Adriel y Asher, su lobo, discutían en silencio, un duelo interno que hacía que el pasillo del hospital se sintiera más estrecho, el zumbido de los fluorescentes un eco distante de su tormenta mental, el aroma a antiséptico picante ahora un fondo opaco para el pulso de frustración que latía en sus venas. —Escúchame, si la chica se va por esa estupidez que hiciste, juro que te quedarás sin lobo por un par de siglos —murmuró Adriel, sintiendo la furia de su lobo como un calor abrasador que subía por su espina dorsal, un rugido sordo que reverberaba en su cráneo como un trueno lejano, Asher removiendo con garras mentales que arañaban su control. —¿Qué querías que hiciera? —respondió la voz de Asher en su cabeza, un gruñido gutural y vibrante que retumbaba como un eco primal, cargado de un de

