2.El juego del gato y el ratón

1774 Palabras
2.El juego del gato y el ratón POV Desmond —¿Todo listo? —pregunto sin quitar la vista de la ventanilla del auto. Las luces de la ciudad se estiran en destellos borrosos y breves, como si el tiempo se negara a detenerse solo para recordarme que lo importante está por comenzar. —Sí, señor. Todo está preparado. Terminando el evento, el avión lo estará esperando —responde Riddell, mi asistente personal, pero también una de las pocas personas en las que realmente confío. Lo considero un amigo, aunque esa palabra rara vez tenga cabida en mi vocabulario. Asiento con un leve movimiento de cabeza, sin mirarlo. Me recuesto contra el respaldo de cuero y dejo que mis pensamientos me arrastren al recuerdo que me ha perseguido desde anoche. Ella. Su rostro se dibuja con una claridad pasmosa en mi mente, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde ese instante. Es un retrato vívido, grabado con fuego en lo más profundo de mí. El mentón afilado, la boca pequeña —tentadora y dulce—, el cabello que parece seda, con la ansiedad de meter mis dedos en él… pero sobre todo, esos ojos. Claros, profundos, inusuales. Como un lago en calma que me invita a hundirme, a perderme sin resistencia. Las sensaciones que despierta en mí son un torbellino que creí olvidado. Hace años pensé que nada volvería a agitar mis emociones con esta fuerza casi primitiva, pero aquí estoy: deseando poseer algo —o a alguien— que quizá el destino ha colocado fuera de mi alcance. —¿Hay algo más que deba saber sobre ella? —pregunto al fin, sin intentar disimular la fascinación en mi voz. Riddell revisa su tableta con la eficiencia habitual. No hay emoción en su tono cuando responde, pero lo conozco lo suficiente para saber que está alerta, tomando nota de todo. —Hasta donde hemos podido rastrear, no hay información registrada antes de los cinco años. Fue entregada a los servicios sociales tras ser abandonada por la mujer que alegaba ser su madre. Una vecina se quedó con ella y solicitó la custodia. Como no había documentos oficiales, la registraron con el apellido de la mujer: Martha Summers. —¿Ella sabe por qué la dejaron? —No. La vecina afirma que la mujer que la trajo se había mudado solo una semana antes. A la niña le dijo que salía por comida. A la vecina, que tenía una entrevista de trabajo. Cree que estaba huyendo. Tal vez de algo o de alguien. La impresión que dejó fue la de una mujer asustada, desesperada. Sospecha que su desaparición fue un intento de proteger a la niña de algo más oscuro. Frunzo el ceño. Esa palabra me incomoda. “Desaparecer”. No es solo un verbo, es un enigma. Un vacío. Me incomoda porque implica abandono, y el abandono deja huellas difíciles de borrar. —¿Y la madre adoptiva? —Aún vive en Connecticut. La joven se mudó al iniciar la universidad, pero siguen en contacto. Se ha mantenido por su cuenta: trabajos de medio tiempo, becas, ayudas. Parece una joven determinada, pero cercana a su madre adoptiva. Diría que es su punto débil. Asiento lentamente. Un buen detalle. Siempre es útil saber dónde están las grie-tas. Todos tienen una. Y si uno sabe dónde presionar, puede romper hasta lo más sólido... o entrar, si sabe hacerlo con cuidado. El coche desacelera y se detiene con precisión. El conductor abre la puerta. Apenas pongo un pie fuera del vehículo, un latido intenso me recorre de pies a cabeza. Un golpe de adrenalina, puro y salvaje. Lo sé. Está aquí. Voy a verla. Esto no es coincidencia. Anoche fue el primer movimiento en el tablero. Desciendo con paso firme, cada músculo contenido, cada gesto calculado. Camino tras Riddell, que se abre paso con facilidad entre los organizadores del evento. Nadie nos detiene. Nadie se atrevería. —¡Señor Saint-Claire! Bienvenido. Siempre es un honor recibir a alguien tan generoso —dice el rector, con una sonrisa que me resulta más mercantil que sincera. Lo ignoro en parte. Sé lo que quiere. Dinero. Influencia. Como todos. —Por aquí, por favor. Los alumnos ya lo esperan —añade, llevándonos hacia el estrado. El lugar vibra con una energía juvenil y estéril. Son rostros con esperanzas baratas, sueños de cartón. Pero yo no estoy buscando eso. Busco una en particular. Y ahí está. La veo. Ahí está. A unos metros. Tensa, nerviosa. Sus dedos se entrelazan en su regazo como si buscaran anclarse. Pero sus ojos... sus ojos vuelven a encontrarme. Sonrío apenas. Para mí. Para ella. Para el juego que acaba de comenzar. El acercamiento de anoche fue intencional. Quería medirla. Sentir si era tan interesante como parecía. No me equivoqué. El rechazo que me ofreció no fue un muro, fue una provocación. Y no hay nada que despierte más mi apetito que un obstáculo disfrazado de virtud. Hoy, cambio de estrategia. El juego del gato y el ratón me parece emocionante. Subo al escenario. Mi discurso comienza. Hablo de oportunidades, de futuro, de cambio. Palabras vacías para la mayoría. Pero no para ella. Porque