El silencio seguía tensando el aire como una cuerda a punto de romperse, los ojos de Alaric clavados en mí como si pudiera desarmarme con solo mirar. El pulso me martillaba en las sienes, mis manos sudaban ocultas tras mi espalda. Y entonces, como un rayo inesperado en mitad de la tormenta, escuché: —¡Ivy! Antes de que pudiera reaccionar, un torbellino de brazos me rodeó la cintura. Leo, con el cabello revuelto y esa sonrisa que siempre iluminaba hasta los rincones más oscuros, se aferró a mí como si hubieran pasado años desde la última vez que me vio. —¡Te extrañé! —exclamó, enterrando la cara en mi estómago—. Alaric es un aburrido. Reí, a pesar del nudo que me apretaba la garganta. Apreté al niño contra mí y acaricié su cabeza, ese gesto que ya me resultaba tan natural como respirar

