Nos detuvimos en la parcela de Daniel. Miguel se estacionó detrás del auto de su primo. Me dio la impresión de que intercambiaron miradas por el espejo retrovisor, pues Daniel sostuvo su mirada un buen rato y no de muy buen agrado. Creo que yo no podía sentirme más incómoda con la situación. Por un lado me arrepentía de haber aceptado la propuesta de Daniel, por el otro, sabía que no me quería quedar sola en Antofagasta, si me hubiese quedado... Hubiera sido mi fin, de eso sí estaba segura. No habría tenido motivos para seguir viviendo. ―Cris... ―No me había dado cuenta de que todos se habían bajado, menos yo, y Daniel estaba ahí, tratando de hacerme bajar a tierra―. ¿Estás bien? ―Sí, sí. Perdón, me quedé pensando. ―Sí, ya me di cuenta ―respondió con tono burlesco. Me bajé y la mamá

