Cuando vi aparecer la grúa en la entrada del castillo, supe que ese sería mi campo de batalla del día. La piscina de fibra que había elegido, finalmente había llegado. Azul, brillante, enorme… como una promesa de verano. Yo ya la imaginaba en un rincón del jardín, rodeada de bugambilias y con vista al lago. Idílico. Perfecto. Pero claro, ahí estaba él. Con los brazos cruzados, ese gesto de “sé exactamente lo que hago” y la mirada crítica puesta en el terreno. —Aquí no —sentenció, apenas señalé mi rincón de ensueño. —¿Perdón? —alcé una ceja—. Este lugar tiene sol todo el día, privacidad y… ¡mira la vista! —Demasiado cerca de los árboles, se ensuciará con facilidad—me cortó. Me mordí la lengua. Técnicamente tenía razón, pero eso no iba a concedérselo. —¿Y dónde sugieres entonces? ¿En e

