El calor me envolvía como una manta invisible, pesado, sofocante, y me revolvía inquieta en la cama, incapaz de encontrar una posición que me dejara descansar del todo. Tenía la sensación de estar flotando entre el sueño y la vigilia, atrapada en un punto intermedio donde la realidad se desdibujaba. Escuchaba el zumbido del aire, y entonces me dejé llevar, cediendo al sopor que me arrastraba con lentitud. En cuanto mis párpados se cerraron por completo, lo vi. Primero fueron sombras, siluetas que se recortaban en un resplandor blanquecino, como si alguien hubiese encendido un reflector justo detrás de ellos. Después, la imagen se volvió más nítida. Un rostro. Unos ojos. Me estremecí en sueños, y mi respiración se volvió más profunda, más agitada. Caminaba por un pasillo estrecho, con par

