Kurt nos condujo a nuestros asientos, que eran más anchos que en clase turista y claramente podían reclinarse mucho más, algo que podía juzgar por el ángulo en el que ya se encontraban algunos de los asientos. También había mucho espacio entre las filas, por no hablar de lo silencioso que era todo, sin bebés gritando ni ancianas racistas como vecinas de asiento. Nada de nada. Sólo gente con sus tablets y teléfonos esperando el despegue. Llegué a mi asiento y al ver a la azafata sentí una dolorosa punzada en el corazón. Me recordó a mi mejor amiga. Quién sabía cuándo volvería a ver a Mira Anderson… —¿Tienes hambre?—, me preguntó Kurt poco después de que el avión despegara. —Es un vuelo corto y no habrá comida, pero podemos comer en cuanto aterricemos. —Me parece bien, gracias—, le dije

