Melina se encoge de hombros, impotente. A fin de cuentas, es solo una empleada; no puede contradecir las órdenes de su jefe. Regreso a la habitación y tomo el teléfono. Marco su número. Suena… y suena. Nadie responde. Vuelvo a intentarlo. Nada. Marco el de Riddell. El mismo silencio. La impotencia brota en mí como un fuego que arde sin control. Aprieto el teléfono entre los dedos, temblando de rabia. Por último, marco el número de Roger. Contesta al segundo timbre. —¿Serena? —su voz, familiar y serena, basta para que mis sollozos rompan la frágil barrera de contención. —Roger… —mi voz se quiebra— Desmond me tiene atrapada en la villa. No me deja salir. Del otro lado solo hay silencio. Un silencio que me dice que está procesando, que busca las palabras correctas. —Serena —responde al

