Al amanecer despertamos a la vez. Abrí los ojos en el mismo instante en que él los abrió. ―Buenos días ―me saludó. ―Buenos días ―contesté. Nos dimos un corto beso, mi labio ya no dolía. ―Hoy nos iremos ―me dijo, contento. ―Sí. Ya quiero estar allá. ―Yo también te quiero allá ―repitió con dulce burla. A las once nos dieron el pase para irnos, me preguntaron si quería quedarme a almorzar, ni loca para aceptar comer comida de hospital, sabiendo que me esperaba un exquisito pastel de papas en familia. Y así fue. La tarde la pasamos conversando entretenidos. Nadie mencionó lo sucedido con Miguel. Solo el padre, casi al llegar la noche, se acercó a mí, todavía caminaba con dificultad y se sentó a mi lado. ―¿Cómo se siente, m’ija? Yo siento harto no haberme dado cuenta de que mi s

