3.Silencio
POV: Serena
—¡Sale orden de alitas y dos cervezas para la mesa cuatro!
Me apresuro a recoger la charola y cruzo el local con paso ágil, aunque mi mirada, por inercia, se desvía hacia la mesa del fondo. Esa donde, hace ocho noches, se sentó Desmond.
Ocho noches. Ocho días en los que no ha vuelto. Ocho días en los que, inconscientemente, lo he esperado.
—¡Cuidado! —chilla Mel con el ceño fruncido mientras evita chocar conmigo por un pelo.
—¡Lo siento, Mel! —me disculpo rápidamente.
Ella me lanza una mirada de furia contenida, pero en cuanto se gira hacia los comensales, su rostro se transforma como por arte de magia en una sonrisa reluciente. Luego se aleja con esa seguridad teatral que domina a la perfección.
—¡Tonta! ¿Tenías que chocar precisamente con ella? —masculla Bridget, acercándose sin disimular su disgusto. —Sabes que tiene influencias…
Un estremecimiento me recorre la espalda. Lo sé. Todos lo saben. Mel, aunque es un año menor que yo, se rumorea que tiene algo con el gerente. Solo imaginarlo me revuelve el estómago.
—No la vi —digo en tono bajo, buscando justificarme.
—Pues abre los ojos. Ya casi es la hora de salida, no vayas a ganarte un reporte por despistada.
Asiento en silencio y me apresuro a limpiar una de las mesas vacías. Mientras recojo los vasos usados y paso el trapo húmedo sobre la superficie pegajosa, dejo que mis pensamientos divaguen.
¿Acaso todo lo que pasó con ese hombre fue solo un sueño?
Tal vez. O tal vez fue una de esas raras experiencias que llegan sin aviso, sacuden tu mundo y desaparecen sin explicación.
Los primeros días me obsesioné. Imaginaba que regresaría. Que insistiría. Que haría válida su absurda propuesta de tenerme a su lado, como si fuera una especie de adquisición. Me imaginaba mil escenarios, algunos románticos, otros aterradores.
Pero luego… nada. Silencio.
Y aunque al principio su ausencia me provocó confusión, también trajo un inesperado alivio. Sin embargo, mi cuerpo, o mi subconsciente, no lo entendieron igual. Cada noche, al pasar por esa mesa del fondo, mis ojos la buscan. Y no solo ahí. A veces, al salir del trabajo, mi mirada se desliza por los coches detenidos en el semáforo, esperando ver uno n***o, de cristales polarizados. En la universidad, volteo al azar por los pasillos, como si esperara toparme con su figura imponente entre los estudiantes.
No es porque quisiera aceptar su propuesta. No. Pero por primera vez en mucho tiempo, dejé de ser invisible. Y esa visibilidad me dejó expuesta. Vulnerable.
Y sin embargo, como si en mi mente se hubiera apagado un interruptor, comencé a relajarme. Sus rasgos se volvieron borrosos, su voz un eco lejano.
Poco a poco, comencé a respirar con libertad otra vez.
*****
—Oye, chica lista… compré sushi. ¿Quieres venir a cenar?
Apenas se abren las puertas del elevador, mi vecino está allí, recargado contra el marco con una sonrisa desvergonzada.
—Mmm… tengo un examen mañana —respondo, intentando evadirlo con una sonrisa educada.
—Bueno, te lo puedes llevar a tu depa. Solo que hoy tengo noche libre y pensé que podríamos cenar juntos. Ya sabes, buena
vecindad.
Entorno los ojos, tratando de medir su sinceridad. Él solo me mira con la expresión de un cachorro que suplica cariño. Suspiro. ¿Por qué no?
—Está bien. Dejo mis cosas y regreso. ¿Hace falta algo? Tengo cervezas frías.
Él sonríe y levanta el pulgar.
Y por primera vez en semanas, acepto cenar en compañía de alguien más.
*****
—¡¿Jajajaja… y entonces lo golpeó con la bolsa?!
Roger no deja de reír mientras le cuento algunas de mis “aventuras” en Hooters.
Desde la señora que me ofreció un chal al salir —convencida de que esa era mi ropa habitual— hasta la esposa celosa que abofeteó a su marido por mirar de más. O el galán de pacotilla que creyó que enamorarme sería tan fácil como dejar propina generosa. Me limito a contar esas anécdotas.
Lo de Desmond me lo guardo.
—Bueno, al menos yo no corro el riesgo de que me pase algo así —dice entre risas mientras muerdo la última porción de pizza. El sushi no nos alcanzó, así que terminamos pidiendo más comida.
Aprovecho un momento de silencio para preguntar:
—¿Y tú en qué trabajas exactamente?
Roger baja la mirada por un instante, como si evaluara cuánta verdad puede decirme. Luego se encoge de hombros.