mientras hablo, la miro. Porque cada frase es un mensaje cifrado. Porque entre mis palabras le estoy diciendo que he venido por ella. “Estoy seguro de que aquí está lo que busco.” Espero que lo haya entendido. No miento. No juego. No pretendo. La quiero cerca. La quiero conmigo. No sé si ella entiende el alcance de lo que ha despertado. Pero yo sí. Porque he pasado demasiado tiempo buscando algo que volviera a hacerme sentir. Y ahora que lo he encontrado, no voy a dejarlo escapar. Porque ya lo decidí. Ella me pertenece. Aunque todavía no lo sepa. ***** POV Serena El discurso termina, pero el eco de sus palabras persiste en mi mente. Aplaudo por inercia, como todos los demás, pero mis manos tiemblan. Intento respirar profundo, mantener el control. “Vamos Serena, no está aquí por tí…Solo es un benefactor. Un invitado más.” Pero me engaño a mí misma. Los alumnos comienzan a dispersarse, para regresar a los salones o a sus actividades. Puedo ver que algunos, más decididos, se animan a acercarse al rector, y otros se quedan en grupos, evidentemente entusiasmados por las palabras de Desmond Saint-Claire. —¡Uy, es guapo ese hombre! Imagínate ser seleccionada y que en algún momento te haga una propuesta como en 50 Shades of Grey. —Veo que mis compañeras lucen emocionadas. ¿Me creerían si les cuento que ese mismo hombre me hizo una propuesta parecida? —No estaría interesada. Por cierto, me voy adelantando. Las veo en el salón. —Quiero alejarme de ahí y ser invisible, así que salgo de ahí. Pero no tengo tanta suerte. Y entonces sucede. —Señorita Summers —escucho a mi izquierda. Mi corazón se detiene por un segundo. Reconozco la voz. Grave. Serena. Cortante como la hoja de una navaja. Giro el rostro lentamente, ya sin escapatoria. Él está ahí, a un paso de mí. Tan cerca que puedo percibir su aroma —una mezcla exquisita de madera, cuero y algo más oscuro, más masculino… casi adictivo. —¿Puedo hablar con usted un momento? Su tono no es una pregunta. Es una afirmación disfrazada de cortesía. Lo sé. Él está acostumbrado a que nadie le diga que no. Yo debería decirlo. Debería inventar una excusa, fingir una urgencia, cualquier cosa que me aleje de esta… energía. Pero no lo hago. —Claro —respondo, con una voz que apenas reconozco como mía. Él sonríe, pero no es una sonrisa amable. Es apenas un leve gesto, apenas una línea curva en sus labios, que esconde algo más profundo. Me hace una seña para que lo acompañe, y yo camino junto a él como si mis pies no me pertenecieran. Nos alejamos. Él me guía por un pasillo lateral del campus, uno poco transitado a esta hora. Aún no entiendo por qué lo sigo. Tal vez porque quiero respuestas. Tal vez porque ya estoy atrapada. Nos detenemos bajo un corredor cubierto de árboles. El sol de la tarde se filtra entre las hojas, proyectando sombras suaves sobre su rostro. Se apoya contra una de las columnas de piedra, cruzando los brazos, sin dejar de mirarme. —Anoche no te asusté… ¿verdad? Lo dice con un tono extraño. Como si le preocupara, pero no demasiado. Como si supiera que, en el fondo, no lo estoy. —No —respondo, bajando la mirada. —Me sorprendió, eso es todo. —No me gusta dejar cosas inconclusas —dice, con lentitud. —Ayer me fui porque pensé que necesitabas espacio. Pero también pensé en ti toda la noche. Sus palabras caen como piedras en el agua. Mi pecho se encoge. —¿Por qué yo? —pregunto, y apenas reconozco el temblor en mi voz. —¿Qué es lo que quiere de mí? Él no responde enseguida. Se toma su tiempo. Me observa con una intensidad que me hace querer mirar a otro lado, pero no puedo. Es como si su mirada me sujetara de algún hilo invisible. —No lo sé del todo —dice al fin, encogiéndose ligeramente de hombros. —Solo sé que me interesas. Pero tal vez fui brusco y me gustaría empezar de nuevo. Por supuesto, uno de los puestos de pasante en mi empresa es para tí, si lo quieres. Mi respiración se agita, aunque intento disimularlo. ¿Es esto un juego? ¿Una seducción? ¿Una obsesión? No lo sé. Pero la forma en que lo dice… como si lo sintiera de verdad, me desarma. El silencio que sigue es denso. —No sé si quiero estar en el radar de alguien como usted —me atrevo a decir, con más sinceridad que valentía. Él sonríe otra vez, y esta vez hay algo parecido a ternura. Pero incluso eso parece peligroso viniendo de él. —No tienes que decidir nada ahora, Serena. Pero quiero que sepas que no soy de los que desaparecen. Cuando algo me importa, lo persigo. Y tú… ya me importas. Mi nombre en su boca suena distinto. Íntimo. Peligroso. Irrevocable. Y, por primera vez, siento que mi historia, mi pasado, todo lo que había sido hasta ahora, comienza a desdibujarse en su presencia. Como si nada anterior importara. Solo este momento. Solo él. Solo lo que viene. Y aunque una parte de mí me grita que me aleje… otra, más fuerte, más oscura y más honesta, empieza a susurrarme lo contrario. “Déjate caer.”
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR