El amanecer se filtraba apenas entre las cortinas, tiñendo la habitación de un resplandor tenue, casi tímido. Me moví apenas, consciente del calor de su cuerpo aún enredado con el mío. El aire estaba impregnado de algo que me hacía sentir vulnerable y eufórica al mismo tiempo: su olor, nuestro sudor, el recuerdo indeleble de lo que había ocurrido, aunque técnicamente no hubiéramos cruzado el límite. No era un sueño. No había sido otra pesadilla. Había sido real. Abrí los ojos y lo vi. Alaric seguía allí, su pecho subía y bajaba en un ritmo tranquilo, casi inocente, como si no fuese el mismo hombre que me había arrastrado a ese vértigo la noche anterior. Una parte de mí quería quedarme inmóvil, aferrarme a esa calma imposible, a la mentira dulce de que nada más existía fuera de ese cuarto

