Jane

1314 Palabras
Entrar en un club siendo dos preciosas veinteañeras era más fácil que encontrar un árbol de Navidad en diciembre. El físico de modelo de Mira y su larga melena oscura, que contrastaba con su piel extremadamente pálida, eran como un faro mágico que nos abría todas las puertas. Yo parecía el polo opuesto de mi amiga: tenía el pelo teñido de rubio pálido, era mucho más curvilínea y un poco más baja que ella. Además, mi piel lucía bronceada todo el año, hecho que siempre había sido la envidia de mis compañeras. A menudo me habían acusado de utilizar camas bronceadoras, algo que nunca había hecho. Sospechaba que había algo de sangre sudamericana o mediterránea en mi linaje que se mezclaba con mis muy obvias, como bien indicaba mi apellido, raíces irlandesas. Nos habíamos maquillado mutuamente durante el vuelo y nos habíamos puesto ropa de discoteca en la habitación de hotel, que conseguimos apresuradamente justo después del habitual aterrizaje en Las Vegas. Pasó menos de una hora desde que aterrizamos hasta que nos subimos a un taxi. Las Vegas siempre me ha parecido un país de cuento de hadas. Esa enorme, llamativa y deslumbrante ciudad en medio de la nada, en el maldito desierto, abrazada por altas montañas, sólo podía ser un lugar de ensueño, ¿verdad? Era surrealista, rápida y llena de glamour. No había otro lugar en el mundo donde se pudiera ver la Torre Eiffel, las góndolas venecianas y las Pirámides en un solo día. La ciudad estaba viva de una forma que ni siquiera Nueva York lo estaba: siempre parecía haber un nuevo sitio de moda que se construía en el lugar que ocupaba una atracción antigua demolida, como si la ciudad tuviera que estar en constante evolución. No había nada estático en Las Vegas. Y al igual que la ciudad, pensé que yo también tenía un aspecto luminoso. Llevaba puesto mi vestido dorado a juego con mis tacones y me hacía sentir más atractiva de lo que me había sentido envestido Aunque no me encontrara con mi caballero de brillante armadura aquella noche -algo que estaba segura de que no ocurriría-, mi autoestima se había disparado sólo con la mirada que había echado a mi reflejo. Me veía… impresionante. Pronto nos encontramos en una de las discotecas más lujosas, cercanas al Strip, donde la gente rica y los famosos salen de fiesta. Durante el vuelo se me había pasado la borrachera, así que cuando aterrizamos ya estaba lista para salir de fiesta una vez más. Todavía era pronto pero el club ya estaba abarrotado y en plena ebullición. De alguna manera, conseguí encontrar una mesa que no parecía estar ocupada y nos pusimos cómodas, listas para disfrutar de la noche. Mira pagó la primera ronda de bebidas y yo la segunda. No tardamos en encontrarnos en la pista de baile mostrando nuestros movimientos, sobre todo entre nosotras. El mundo entero se había convertido en un remolino de música y luces parpadeantes y yo ya no necesitaba nada más en ese momento. Cuando llegó un nuevo cóctel sólo para mí, pensé que se trataba de un error. Sin embargo, el camarero me dijo que alguien lo había comprado para mí y señaló discretamente al “culpable”. Miré, medio esperando ver a otro viejo intentando ligar con alguien que podría ser su hija pero, para mi sorpresa, la esquina que me había indicado el camarero estaba ocupada por dos hombres. El que me miraba no era viejo ni espeluznante. En cambio, era… bueno, de ensueño. Era joven. Bueno, no demasiado joven, probablemente treintañero o quizás cuarentón si tenía buenos genes. También estaba increíblemente bueno. Alto, con el pelo oscuro que le daba un toque rebelde, peinado de una manera tan artística que tenía que ser intencional. Su figura delgada y ancha delataba que probablemente era una rata de gimnasio. Una deducción a la que ayudaban los músculos bien tonificados que pude detectar bajo su camisa, que parecía hecha a medida. Sus ojos eran tan oscuros como su pelo pero tenían un brillo que me atrajo como un imán. Me guiñó un ojo mientras levantaba su copa y yo brindé por él en silencio desde la distancia, dedicándole una sonrisa coqueta. La bebida estaba deliciosa e intenté no robarle demasiadas miradas, para frustración de Mira. —Ve a hablar con él—, me instó, riendo. —¿Y decirle qué?—, dije resoplando. —Hola, mi padre ha conseguido que me case con un señor del crimen, ¿gracias por permitir mi futura borrachera?. Incluso mientras bromeaba sobre ello, el terror de mi casamiento se envolvió en mi cerebro, amenazando con arruinar mi estado de ánimo por un segundo. Por suerte, Mira me sacó de mis pensamientos, puso los ojos en blanco y me dio un ligero golpe en el brazo. —No seas tonta. Dile que eres un agente del gobierno español con la misión de secuestrar al americano más guapo y que es él. Solté una carcajada. —Vaya. No es una mala frase. A lo mejor te la robo. Le robé otra mirada al tipo. —Mira, me está mirando otra vez.— El hombre dio un sorbo al licor que estaba bebiendo, lanzándome miradas muy intensas—. ¿Qué hago?. Mira suspiró y se terminó su propia bebida. —¿Hablar con él?—, repitió. —Pero está muy, muy bueno—, me quejé, agitando la mano para abanicarme. —Tú también, nena—. Mi amiga se encogió de hombros—. Y está claro que él también lo piensa. Si no, no te habría invitado a esta copa. —¿Y si es un asesino con hacha y me ha elegido para ser su próxima víctima?—, repliqué, entrecerrando los ojos. —¿Me estás diciendo que coquetee con un asesino con hacha?. —Creo que tu cuota de intereses amorosos criminales ha llegado al máximo con el mafioso, Jane—, dijo Mira con un bufido. —Te diré una cosa. Si es un asesino con hacha, puedes perseguirme hasta que me muera, ¿vale? Incluso grabaré un podcast de crímenes reales sobre tu asesinato—, bromeó. Puse los ojos en blanco y estaba a punto de decirle que eso al menos me salvaría de casarme con Marcus, pero Mira se estaba alejando. —¿A dónde vas?—, la llamé, pero ella se limitó a soltar un “woo” y se dirigió a la pista de baile. Eso pareció dar pie a que mi admirador viniera a hablar conmigo. Sonrió con unos dientes increíblemente blancos bajo las luces estroboscópicas de la discoteca y, sin dejar de mirarme, se abrió paso entre la ondulante multitud hacia mí. Atravesó la pista de baile con facilidad; la gente parecía abrirse en su presencia y, por un segundo, me pregunté si era una celebridad o algo así y yo no lo había reconocido. —Hola—, dije, y sonreí en cuanto se acercó lo suficiente como para oírme. Intenté no mirar demasiado para averiguar si era un actor o algún cantante. Se inclinó hacia delante. —Hola, soy Kurt. Kurt. Los únicos Kurt famosos que conocía eran Kurt Cobain, músico fallecido y Kurt Russel, actor muy mayor y este tipo no era ninguno de los dos, lo que significaba que probablemente no era alguien famoso. —Jane—, respondí un poco tarde. No creo que se diera cuenta, la música estaba muy alta y mi respuesta coincidió perfectamente con una pausa en el ritmo. —¡Gracias por la copa!. —Pensé que te merecías una—, respondió con una sonrisa, que yo imité después. —¿De verdad?—, pregunté de forma coqueta, —¿Cómo es eso?. —Pareces demasiado preocupada para estar en Las Vegas. Maldita sea, ¿se notaba?
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