Y en ese instante entendí que no estaba allí por accidente. Estaba allí porque, de alguna forma retorcida, ambos queríamos ver hasta dónde podíamos caer
—¿Ven?… —repitió, esta vez más despacio, como si disfrutara mi confusión
—¿En dónde? ¿En la mesa? —pregunté, incrédulo, intentando leer sus intenciones en esa mirada peligrosa
No esperó respuesta, su silencio pesaba más que una orden gritada. Así que, no del todo convencido, me senté sobre la mesa frente a él, cruzando las piernas con un gesto que intentaba parecer seguro, aunque por dentro todo me temblaba. Él no se movió de la silla. Solo me observó, de arriba abajo, con esa calma inquietante que anuncia tormenta
—Ahí —dijo al fin—. Justo donde puedo verte bien— se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en los descansabrazos, sin tocarme todavía. Eso era lo peor: la espera —¿Sabes lo peligroso que es mirarme así? —murmuró—. Juegas a provocar… y luego finges sorpresa, su mirada se clavó en la mía, oscura, posesiva —No te sientes ahí por casualidad, Lian —añadió—. Lo haces porque quieres que te vea. Porque quieres saber hasta dónde estoy dispuesto a llegar
Y yo, atrapado entre el borde de la mesa y su voz, supe que ya no había marcha atrás
—¡Relájate, estás muy tenso!… —murmuró, retirando mi pierna cruzada con una lentitud calculada y colocándola sobre la suya, como si el gesto fuera lo más natural del mundo
Sus dedos comenzaron a recorrerme con descaro, no con prisa, sino con una seguridad peligrosa, como alguien que sabe exactamente qué provoca y cuánto puede apretar sin romper nada… todavía. Sentí cómo el aire se me atoraba en el pecho, no era solo deseo. Era algo más profundo, más sucio. Una mezcla de nervios, necesidad y miedo
—¿Sabes? —dijo inclinado hacia mí, con esa sonrisa torcida que ya conocía demasiado bien—. Actúas como si no me conocieras.
Le sostuve la mirada. Error
—¿Necesitas que te lo recuerde, Lian? —su voz bajó, se volvió grave, dominante, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me odié por eso. Me odié por no poder fingir indiferencia, por traicionarme solo con su cercanía. ¿Él lo notó?. ¡Claro que lo notó!, su sonrisa se ensanchó, satisfecha, casi cruel —Mírate… —susurró—. Siempre dices que quieres escapar, pero tu cuerpo nunca miente.
Se levantó de la silla al fin, cerrando la distancia entre nosotros hasta que su presencia me envolvió por completo. No me tocó, no hacía falta, su sombra bastaba
—Esto —añadió cerca de mi oído— Es lo que me vuelve loco de ti. Luchas… pero siempre terminas aquí
Y en ese momento entendí algo aterrador: no sabía si quería huir…o quedarme
—Ven… siéntate aquí —ordenó con voz baja, firme, no pensé, no razoné. Simplemente obedecí
Al hacerlo, supe de inmediato que había cruzado un límite. Su cuerpo reaccionó contra el mío y un suspiro traicionero escapó de mis labios antes de poder detenerlo
—¿Ves lo que me provocas? —susurró cerca de mi oído, con una mezcla peligrosa de satisfacción y hambre—. Siempre dices que no… pero siempre terminas aquí— sus manos me sujetaron con decisión, acercándome más, marcando el ritmo sin tocar demasiado, como si disfrutara torturarme con la espera —Muévete —ordenó otra vez, así lo hice, como pidió
Lo hice. Lento. Consciente. Cada roce encendía algo dentro de mí que ya no sabía apagar. Nuestros cuerpos estaban demasiado cerca, el aire demasiado denso, el silencio demasiado cargado de promesas rotas
—Así… —murmuró—. Exactamente así es como te quiero, y en ese instante entendí que no se trataba solo de deseo. Era poder.
