Capitulo 12

2036 Palabras
Savannah Montgomery ​El vestidor se sentía como una celda de lujo, pero mi mente estaba en otro lugar. Mis manos temblaban mientras recorría las perchas, mis dedos deslizándose por telas finas hasta que se detuvieron en una pequeña pieza de tela negra. Era un bikini que había comprado hace tiempo, uno que apenas dejaba nada a la imaginación. La parte superior era apenas una fina tira de tela que, a duras penas, contenía mis senos, dejando gran parte de mi piel expuesta, y la parte inferior era un corte alto que dejaba poco espacio para la duda. Sabía que con el tamaño de mis pechos, el diseño resaltaba cada rincón de mi anatomía de una forma que resultaba casi obscena. ​Me lo puse con dedos torpes, sintiendo cómo la tela fría se ceñía a mi piel. Al mirarme al espejo, el impacto fue inmediato. Me veía increíble, poderosa y, al mismo tiempo, completamente vulnerable. Mi piel, pálida por la falta de sol, contrastaba con el n***o intenso del bikini. Me gustaba lo que veía, pero esa misma satisfacción me llenaba de pavor. Sabía perfectamente que, al bajar, no estaría ante un público neutral. Estaría ante mis dos hermanastros, ante los dos hombres que, apenas unas horas atrás, me habían reclamado con una ferocidad que aún sentía recorriendo mis venas. ​El camino a la piscina se hizo eterno. Mis pies descalzos golpeaban el mármol del pasillo y el sonido resonaba como un tambor de guerra en mis oídos. Al llegar a la terraza, la imagen frente a mí me robó el aliento. Kaelen y Benedict estaban allí, relajados bajo el sol abrasador de la tarde. Estaban semidesnudos, vistiendo solo unos shorts de baño que dejaban a la vista sus torsos esculpidos, sus abdominales marcados como si hubieran sido tallados en piedra, y esa piel morena que brillaba con el sudor y el aceite solar. Eran el epítome de la perfección masculina y, sin embargo, esa perfección me producía un terror eléctrico. ​Benedict fue el primero en reaccionar. No dijo una palabra, pero sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo con una voracidad que me hizo sentir desnuda, a pesar de la minúscula tela que me cubría. Se puso en pie con una parsimonia depredadora y caminó hacia mí. Su sombra se proyectó sobre mi rostro antes de que pudiera retroceder. Sin previo aviso, se acercó y presionó sus labios contra los míos en un beso ligero, casi casto, que me engañó por un segundo. Pero antes de que pudiera procesar el contacto, sentí un golpe seco y contundente en mi nalga izquierda. ​El impacto fue tan fuerte que el aire se me escapó en un gemido de dolor agudo, pero, para mi absoluta sorpresa y horror, el dolor se transformó en una chispa de placer que me recorrió el centro de las piernas. Me tambaleé, jadeando, y giré el rostro, mis ojos buscando la marca en mi propia piel. Allí estaba, clara y vibrante: el contorno de su mano, una huella rojiza y violenta que me recordaba de quién era. ​—Es la manera en que te marco, Savannah —dijo Benedict, con una voz baja y ronca que me hizo estremecer. No había disculpa en sus palabras, solo una posesividad absoluta—. Todos deben saber, incluso si nadie más que nosotros puede verlo, que ya no estás libre. Eres mi propiedad. ​Escuché una carcajada ronca provenir de la tumbona. Kaelen estaba allí, estirado al sol, muerto de risa ante mi reacción, con una mirada de absoluta complicidad hacia su hermano. Me sentía confundida, humillada y, sin embargo, profundamente excitada por la brutalidad con la que Benedict me había reclamado frente a su hermano. ​Benedict me tomó por el brazo con firmeza y me guio hacia las tumbonas. Me senté en el medio de ambos, sintiéndome como un animal atrapado entre dos leones. El sol sobre mi piel y la tensión que emanaba de ellos hacían que el aire se sintiera denso. ​—De ahora en adelante, pequeña, eres nuestra —dijo Kaelen, dejando