—Digamos que en ciberseguridad. Temas… confidenciales.
No insiste en dar detalles, y yo no presiono. No quiero incomodarlo.
Miro la hora y me estiro perezosa.
—Debo ir a estudiar. Es tarde, bebí más de lo que debía y no creo que aprenda mucho, pero al menos lo intentaré.
—Eso es dedicación —dice, mientras me observa. Su expresión se suaviza, más íntima, más personal. —¿Te habían dicho que eres muy hermosa?
Me pongo de pie, fingiendo que no afecta el ambiente.
—La verdad… sí. Dos veces al día, al menos —digo en tono bromista.
Él frunce el ceño un segundo, pero pronto sonríe otra vez.
—Tienes razón. Lo obvio no debería preguntarse. Mi error.
Me despido con un movimiento de mano, sintiendo que, por fin, una noche cualquiera no está dominada por recuerdos ni fantasmas.
Solo una cena sencilla. Una conversación honesta. Y un poco de paz.
*****
La siguiente semana pasa más tranquila de lo que esperaba. Roger, con su espontaneidad y buen humor, se ha vuelto parte de mi día a día. No de forma invasiva, pero sí constante. Cada vez que llego del trabajo, hay un mensaje suyo en mi teléfono. A veces solo es un meme, otras veces un comentario burlón sobre algún video ridículo que vio, o simplemente un “¿Sobreviviste a los clientes babosos hoy?”
No sé en qué momento empecé a esperarlos.
—¿Tú cocinaste esto? —le pregunto una noche mientras pruebo un curry delicioso que me llevó en un tupper.
—Sí, señorita —responde con tono de orgullo falso. —Tengo talentos ocultos.
—Deberías sacarlos a la luz más seguido. Así no gasto en comida.
—Cuidado. Me estás dando razones para mudarme a tu cocina —me guiña un ojo.
Me río, pero en el fondo, noto que algo ha cambiado. Me siento segura con él. No hay tensión. No hay secretos pesados en el aire. Solo una extraña y reconfortante familiaridad.
Otro día, mientras estudio en el sofá con mis apuntes por todos lados, Roger aparece en la puerta con una caja de donas.
—Traje azúcar. Tu cerebro te lo agradecerá.
—¿Tú no tienes trabajo? —le pregunto, alzando una ceja.
—Estos días trabajo desde casa. Pero cuando me aburro, asomo la nariz por aquí.
Le lanzo un cojín que esquiva con facilidad, pero luego se sienta en el suelo y empieza a ayudarme con la memoria visual. Tiene buena lógica y paciencia. Me hace preguntas, me deja hablar en voz alta y no se burla si me trabo.
Así, poco a poco, sus visitas se hacen costumbre.
Hay noches de pizza improvisada, tardes de películas que terminan con ambos dormidos en lados opuestos del sofá, o simplemente silencios cómodos mientras yo estudio y él trabaja en su computadora.
No sé en qué momento dejó de parecer raro.
No sé en qué momento dejé de pensar en Desmond.
Solo sé que, con Roger, empiezo a sentirme más… normal.
*****
Una tarde lluviosa, me lo encuentro en la lavandería del edificio, con una camiseta sin mangas y los audífonos puestos. Me hace una seña y me invita a sentarme con él a esperar las cargas.
—¿Has pensado en cambiar de trabajo? —me pregunta, sin rodeos.
—Sí —admito con un suspiro. —Pero por ahora, es lo que hay. Necesito el dinero, y los turnos se acomodan con mis clases.
Asiente en silencio, respetuoso, pero noto que algo le molesta. Lo deja pasar, como casi todo lo que no quiere decir en voz alta.
—Tienes talento. Y agallas. No deberías conformarte con sobrevivir.
Sus palabras me dejan pensativa. Él no lo dice con lástima. Lo dice con convicción. Como si me viera de verdad.
Y eso… me desarma un poco.
*****
Un viernes por la noche, organizamos una pequeña “maratón de películas malas” en mi apartamento. Trae papas fritas, helado, y hasta una cobija grande. Cuando la película se vuelve insoportablemente absurda, hacemos voces graciosas para doblarla y terminamos riendo hasta que nos duelen las mejillas.
—Me haces bien —digo sin pensar, mientras compartimos un tazón de palomitas.
Roger se queda callado por unos segundos. Luego me mira con esa mezcla de ternura y picardía que le he empezado a reconocer.
—Tú también me haces bien. Y eso ya es mucho decir.
La forma en que lo dice no tiene peso romántico, ni prisa. Es una verdad tranquila. Una confesión sin drama. Me reconforta.
Y por primera vez en mucho tiempo, siento que podría haber algo bueno esperándome si me permito quedarme.
*****
Pero claro… justo cuando se empieza a olvidar, el destino se encarga de tocar la puerta.
Y esta vez… no será Roger quien esté del otro lado.