Justo cuando estaba a punto de contestarle, Mira volvió bailando hacia la mesa, aparentemente contenta de interrumpir para ir a por su bebida ahora que yo había empezado a hablar con el tipo.
—¡Hola! No te preocupes por mí, sólo vengo a por mi bebida—, dijo con una sonrisa rápida— Jane piensa que eres un asesino con hacha!.
—¡Mira!—, grité, con los ojos abiertos de par en par. Me giré hacia Kurt. —Yo no… .
Una mirada de confusión pasó por el rostro ilegalmente atractivo de Kurt.
Se echó el pelo hacia atrás, artísticamente desobediente.
—Eh… .
—Bueno, ¿lo eres?—, insistió Mira.
—Creo que voy a decir que no a eso—, dijo riendo, y olí su loción de afeitar.
—¿Ves?—, Mira se volvió hacia mí: —No es un asesino con hacha. Ya puedes estar tranquila—. Señaló hacia donde él estaba sentado. —Voy a hacerle compañía a tu guapo amigo, así que no te apresures en volver, ¿de acuerdo?.
—Se llama Fablio—, dijo Kurt. Mira nos sonrió a los dos y se llevó su bebida para dejarnos solos, dirigiéndose a charlar con el amigo de Kurt.
Mi querida mejor amiga está loca pero no la cambiaría por nada del mundo.
—Entonces…—, Kurt se inclinó de nuevo:— ¿Debo asumir que parecías tan preocupada en Las Vegas por los asesinos con hacha?.
Me reí entre dientes, impresionada por lo bien que había funcionado la extraña estrategia de Mira.
—No. Bueno… La verdad es que no. Sólo intento escapar de mi vida.
—Quizá pueda ayudarte con eso—, susurró. Y me estremecí.
Dios, hasta su voz es sexy.
—¿Sí?.
Me ofreció la mano y la cogí. Normalmente me habría molestado un acercamiento tan atrevido pero había algo en la forma en que me miraba que era reconfortante y tentador, como si en su mente ninguna otra mujer en el club pudiera compararse a mí.
Kurt me guió hasta la pista de baile y por un momento confundí los latidos de mi corazón con el ritmo de la canción. Iba tan rápido… Y él estaba tan bueno.
Dejé que la música fluyera a través de mí, moviendo las caderas a izquierda y derecha, con las palmas de las manos en los muslos y los hombros desnudos bailando con facilidad mientras arqueaba la espalda.
Me sentía como si flotara en el océano en lugar de bailar en un club abarrotado y sus ojos no se apartaban de los míos ni un segundo, manteniéndome atrapada en su órbita.
La canción era muy buena. Era una de mis favoritas para poner en el coche después de terminar la semana laboral con broche de oro. Era una de esas canciones que parecían tener una cadencia que hacía que mi cuerpo se balanceara por sí solo.
Mis dedos volvieron a encontrar la mano de Kurt y mi otra mano se apoyó suavemente en su brazo, subiendo hasta su hombro. Sus manos me rodearon la parte baja de la espalda y sus dedos se extendieron contra mi cadera.
Sentí que doblaba los dedos lo suficiente como para subirme el dobladillo del vestido por el muslo. Me acerqué más y él exhaló complacido. En ese momento, la canción cambió a ritmo de salsa y todo se centró en el giro de nuestras caderas y en la precisión de nuestros pasos.
Después de un giro, me inclinó hacia abajo. Me sentí ingrávida en sus brazos y ni siquiera me importó que mi vestido se levantara aún más contra su mano.
Bajó la cabeza y rompió el contacto visual por primera vez desde que habíamos entrado en la pista de baile. Agachó la cabeza contra mi pecho pero aparte de un rizo de su pelo, sólo su aliento caliente rozó mi piel.