de reír para mirarme con una intensidad que parecía perforarme—. Ya no eres esa hermanastra que intenta pasar desapercibida. Ahora eres nuestra chica. ​—¿Cómo novios? —pregunté, con la voz apenas audible, tratando de entender cuál era el nombre de este juego. ​Benedict soltó una carcajada seca, negando con la cabeza. ​—Algo así —respondió—. Pero mucho más exclusivo. Eres solo nuestra. Nadie más tiene el derecho de tocarte, nadie más puede mirarte con las intenciones con las que te miramos nosotros. Habrá reglas, Savannah. Reglas que seguirás al pie de la letra, porque aunque nadie debe saberlo, tú sabes perfectamente a quién le perteneces. ​Asentí, mi cuerpo traicionero relajándose ante la idea de ser controlada por ellos. No necesitaba palabras para saber que el pacto estaba sellado. Ellos no eran mis novios; eran mis dueños. Y en ese momento, bajo el sol implacable, me di cuenta de que mi libertad había sido el precio de este placer oscuro. ​De repente, Kaelen se levantó con un movimiento felino. Antes de que pudiera procesar sus intenciones, me atrapó en sus brazos, alzándome en el aire como si pesara menos que una pluma. Corrió hacia el borde de la piscina y, con un salto calculado, nos lanzó al agua. El choque térmico fue brutal. El agua fría golpeó mi piel, envolviéndome por completo mientras nos hundíamos. ​Me aferré a él con desesperación, mis piernas enredándose instintivamente alrededor de su cintura mientras buscaba el aire en la superficie. Al emerger, estaba empapada, Kaelen se rio contra mi cuello, sus manos grandes recorriendo mis muslos y mi espalda, ajustándome contra él bajo el agua. ​—¿Te gusta, verdad? —susurró, su aliento caliente contra mi oreja, a pesar de estar rodeados de agua fría. ​Benedict, que no se había movido de la orilla, nos observaba desde arriba con esa mirada gélida y dominante. Kaelen volvió a buscar mis labios, y esta vez el beso no tuvo nada de casto. Fue una batalla de lenguas, una lucha por el control en la que ambos nos perdimos. Sus manos grandes se movían por mi espalda, acariciando mis curvas, bajando hasta mis glúteos para apretar la piel que aún conservaba la marca de Benedict. Sentir el roce de su cuerpo, la textura de su piel morena contra la mía y el agua moviéndose a nuestro alrededor me hizo sentir más viva que nunca. ​La sensación de ser compartida, de ser el centro de sus obsesiones, me nubló el juicio. Me dejé llevar, permitiendo que Kaelen me explorara allí mismo, en la piscina, mientras Benedict nos observaba como un depredador esperando su turno. Sentí cómo el mundo exterior, las normas, mi familia, todo se diluía. No había martes, no había padres, no había mañana. Solo existía este instante, este asedio, y la absoluta y aterradora certeza de que ellos nunca me dejarían ir. Me hundí en su beso, rodeando su cuello con mis brazos mientras sentía que mi voluntad, poco a poco, se deshacía por completo, convirtiéndose en cenizas bajo el dominio implacable de los hermanos Cavendish. Y en la profundidad del agua, donde nadie podía vernos, supe que estaba perdida, y lo peor de todo, era que me encantaba. ​El agua se mecía suavemente a nuestro alrededor, creando una sinfonía de pequeñas olas que chocaban contra los bordes de azulejo azul cobalto. Kaelen no dejaba de besarme, una entrega que era pura posesión, mientras mis manos, empapadas y torpes por la emoción, se aferraban a sus hombros, buscando estabilidad en medio de la tormenta que ellos dos representaban. Él me sostuvo con una fuerza que me recordaba que, aunque estuviéramos en el agua, yo no tenía escapatoria. Sus labios se desplazaron hacia mi mandíbula, dejando una estela de calor que se perdía en el agua fresca de la piscina, y luego bajó hacia mi cuello, succionando mi piel con una presión que me hacía soltar gemidos ahogados que se perdían en el aire abierto.