La señora Rosa me acompañó a mi pieza por insistencia de don Carlos. Me acosté; con el llanto me había dolido la cabeza. Ella se acostó a mi lado y no sé en qué momento me dormí. Soñé con mi mamá. Ella venía a verme en sueños. Se paraba a los pies de la cama y desde allí me hablaba. ―Ahora puedo irme en paz, mi niña, está en buenas manos ―me dijo. ―La necesito tanto, mamita ―le lloré. ―Lo sé, mi amor, pero era mi hora. Sea feliz. Su felicidad está más cerca de lo que cree. Acuérdese que los amores platónicos tienen que quedarse ahí, en la imaginación, donde pertenecen, son alimento para el alma cuando la fe y la esperanza mueren o se duermen. Usted no lo necesita. Usted tiene todo para ser feliz, solo debe mirar muy bien a su alrededor. Me levanté de mi cama y la abracé. Aquel ser

