Le pr

