Capitulo 13

1495 Palabras
Savannah Montgomery ​El agua de la piscina, que al principio se sentía como un alivio refrescante contra el calor abrasador del sol, ahora se transformaba en un conductor de una electricidad que recorría mi columna vertebral, una corriente que solo ellos dos eran capaces de invocar. Estábamos ahí, los tres en el centro de la piscina, sumergidos hasta la cintura mientras la luz de la tarde nos envolvía en una atmósfera irreal, casi onírica. La tensión, que ya era insoportable, alcanzó un punto de ebullición cuando Benedict, sin apartar sus ojos oscuros de los míos, dejó que sus manos viajaran con una calma deliberada hacia la parte inferior de mi bikini n***o. ​Sentí el roce de sus dedos mojados en mi piel, una caricia que no buscaba la suavidad, sino la posesión. Con un movimiento rápido y fluido, Benedict tiró de la tela hasta liberarme de ella. La frialdad del agua golpeó mi intimidad un segundo antes de que sus dedos, firmes y expertos, encontraran mi clítoris. El contacto fue eléctrico, una descarga que me obligó a soltar un jadeo que resonó en el silencio de la casa. Kaelen, aprovechando mi distracción, selló mis labios con los suyos en un beso apasionado, devorador, que me quitó el aliento y me dejó a merced de ambos. ​—Dime, Savannah —susurró Benedict contra mi oído, mientras sus dedos seguían jugando con mi sensibilidad al ritmo de la succión de Kaelen en mis labios—. ¿Quieres que ambos te tomemos aquí mismo, bajo el sol, mientras el resto del mundo sigue girando como si nada ocurriera? ​Me separé de los labios de Kaelen, con el pecho agitado y la mirada nublada por el deseo. Giré mi rostro para buscar a Benedict, sintiendo que cada fibra de mi ser se rendía ante la propuesta. Mis ojos se encontraron con los suyos y, con una lentitud cargada de significado, asentí. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Benedict, una sonrisa hermosa, depredadora, que me confirmó que no había vuelta atrás. Era el momento de cruzar la línea definitiva. ​Sin pensarlo, bajé mis manos hacia sus caderas. Mis dedos buscaron el roce de los miembros de ambos a través de la tela mojada de sus shorts de baño. Fue una sensación extraña, casi alienígena. Mis palmas, una en cada lado, comenzaron a explorar. Sus miembros estaban increíblemente duros, bultos imponentes que palpitaban bajo la presión de mis dedos. Eran grandes, demasiado grandes, y una oleada de duda se mezcló con mi excitación. ¿Cómo era posible que mi cuerpo pudiera acoger algo así? ¿Cómo es que todo eso me había entrado anteriormente? Jadeé de la impresión, sintiendo la dureza de su deseo contra mis palmas, una realidad que me resultaba difícil de procesar. ​Benedict se rio suavemente, una vibración que sentí en mis manos. Sin dejar de mirarme, fue el primero en deshacerse de su short, dejándolo caer al fondo de la piscina.​—No te preocupes por satisfacer a nadie ahora, Savannah —me dijo, su voz resonando con una autoridad calmada—. No te preocupes por nada. Solo preocúpate por disfrutar. Ya tendrás oportunidad de explorar, de ser tú quien tome las riendas, de aprender cómo jugar con nosotros. Pero ahora, solo entrega tu cuerpo. ​Benedict me tomó con firmeza por la cintura, posicionándome frente a él, mientras Kaelen, con un movimiento ágil, se despojaba de su ropa también. El agua se agitó cuando Kaelen se acercó a nosotros, completando el círculo. Besé a Benedict, un beso que sabía a entrega absoluta, justo cuando sentí el primer roce de su m*****o contra mi entrada. ​Con un movimiento preciso y firme, Benedict me penetró. La sensación fue tan intensa que me hizo arquear la espalda, lanzando un grito de placer al aire mientras el agua se mecía alrededor de nuestros cuerpos. ​—¡Dios... es enorme! —susurré, con la voz ahogada por la sensación de plenitud que me dejó sin aliento. Era como si me estuviera llenando cada rincón de mi ser, estirándome de una forma que bordeaba el dolor exquisito. ​Él no se detuvo; comenzó a embestirme con una fuerza brutal, cada golpe resonando contra la pared de la piscina. Sentía que mi cuerpo se fragmentaba, que cada estocada de Benedict me enviaba a una dimensión donde solo existía el placer y su nombre. Pero, justo cuando estaba al borde de una descarga, él salió de mí con una brusquedad