​—Mírame, Savannah —ordenó Kaelen, deteniéndose apenas unos centímetros de mi rostro, sus ojos verdes brillando con una intensidad sobrenatural—. Mírame y dime qué sientes. ​Abrí los ojos, encontrando su mirada fija en la mía. Estaba a punto de decir algo, una negación, una súplica, cualquier cosa que me devolviera un poco de cordura, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Lo que sentía era miedo, sí, pero sobre todo, una necesidad abrasadora, un hambre que se alimentaba de su mirada y de la presencia de Benedict, quien seguía inmóvil en la orilla, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción que me helaba la sangre. ​—Siento... siento que... —logré decir finalmente, con la voz entrecortada por la agitación—. Siento que no tengo control sobre mí misma. ​—Esa es la idea, pequeña —respondió Kaelen, su voz bajando a un tono casi imperceptible que resonó más fuerte que cualquier grito—. Esa es la idea. ​Se alejó de mí por un segundo, lo suficiente para que pudiera respirar, pero sus manos no me soltaron. Se mantuvo firme, asegurándose de que cada centímetro de mi cuerpo estuviera en contacto con el suyo bajo la superficie del agua. Benedict se acercó finalmente al borde de la piscina, se agachó y dejó que su mano rozara mi cabello mojado, apartándolo de mi cara con una delicadeza que me resultó aterradora por lo inusual. ​—Estás hermosa así, empapada y nuestra —dijo Benedict, su voz cargada de una autoridad que me hizo estremecer—. Pero esto es solo el principio. Tenemos todo el fin de semana para que aprendas el significado real de pertenencia. ​Me sentí como una marioneta en manos de dos titiriteros expertos. Cada caricia, cada palabra, cada mirada estaba diseñada para desmantelarme y reconstruirme bajo su voluntad. La piscina, que debería haber sido un lugar de relax, se había transformado en un escenario donde mi cuerpo era el único objeto de valor. Kaelen me volvió a atraer hacia él, esta vez envolviéndome con sus brazos por detrás, de modo que mi espalda quedaba pegada a su pecho desnudo. ​—¿Qué quieres que hagamos ahora? —preguntó Kaelen, su barbilla apoyada en mi hombro, sus manos viajando por mis costillas y deteniéndose en mis pechos, que se asomaban apenas por el borde del agua debido al bikini minúsculo que llevaba puesto. ​Benedict se introdujo en el agua con un movimiento elegante, sin quitarse sus shorts de baño. Se colocó frente a nosotros, cerrando el círculo. El agua alrededor de los tres se agitó, creando una burbuja de aislamiento absoluto en medio de la mansión. Me sentí atrapada, rodeada, poseída por dos hombres que no sabían lo que significaba la palabra "moderación". ​—Quiero que ella nos diga qué prefiere —sugirió Benedict, extendiendo su mano para acariciar mi mejilla—. ¿Quieres que te dejemos tranquila el resto de la tarde, o quieres que sigamos jugando con nuestra pequeña posesión hasta que el sol se oculte? ​La pregunta era una trampa. Sabía perfectamente que, fuera cual fuera mi respuesta, ellos ya habían decidido el resultado. Pero el hecho de que me dieran la opción de "elegir" me hacía sentir una emoción perversa que no pude ocultar. ​—Quiero que sigan —susurré, y aunque mi mente me gritaba que era un error, mi cuerpo me traicionaba una vez más, entregándose por completo a la voluntad de ellos—. Quiero que sigan... jugando. ​Kaelen soltó un gruñido de satisfacción y Benedict, con una mirada triunfal, se acercó aún más, hasta que nuestros cuerpos estuvieron tan juntos que no podía distinguir dónde terminaba yo y dónde empezaban ellos. En aquel instante, bajo el agua, supe que no había vuelta atrás. Había cruzado la línea, había aceptado el juego, y ahora, no quedaba más que entregarse al frenesí que ellos dos tenían planeado para mí durante el resto de este eterno fin de semana.
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