Así que ver a alguien tratando de escapar de una situación similar me hizo el corazón papilla. Y aunque entonces no pudiera hacer nada por mi madre, podía ayudar a Jane. —Vale—, dije finalmente, poniendo el aire acondicionado del coche un par de grados más frío. Jane esbozó una sonrisa de alivio. Maldita sea, sólo por ver a alguien que realmente luchaba por escapar de una situación de maltrato merecía la pena. —Puedes venir conmigo a San Diego. Me salió tan fácil que me sorprendí a mí mismo. No podía entender por qué estaba tan dispuesto a ayudar a esa mujer, aparte de porque me transmitía una sensación genuina de sinceridad. —Muchas gracias—, dijo. —¡Muchas gracias! Encontraré la forma de devolvértelo, te lo prometo. —No es necesario—, la tranquilicé. Mi mente se puso seria y pasó al

