El domingo fue un día de flojera total. Yo me levanté cerca de las dos de la tarde. Almorzamos los papás de Daniel, Daniel y yo, los demás seguían durmiendo. Después, nos fuimos a la sala, encendieron la chimenea y nos acomodamos a ver películas. Daniel y yo nos acostamos en el sofá grande y nos cubrimos con una frazada. La verdad es que en menos de quince minutos estaba dormida, porque no recuerdo nada. Al despertar, mi pololo dormía. Busqué con mi mirada a los dueños de casa, pero no estaban allí. La televisión estaba apagada, lo mismo que la luz. No tenía idea de la hora. ―¿Te puedes quedar quieta? ―me pidió con voz somnolienta. ―Perdón ―dije. Por respuesta, me abrazó y me apegó a él, todavía estaba adormilado, pero eso no fue impedimento para buscar mi boca para besarla. ―¿T

