La noche del viernes llegó cargada de expectativas, con una ansiedad que me quemaba por dentro, llamé a mis amigos. No les conté mis verdaderos planes; para ellos solo sería una noche cualquiera, risas, música y alcohol. Jhons, Soe y Walker se lanzaran a la pista apenas llegáramos, yo sonreí: todo iba exactamente como lo había planeado.
Me preparé como una diva consciente de su poder elegí una camisa abierta que dejaba al descubierto mis brazos y apenas insinuaba mi pecho, lo justo para provocar miradas. Unos jeans negros, demasiado ajustados para ser inocentes; los compré solo para esa noche, sabiendo que quizá nunca volvería a ponérmelos, maquillé mis ojos con un rosado suave, delineé mis pestañas con cuidado y dejé mis labios rojos, brillantes, con ese sabor a fresa que tanto me gusta. Me miré al espejo y supe que no iba solo a divertirme… iba a tentar al destino.
—Adiós, mamá, nos vemos —me despedí con prisa, lleno de expectativas.
—¿A qué hora vuelves? —preguntó sin levantar la vista.
—No lo sé, mamá —respondí.
—¿Vas con tu novio?—pregunta algo incómodo respondí
—Sí, mamá. Nos vemos... adiós —mentí, bien, últimamente es pan del día
—Bueno, no llegues tarde —dijo, y salí de ahí sin mirar atrás
Al llegar al ascensor solté el aire que había estado reteniendo por demasiado tiempo. La curiosidad por lo que traería esa noche me carcomía por dentro, estaba loco acaso, tal vez, pero queria probar del vaso del pecado, no sabía nada de él pero me atraía
—¡Lian! —gritaron todos al unísono.
Me asustaron de verdad, pero reímos enseguida y nos dirigimos a la pista, como si algo invisible nos empujara. No sabía qué iba a pasar, solo tenía la certeza de que nada terminaría bien para nadie, tomamos un taxi y fuimos directo a la discoteca. Pero al llegar, una larga fila nos recibió
—¡Miren eso! Yo no pienso hacer fila —protestó Soe, y de inmediato me puse en alerta.
—No lo sé, chicos… ¿valdrá la pena esperar tanto? —dijo Walker, mientras mis nervios iban en aumento.
—Esperemos un poco, tal vez lo que hay dentro lo vale —opinó Jhons, y eso logró calmarme, apenas —No me engañas —añadió, mirándome de reojo—. ¡Lian!, sé que estás aquí por él, ¿verdad, dios celestial?— no pude negarlo. Jhons ya me había descubierto, pero, por suerte, no dijo nada más
Pero uno de los guardias me vio. Era uno de sus guardias personales, me hizo una seña discreta y, sin decir nada, nos dejó pasar. Todos notaron el gesto y entramos sin problemas, aunque las miradas de curiosidad no tardaron en clavarse en mí
—¿Y esto qué? —preguntó Soe
—Aquí hay gato encerrado —añadió Walker
Jhons me salvó diciendo que la otra vez lo habíamos conocido y que nos hicimos amigos. Ellos aceptaron la explicación sin más; al fin y al cabo, ¿quién dudaría del niño bueno del mundo, sin nada que reprocharle? Yo jamás sería capaz de algo malo… según ellos. Si tan solo supieran hasta dónde puedo llegar.
—Tres margaritas y un whisky en las rocas, por favor —pidió Jhons
Las copas empezaron a circular y el ambiente a soltarse, todos parecían ir tomando su propio rumbo.Yo, en cambio, buscaba a alguien con la mirada, debe ser muy bueno escondiéndose entre la gente… quizá incluso mejor que yo
La noche avanzaba y él no aparecía. Así que decidí dejar de buscarlo y entregarme a la diversión, me fui con los chicos a la pista de baile y me dejé llevar, sin reservas, moviéndome con una audacia que incluso a mí me sorprendía, Walker bailaba conmigo de una forma peligrosamente sensual; no sabía si eran las copas o el ambiente, pero algo estaba a punto de pasar
La música cambió. Una canción lenta, provocadora, cargada de tensión, empezamos a movernos juntos, y sus manos recorrieron mi cuerpo con una familiaridad que me erizó la piel, siguiendo las líneas de mi cintura con descaro. Yo no lo detuve. Al contrario, me dejé llevar por el ritmo y por esa cercanía que quemaba
Cuando me giré para mirarlo, quedamos frente a frente, demasiado cerca. Nuestros alientos chocaron y sus manos descansaron en mi cintura, firmes, como si esperaran una señal. Por un instante, el ruido de la discoteca desapareció… y solo quedó esa tensión suspendida entre los dos
—¡Dios!… algo tiene este trago esta noche —murmuró él, dando un paso atrás.