Cuando nos incorporamos de nuevo, su mano se había deslizado hacia mis nalgas. Sabía que debía hablar y detenerlo o dejar que siguiera tocándome. En lugar de eso, apreté mi cuerpo contra su frente un momento, más cerca que antes y mi pierna subió por su pantorrilla en un movimiento lento y fluido mientras empujaba mis nalgas contra sus manos al ritmo de la música.
Podía sentir el frío aire acondicionado del club rozando la parte inferior de mis muslos recién expuestos y mi mano se movió para seguir suavemente el rastro de su garganta.
Al momento siguiente, él acortó la distancia que nos separaba y su boca se cerró sobre la mía, su lengua recorrió mis labios y sentí que mi excitación iba en aumento.
Cuando por fin me besó como es debido, me perdí en él, dejando que mi mente se desprendiera de los horrores de mi nueva realidad.
Kurt sabía exactamente igual que su aspecto: suave, fino y caro, con el sabor dulce y penetrante del whisky que había bebido antes de que empezáramos a bailar.
Incliné la cabeza, separé los labios para dejarle entrar y mi lengua salió disparada en busca de la suya. Su mano se deslizó por debajo de mi muslo levantado y me dio un suave tirón.
No podía acercarme mucho más a él pero el movimiento hizo que el dobladillo de mi vestido subiera hasta mis caderas. Me di cuenta de que estaba mucho más arriba de lo que debía, pero no me importó. Volví a girar las caderas contra sus manos.
Solté un ruido bajo para contrarrestar el escalofrío de placer que me recorría el cuerpo, preguntándome si la gente nos estaría mirando. No quería romper el beso para mirar y tampoco quería apartarme.
Mi mano, que había estado acariciando su cuello, lo abandonó para enredarse en su pelo mientras nos seguíamos meciendo al ritmo de la música.
Tarareé suavemente en su boca y, aunque nunca había sido así de espontánea, sentí que si me hubiera invitado a fugarme a Suazilandia con él en ese momento, le habría preguntado a qué hora.
Sentí que mi deseo por él aumentaba y traté de acercarme más. Tan cerca como pude, mis pechos presionaron firmemente contra su pecho. Mi mano se tensó en su pelo y un sonido bajo y hambriento escapó de mis labios mientras mi mano libre bajaba hasta posarse en su cintura, con los dedos rozándole las nalgas.
Me cogió el labio inferior entre los dientes y tiró suavemente de él antes de que sus labios se alejaran de mi boca hasta llegar a mi oreja.
—Aquí hay mucha gente—, ronroneó, y me mordió suavemente el lóbulo de la oreja. Luego cerró la boca en torno a él y lo chupó.
Sentí una sacudida de conciencia.
Sentí que si me presionaba en ese momento me arrodillaría y haría lo que él quisiera. Pero era consciente de lo mucho que había bebido y por mucho que lo deseara, quería estar segura de que no iba a ser un error.
—No me acuesto con desconocidos—, solté, a pesar de que en ese mismo instante quería saltarle encima. Sonrió. Sentí que mis rodillas flaqueaban al igual que mi determinación.
—No sería un extraño si nos fugáramos—
, dijo. —Sería tu legítimo esposo. La Capillita Blanca está al final de la calle.
Resoplé.
—Vaya, eso es… debo admitir que nadie había usado esa frase antes. Deberías estar orgulloso.
Se encogió de hombros y luego me susurró al oído.
—No puedes culparme por intentarlo. Estás como para comerte… .
Bajé la pierna a la pista de baile, dejando caer el vestido a su sitio. Un enrojecimiento profundo manchaba mis mejillas perfectamente contorneadas por Mira. Me eché un poco hacia atrás, aunque mi mano seguía en su culo.
—Vamos a tomar unos chupitos—, sugerí. —Quiero tomar decisiones informales y estar ligeramente ebria me ayudará.
—Sólo ligeramente, ¿eh?—, se rió entre dientes. —¿No es contraproducente?.
—Sí. Lo que significa que no necesito que me convenzas tú, sino yo.
Sonrió.