Me crucé de brazos, desafiante, el linóleo frío del hospital ahora un fondo distante para el calor que subía por mi pecho, un pulso de incredulidad y curiosidad que hacía que el monitor pitara un latido más rápido, el aroma a desinfectante picante contrastando con el de chocolate y tierra mojada que emanaba de Adriel como un imán sutil. La habitación se sentía más pequeña con su presencia, las paredes blancas cerrándose como un velo de secretos, pero no retrocedí; mi postura era un muro de terquedad, los ojos verdes fijos en los azules de él con un fulgor que no admitía medias verdades. —Me has dicho que no te irás, que viniste con un propósito y que seguirás con él —dije, mi voz un hilo de acero envuelto en frustración, el nudo en mi garganta apretándose con cada palabra—. Pero no me has

