Mi “venganza” ahora solo se reducía a esperar, a soportar, a contener. Porque lo que más importaba ya no era vengarme de Alaric, sino recuperar a Leo… Aunque Alaric se había transformado en un obstáculo y no de la forma en que me lo había imaginado. Al principio me repetía que no era más que un hombre arrogante, un noble que creía que el mundo giraba a su alrededor. Eso era lo que me convenía pensar. Pero cada vez que entraba en una habitación, el aire parecía cambiar. Había algo en él, en su presencia, en la manera en que su voz grave dominaba el silencio, que me obligaba a mirarlo aunque quisiera evitarlo. Y yo lo odiaba por eso. Odiaba que, a pesar de representarlo todo, mi desgracia, mi impotencia, mi pérdida, una parte de mí buscara su sombra como si fuera un refugio. Con el tiempo,

