Me aferré al libro entre mis manos como si fuera un escudo, aunque sabía que no servía de nada. Él estaba demasiado cerca, demasiado intenso, demasiado Alaric. El aire entre nosotros era tan denso que parecía imposible de respirar. —No deberías… —repetí, apenas un susurro, pero no pude terminar la frase. Su mirada oscura bajó a mis labios, y el peso de ese gesto me recorrió como un golpe. Sentí mis piernas tambalear bajo la tensión. Alaric estaba borracho, sí, pero no había nada confuso en la forma en que me miraba. Era deseo, puro y abrasador, mezclado con ese dominio que siempre intentaba imponer sobre todo lo que me rodeaba, incluida yo. —Dime, Ivy —su voz se quebró apenas, baja, grave—. ¿Qué es lo que no debería hacer? Me estremecí. Quise apartarlo, empujarlo, decirle que se alejar