Se alejó sin darme tiempo a responder, dejándome ahí, inmóvil, con el pecho apretado y la mente en blanco, sin entender nada, perplejo y con demasiadas preguntas ardiéndome por dentro
En ese instante sentí un cuerpo pegándose al mío, unas manos rodeándome desde atrás con una seguridad que reconocí al segundo. Supe quién era sin necesidad de girarme. Mi corazón ya latía desbocado, pero con su cercanía terminó de perder el control, golpeándome el pecho con tanta fuerza que juré que iba a estallar… o a salirse de mi cuerpo
—¿Te divertías con ese tipo? —susurró cerca de mi oído, sentí su aliento antes que sus palabras. Me había estado observando, todo el tiempo, un escalofrío me recorrió la espalda cuando sus brazos se cerraron con más fuerza alrededor de mí —Eres mío —dijo despacio, como si saboreara cada sílaba— Solo mío— no supe en qué momento cruzó esa línea. No recuerdo haberle dado permiso, ni haberlo notado acercarse tanto a mi mente. Sus palabras siguieron cayendo, pesadas, venenosas —Voy a borrar a cualquiera que se te acerque — mi cuerpo se tensó, mi cabeza gritaba que eso no estaba bien, pero mi corazón no sabía cómo latir sin desbocarse.
—Escucha bien, Lian —continuó, con una voz baja que no admitía réplica—. Haré lo que sea para estar contigo toda la vida. Lo que sea
Ese “lo que sea” no fue una promesa, fue una advertencia, y por primera vez, no supe si lo que sentía era deseo… o miedo
—Solo yo voy a darte diversión… a solas —susurró, con una seguridad que me desarmó, ssentí cómo el pulso se me desordenaba. Su presencia me hacía perder el equilibrio incluso antes de tocarme
—¿Ah, sí? —respondí, provocándolo apenas, lo suficiente para encender la chispa, su mirada se endureció
—No juegues con fuego, Lian— Tenía razón. Yo ya estaba ardiendo
—¿Mm? —fue todo lo que logré decir
—Ven, vamos a mi oficina
No esperó respuesta, me tomó de la mano y me llevó con él. El trayecto fue breve, pero cada paso pesaba como una decisión peligrosa, al entrar, me dejó en la sala. El lugar me golpeó con recuerdos intensos, dulces y perturbadores a la vez.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó, como si nada estuviera a punto de romperse
—Vodka —respondí— Por favor— y supe que, a partir de ese momento, ya no habría marcha atrás
Se dirigió a su bar personal y sirvió dos vasos de licor transparente, pesado, como si pudiera arrastrar consigo todo lo que no me atrevía a decir. El aroma fuerte me quemó la nariz antes siquiera de probarlo. Él se acomodó en su gran silla de cuero, dueño del espacio, de la noche… de mí, si bajaba la guardia. Me observaba fijo, con una ceja levemente marcada, ese gesto peligroso entre el enojo y el cálculo. No sabía en qué estaba pensando, pero sabía que no era nada bueno. Y aun así… se veía malditamente bien
Yo, en cambio, me bebí el vaso de un solo trago, dejando que el fuego bajara por mi garganta para apagar los nervios que me temblaban en las manos
—¿Así de desesperado estás? —dijo al fin, con voz baja, oscura—. ¿O es que conmigo siempre pierdes el control?— el silencio cayó pesado. Caminó despacio hacia mí, tomó el vaso vacío de mis dedos y lo dejó a un lado, demasiado cerca, invadiendo mi espacio sin tocarme
—No necesitas alcohol para arder, Lian —murmuró—. Eso ya lo haces solo— y en ese instante entendí que no estaba allí por accidente. Estaba allí porque, de alguna forma retorcida, ambos queríamos ver hasta dónde podíamos caer