Me levanté temprano, con el sol filtrándose por la ventana de mi habitación. El calor todavía no se hacía sentir, pero el día prometía ser largo y luminoso. Me vestí con rapidez, eligiendo algo cómodo para moverme por la cocina y el jardín, y bajé con cuidado para no despertar a nadie más. El castillo estaba silencioso, salvo por algún leve crujido de las tablas del piso y el lejano murmullo de Leo que ya parecía estar despierto. Lo encontré en la sala de desayuno, sentado en la mesa con los brazos cruzados, mirando la pared como si estuviera resolviendo algún misterio imposible. Suspiré y me aproximé con cuidado, intentando que no me viera demasiado entusiasmada. —Buenos días, Leo —dije, suave, casi como si temiera romper la atmósfera tranquila que él había creado—. ¿Dormiste bien? Él

