Alice observaba a Jimin mientras jugueteaba con su vaso vacío, el sonido de las gotas restantes de cerveza resonaba con suavidad en la mesa de madera. Había algo en su tranquilidad que le intrigaba, aunque no quería admitirlo. Decidió cambiar el tema de conversación, no quería ahondar más en los asuntos personales que ya habían tocado.
—Así que… Eres bastante popular entre las hembras, ¿no? —comentó con tono despreocupado, desviando su mirada hacia un par de chicas que, desde la distancia, no dejaban de observarlos con curiosidad.
Jimin sonrió de lado, casi como si ya supiera lo que Alice iba a decir. Se encogió de hombros antes de responder.
—Tengo cierta reputación —admitió, lanzando una rápida mirada a las chicas antes de centrarse de nuevo en Alice—. Supongo que por eso piensan que soy alguien fácil de conocer. No es que me moleste, pero sí me ha traído problemas antes.
Alice sonrió con ironía. No podía imaginar cómo sería tener ese tipo de atención constante. Ella misma prefería pasar desapercibida, disfrutar de su vida en paz, aunque aquello fuera más difícil ahora con su naturaleza de licántropa cada vez más presente.
—Yo no podría lidiar con tanta atención —dijo, su tono algo más relajado. No sabía por qué, pero la conversación con Jimin estaba fluyendo de una manera que no esperaba.
—¿En serio? —preguntó Jimin, alzando una ceja—. ¿En dónde vivías no tenías ningún tipo de diversión?
—Oh, claro que sí —respondió Alice—, pero no se presentaban con tanta frecuencia como contigo. Además, los machos licántropos son... demasiado intensos para mi gusto.
Jimin la miró con incredulidad fingida, y luego, con un gesto dramático, se llevó una mano al pecho como si estuviera dolido.
—¿Estás diciendo que nunca te metiste con un licántropo? ¿Solo con humanos? ¿Por qué?
Alice rodó los ojos ante la exagerada reacción de Jimin, aunque una sonrisa pequeña se asomó en sus labios. No esperaba una conversación tan relajada con él, sobre todo después del incómodo encuentro de la mañana.
—Los humanos son más amables conmigo —respondió, inclinándose ligeramente hacia adelante—. No me lanzan frases pretenciosas ni esperan que caiga en sus brazos solo porque me calientan el oído. Tienen que agradarme lo suficiente para que algo pase.
Jimin la miró con una sonrisa traviesa, sus ojos brillando con un destello de desafío.
—Te estás perdiendo de mucho, Alice —comentó con una media sonrisa, claramente disfrutando de la conversación.
Alice cruzó los brazos, una postura defensiva, pero aún mantenía el ambiente relajado.
—Estoy bien así por ahora —respondió—. Aún no ha aparecido ningún licántropo que me demuestre lo contrario.
Jimin inclinó la cabeza, sin borrar su sonrisa, pero sus ojos parecían más serios esta vez.
—Veremos si en el futuro piensas otra cosa —respondió en un tono que la hizo dudar de sus propias palabras.
La conversación continuó entre bromas y observaciones, pero el ambiente entre ambos se tornaba más cómodo, menos tenso. Alice se sorprendía a sí misma respondiendo preguntas sobre su vida y su infancia, detalles que no solía compartir con mucha gente. Había algo en Jimin que, aunque le irritaba en ocasiones, también la hacía sentir escuchada, como si pudiera ser ella misma sin miedo a ser juzgada.
Después de la cena, ambos decidieron regresar a casa. El trayecto de vuelta fue tranquilo, el sonido del motor y el paisaje nocturno siendo el único testigo de su silencio. Alice se sorprendió al darse cuenta de lo cómoda que se sentía en su compañía, aunque todavía no sabía cómo interpretar esa sensación.
Al llegar a casa, Jimin la acompañó hasta su habitación, algo que Alice encontró un poco innecesario pero que no rechazó.
—Entonces, ¿qué harás mañana? —preguntó Jimin, apoyándose casualmente en el marco de la puerta.
Alice se encogió de hombros, claramente sin ningún plan en mente.
—No tengo ni la menor idea. Supongo que descansaré.
Jimin la miró por un momento antes de hacer su propuesta.
—Estaba pensando en pasar el día en el bosque. Hay un lugar, un claro cerca de un manantial. Podríamos ir allí. Es tranquilo y privado.
Alice sintió un extraño escalofrío recorrer su espalda al escuchar esas palabras. El claro del manantial. Recordaba ese lugar, aunque no le había contado a nadie sobre lo que había pasado allí hace dos años, el día en que vio al lobo blanco por primera vez. ¿Por qué Jimin quería ir precisamente allí? ¿Sería solo una coincidencia?
—¿Por qué ese lugar? —preguntó con un tono más serio de lo que esperaba.
Jimin sonrió, aunque sus ojos parecían escrutarla con mayor atención.
—Es un buen lugar para desconectar. Además, me recuerda a ti.
Alice no supo cómo interpretar esa última frase, pero su curiosidad fue más fuerte que sus dudas. Después de todo, no podía negar que le intrigaba regresar a ese claro, especialmente con Jimin, aunque no supiera exactamente por qué.
—Está bien, acepto —dijo finalmente, su voz más firme de lo que se sentía por dentro.
Jimin asintió, satisfecho con su respuesta.
—Perfecto. Nos veremos temprano. Buenas noches, Alice —dijo, haciendo una ligera inclinación de cabeza antes de girarse y salir de su habitación con la misma confianza con la que había entrado.
Alice lo observó irse, sintiendo que la noche había sido más extraña de lo que esperaba. Cerró la puerta y se recostó en la cama, sus pensamientos girando en torno a la conversación que había tenido con Jimin. Había algo en él que la desconcertaba, pero al mismo tiempo, comenzaba a comprender que no era tan simple como lo había pensado.
Justo cuando comenzaba a dejarse llevar por el sueño, su mente volvió a aquel claro en el bosque, al lobo blanco y una inquietante idea empezó a tomar forma en su cabeza. ¿Podría ser que Jimin supiera más de lo que aparentaba? Y si era así, ¿qué otros secretos estaba guardando?
La noche pasó entre pensamientos confusos y un descanso que apenas llegó. Cuando el sol comenzó a iluminar su ventana, Alice ya estaba despierta, su mente aún llena de preguntas.
El día prometía ser largo, y lo que fuera que sucediera en ese claro, Alice estaba segura de que no sería un simple paseo.