La velada aquella tarde-noche fue muy agradable. Para qué decir que Miguel no se apareció por la casa ni esa noche ni el fin de semana. Mucho menos en la semana. El viernes siguiente, sí. Llegó hasta la oficina poco antes de almuerzo. Daniel andaba en la ciudad. ―Hola, Cristi ―me saludó un poco cohibido. ―Hola ―saludé de vuelta con indiferencia. ―Tenemos que hablar. ―Yo ya me estoy yendo a la casa ―respondí. ―Lo sé, por eso te vine a buscar. ―¿Qué quieres? ―Quiero contarte todo. Quiero empezar de nuevo. Te necesito, Cristi, no sabes la falta que me has hecho. ―Pues no se nota, fíjate. ―Así es. Yo te quiero, Cristi, lo sabes. ―¿Y esa mujer con la que andabas? ―Es una amiga. ―No parecía que fueran solo amigos el día que los vi en el campo. ―¿Cuándo me viste? ―El

