El sonido insistente del teléfono me sacó del sueño ligero en el que estaba atrapada. Abrí los ojos con esfuerzo, la habitación todavía estaba envuelta en la penumbra del amanecer, y el corazón me dio un vuelco al ver el nombre en la pantalla. Juls. —¿Hola? —murmuré con la voz aún ronca. —¡Por fin! —la voz de mi amiga explotó al otro lado de la línea, cargada de ansiedad—. Estaba preocupadisima, ¿por qué no me diste más noticias? Cerré los ojos y suspiré. No tenía idea de por dónde empezar a contarle lo que había sucedido, y mucho menos cómo poner en palabras todo lo que yo misma todavía no lograba procesar. —Perdón, Juls… han pasado demasiadas cosas —respondí, apretando el celular contra la oreja como si de esa manera pudiera acortar la distancia que nos separaba. Ella no tardó en so

