Daniel se acercó con celeridad y me abrazó de la cintura. ―Hola, primo, viniste ―le dijo con un tono tirante. ―Hola, feliz cumpleaños ―respondió Miguel, hosco, y le entregó un presente. ―Gracias. La tensión casi se podía ver entre ellos como una cuerda que tiraba a cada uno a su lado. ―¿Y me vas a decir por qué tanta felicitación? ―me insistió. ―Estamos pololeando ―respondió Daniel por mí. ―¿Qué? ―preguntó incrédulo. ―Eso, empezamos a pololear, ¿no nos vas a felicitar? Miguel ignoró a su primo. ―Es porque te dijo lo que pasó el otro día, ¿cierto? ―me preguntó de mal modo. ―¿Qué me tenía que decir? ―interrogué y miré a Daniel. Daniel apartó la mirada de él y de mí. ―¿Qué me tenías que decir? ―Nada ―contestó Miguel―. Pero de seguro te metió cosas en la cabeza en cont