Y él sabía que lo tenía sobre mí
—Vamos a nuestra casa —dijo, como si no existiera otra opción, negué de inmediato. No porque no quisiera… sino porque sabía que, si iba, no habría regreso. Su mirada se endureció al instante. El ceño fruncido, la mandíbula tensa. No estaba acostumbrado a que le dijeran que no —¿No puedes… o no quieres? —preguntó en voz baja, peligrosa
El silencio pesó más que cualquier grito. Se acercó un paso, invadiendo mi espacio, obligándome a mirarlo
—No me gusta que me contradigan, Lian —añadió—. Menos tú— sentí ese escalofrío conocido, ese que no era miedo del todo, pero tampoco deseo puro. Era algo más oscuro… algo que me atrapaba
—No hoy —murmuré al fin, sonrió. No de alegría. De advertencia
—Está bien —dijo—. Pero no olvides esto: siempre terminas volviendo— y supe, con un nudo en el pecho, que tenía razón
—¿Entonces será aquí? —escupió las palabras como un desafío
No me dio tiempo a responder. Sus manos me sujetaron con fuerza, su boca cayó sobre la mía con un hambre brutal, como si me reclamara, el golpe seco de objetos cayendo al suelo marcó el ritmo de lo que estaba a punto de suceder: su mundo despejado, su atención fija solo en mí
Me sentó sobre la mesa, el frío de la superficie contrastando con el incendio que provocaba su cercanía, su respiración chocaba con la mía, densa, peligrosa. Sentí cómo me despojaba de cualquier defensa, no solo de la ropa, sino de la voluntad
—Mírame —ordenó, lo hice y fue un error
Porque en sus ojos no había solo deseo: había posesión. Algo que no pedía permiso. Algo que no iba a soltarse fácilmente.
El mundo se redujo a ese espacio cerrado, a los sonidos apagados, a la certeza de que cruzar esa línea significaba perder el control… y aun así, no quise detenerlo
Y mientras la puerta quedaba cerrada, supe que esa noche no era solo un encuentro: era una caída
Nos perdimos el uno en el otro, sus besos descendieron lentamente hasta llegar por la línea de donde no hay sol, marcándome la piel como si quisiera dejar constancia de que estuvo ahí, de que fui suyo por un instante que parecía eterno. Cada caricia era un incendio contenido, cada roce me arrancaba el aliento, cada toque con su lengua era la gloria y el infierno. No habia sentido nada de esto, jamás, menos con Willians
Yo ya no pensaba, solo sentía, el placer que me tensaba el cuerpo entero, me volvía vulnerable. Cuando finalmente lo sentí unirse a mí, tan adentro, tan profundo, tan mío, el impacto fue tan profundo que un gemido desgarrador se me escapó sin permiso alguno, ahogado apenas por su boca reclamándome otra vez. El mundo desapareció. Solo quedamos nosotros, atrapados en ese instante peligroso del que ya no había vuelta atrás
—Perdona amor, pero estoy loco, no aguantaba más. Te necesitaba solo para mi— dice, pero no pienso en nada más que sentirlo, solo eso
Me quedé inmóvil entre sus brazos, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escapar. Sus palabras no fueron caricias: fueron una confesión pesada, densa, que se me incrustó en la mente. Loco, había dicho. Amor. Y eso ya no era un juego
El beso que siguió no lo sentí igual que antes. Ya no era solo deseo; había algo urgente, casi desesperado, en la forma en que me sujetó, como si temiera que en cualquier segundo pudiera desaparecer. Yo no respondí de inmediato. Necesitaba aire. Necesitaba entender
Porque hasta ese momento todo había sido impulso, fuego, huidas y regresos. Pero escuchar mi nombre envuelto en promesas y obsesión me hizo abrir los ojos. Él me miró como si yo fuera su centro, su punto de quiebre, y por primera vez sentí miedo… y una extraña ternura al mismo tiempo
No dije nada
Solo apoyé la frente en su hombro, guardando cada palabra para después, sabiendo que más tarde, cuando estuviera solo, las repetiría una y otra vez hasta desarmarlas. Porque había cosas que se dicen en el calor del momento… y otras que, una vez dichas, ya no se pueden borrar
Una y otra embestida me sacudía el cuerpo, cada arremetida me arrancaba espasmos que ya no podía controlar. Sentía el final demasiado cerca, el placer acumulándose hasta desbordarme. Entonces, salió de mi, me dio la vuelta con firmeza, apoyándome boca abajo sobre la mesa, y volvió a entrar en mí sin darme tiempo a pensar
El ritmo se volvió más intenso, más profundo, hasta que ya no pude contenerme y me corrí sobre la superficie fría, temblando por completo. Él me siguió de inmediato, aferrándose a mí, y sentí cómo su cuerpo se rendía contra el mío antes de caer sobre mi espalda, exhausto, nos quedamos así unos segundos, sin decir nada. Yo apenas podía respirar, pero sabía una cosa con claridad: esa locura, ese fuego entre los dos… podría repetirse una y otra vez
—No sé qué me hiciste, pero me encantas, Lian —sus palabras me atravesaron sin piedad; madre mía, eso terminó de matarme
Me ayudó a vestirme prenda por prenda, y en cada movimiento se relamía los labios, sus manos encontrando excusas para volver a tocarme. Si no lo detenía, estaba seguro de que terminaría otra vez sobre esa mesa
—¿Te llevo? —fue lo último que escuché con claridad, después, nada. El alcohol, el cansancio y el placer me arrastraron lejos de la realidad
Este hombre será mi perdición