El domingo me desperté temprano con ganas de ir a misa. Con la familia de Daniel volví a ir a misa, luego que el padre de familia se mejoró volvieron a la capilla los días que tocaba que el párroco pasara por ahí, que era una o dos veces al mes, y yo iba con ellos. Antes de eso, en Antofagasta, no asistía a la iglesia desde mucho antes que mi mamá se me fuera. Ella sí iba, la iban a buscar algunos niños de la capilla y la volvían a dejar. A veces, yo todavía ni me despertaba cuando ella volvía de la capilla. ―¿Estás lista? ―me preguntó mi esposo después del desayuno. ―¿Me vas a acompañar? ―Claro, ¿o no quieres? ―Sí, claro que quiero, es que pensé que no... ―Quiero acompañarte... Si tú quieres. Sonreí. Obvio que quería que me acompañara si ni yo sabía por qué quería ir. Al lle