que me dejó un vacío insoportable. ​Sentí sus manos poderosas en mis nalgas, separándolas con firmeza para dar paso a algo más. De repente, el roce de Kaelen reemplazó el de Benedict. Sentí su m*****o entrando en mí, ocupando el lugar que acababa de quedar libre. Kaelen comenzó a embestirme con un ritmo diferente, más errático y salvaje, mientras mis manos se aferraban a los hombros de Benedict, quien seguía presente, como un espectador que pronto volvería a ser protagonista. ​Era un juego de relevos, una coreografía de posesión donde yo era el centro. Empecé a sentir la diferencia; aunque la diferencia de tamaño era mínima, mi cuerpo empezaba a reconocerlos. El ritmo de Benedict era calculador, dominante, como una marea alta que te arrastra; el de Kaelen era como una tormenta eléctrica, impredecible y violenta. Cada vez que salía uno y entraba el otro, sentía una sacudida que me hacía gritar, una sensación de ser utilizada por dos hombres que no tenían intención de compartirme con nadie, ni siquiera entre ellos. ​—Eres nuestra, Savannah —escuché a Kaelen gruñir detrás de mí, mientras me embestía con una fuerza renovada, golpeando puntos de mi interior que me hacían perder la noción de dónde estaba. ​Me aferraba a Benedict, quien me besaba mientras Kaelen me reclamaba, creando un ciclo de estimulación que me estaba destruyendo. Estaba empapada en agua y sudor, mi piel brillando bajo el sol, mis gritos perdiéndose en el jardín de la mansión. Cada vez que uno salía, sentía que me desinflaba, y cada vez que el otro entraba, sentía que volvía a encenderme. Eran una fuerza imparable, una maquinaria diseñada para hacerme sentir que mi única razón de existir era su placer. ​ La piscina se había convertido en un campo de batalla donde yo era el premio. Después de lo que parecieron horas de embestidas salvajes y besos que me dejaban sin aliento, Benedict, quien se había reintegrado en el juego un par de veces más, se detuvo. Salió de mí con una última caricia posesiva y se alejó unos centímetros. ​El silencio volvió a reinar, roto solo por nuestras respiraciones agitadas. El agua, que antes era clara, ahora parecía turbia por la intensidad de lo que acabábamos de vivir. Me sentí vulnerable, expuesta, flotando en la piscina mientras los dos me miraban con una satisfacción que me erizó la piel. ​Benedict dejó de besarme y me miró con esa frialdad calculadora que siempre me hacía sentir pequeña. ​—Es momento de subir a la habitación —dijo, su tono de voz indicando que la discusión se había terminado—. Esto ya no es suficiente. Tenemos mucho más que enseñarte y este lugar se nos ha quedado pequeño. ​Sin esperar a que pudiera procesar la orden, Benedict comenzó a caminar hacia las escaleras que llevaban a la terraza. Kaelen me dio una palmada ligera en la nalga y me siguió. Me quedé sola en el agua por un segundo, temblando de pies a cabeza, no solo por el frío, sino por la magnitud de lo que acababa de ocurrir. Mi cuerpo ardía, cada centímetro de mi piel recordándome que había sido poseída, marcada y reclamada por dos hombres que no conocían límites. ​Caminé hacia las escaleras, mis piernas respondiendo a duras penas. Cada paso era un esfuerzo consciente, una lucha contra el cansancio abrumador y la sensación de que ya no me pertenecía. Mientras subía, sentía sus miradas clavadas en mi espalda, observando cómo el agua resbalaba por mi cuerpo desnudo. ​Entré en la casa, el aire acondicionado golpeando mi piel mojada, y me dirigí hacia las habitaciones. Mi mente estaba en blanco, una hoja de papel en blanco sobre la que ellos habían escrito su historia con tinta roja. No había espacio para la culpa, no había espacio para la razón. Solo quedaba la obediencia. Subí las escaleras, consciente de que al cruzar la puerta de nuestra habitación, el fin de semana alcanzaría su clímax. No sabía qué esperarme, solo sabía que, fuera lo que fuera, ellos se encargarían de que no pudiera olvidarlo nunca. Al llegar a la puerta, me detuve, respirando hondo antes de entrar. Estaba lista, o al menos eso quería creer, para lo que sea que ellos tuvieran preparado. Entré, sintiendo cómo el cerrojo se cerraba tras de mí, atrapándome una vez más en este laberinto de obsesión y deseo.
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