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Tú, después del dolor.

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Descripción

Odette Valewood llegó a Silver Creek buscando escapar del abandono de su familia y empezar una nueva vida entre montañas cubiertas de nieve.

Lo que no esperaba era encontrar a Patrick Mikkelsen: un ranchero frío, desconfiado y con el corazón roto... ni a Lumi, la pequeña hija de un año que se encariñó con ella desde el primer momento.

En un pueblo donde todos conocen los secretos ajenos, Odette descubrirá que detrás de los silencios de Patrick existe un hombre capaz de incendiar todo aquello que ella creía perdido.

Porque a veces, el lugar al que huyes... termina convirtiéndose en tu hogar.

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Prologo.
La noche en que Odette Valewood nació, San Francisco estaba cubierta por una lluvia intensa que golpeaba las ventanas del hospital como si quisiera abrirse paso hacia el interior. Evelyn llevaba horas en trabajo de parto y Theodore caminaba de un lado a otro por la habitación privada con el ceño fruncido y la camisa arrugada, luciendo mucho más molesto que preocupado. Cinco años antes, cuando Beatriz nació, todo había sido diferente, hubo flores, fotografías, lágrimas de felicidad. Theodore había llenado la habitación de regalos para Evelyn y anunció el nacimiento de su primera hija como si el mundo acabara de entregarle el mayor tesoro imaginable, pero aquella noche no existía emoción, solo cansancio, silencio y una sensación incómoda que ninguno de los dos se atrevía a mencionar en voz alta. Odette jamás fue planeada. Evelyn había descubierto el embarazo demasiado tarde, justo cuando comenzaban a recuperar la libertad que habían perdido al convertirse en padres jóvenes. Beatriz ya iba a la escuela, Theodore acababa de conseguir una posición importante dentro de la empresa familiar y Evelyn empezaba a disfrutar nuevamente de su vida social. Entonces apareció aquel retraso inesperado, aquella segunda línea en la prueba, aquella noticia que ninguno celebró. — No podemos tener otro bebé ahora. — dijo Theodore aquella vez, sentado al borde de la cama, pasándose ambas manos por el rostro. Evelyn tampoco lloró de felicidad, solo observó la prueba durante varios segundos antes de dejarla sobre el lavabo. — Supongo que no tenemos alternativa. — aunque nunca hablaron de ello nuevamente, algo cambió desde entonces. Incluso antes de nacer, Odette ya ocupaba un lugar incómodo dentro de aquella familia. Cuando finalmente escucharon el llanto de la recién nacida, Theodore levantó apenas la mirada, la enfermera colocó a la pequeña en brazos de Evelyn, era diminuta, tenía una mata de cabello castaño y unos enormes ojos grisáceos que apenas lograban abrirse. — Es hermosa. — comentó la enfermera con una sonrisa. Evelyn observó a la bebé unos segundos, después asintió con amabilidad, aunque sin emoción verdadera. — Sí... lo es. — no hubo lágrimas, ni promesas. Ni aquella conexión inmediata de la que tantas madres hablaban, solo agotamiento. Beatriz, en cambio, sí sintió curiosidad por su hermana desde el principio, con apenas cinco años, se acercó a la cuna días después y observó a la bebé dormir. — Parece una muñequita. — susurró. Odette creció teniendo todo aquello que una niña podía necesitar. La mejor ropa, las mejores escuelas, una enorme casa en uno de los barrios más exclusivos de San Francisco, pero el cariño dentro de aquella familia siempre parecía tener una dirección específica y nunca apuntaba hacia ella. Theodore adoraba a Beatriz, la llevaba a todos lados, hablaba orgulloso de sus calificaciones y presumía cada uno de sus logros como si fueran propios. Evelyn tampoco ocultaba sus preferencias; Beatriz era elegante, sociable, brillante, la hija perfecta. Odette, en cambio, aprendió desde pequeña a ocupar poco espacio, a no interrumpir, a no pedir demasiado. Cuando tenía ocho años, enfermó de gripe durante una semana entera. Evelyn contrató una enfermera para cuidarla mientras ella asistía a un evento benéfico junto a Theodore, Odette recordaba perfectamente cómo observó la puerta de su habitación esperando que su madre apareciera al menos para darle las buenas noches, nunca lo hizo, no eran crueles. Eso era lo peor. No había gritos, ni golpes, ni insultos directos, solo indiferencia. Un tipo de abandono silencioso que terminaba pesando mucho más, con el tiempo, Odette comenzó a refugiarse en los únicos lugares donde realmente se sentía querida; las vacaciones de verano en Silver Creek. Aquel pueblo perdido entre montañas se convirtió en su lugar favorito del mundo antes incluso de entender por qué. Silver Creek era enorme comparado con otros pueblos cercanos. Había ranchos interminables, caminos rodeados de pinos, fábricas antiguas, cafeterías acogedoras y un enorme río que atravesaba gran parte del valle antes de perderse cerca del bosque profundo que rodeaba la zona. El aire olía diferente ahí, más limpio, más libre. Sus abuelos vivían en una casa amplia de madera a las afueras del pueblo, donde las noches eran silenciosas y las estrellas parecían mucho más cercanas. Salvador y Noelle Valewood la amaban de una manera que Theodore y Evelyn jamás consiguieron. Su abuelo la cargaba sobre los hombros cuando era pequeña y le enseñaba a lanzar piedras al río. Su abuela le preparaba chocolate caliente cuando regresaba del frío y peinaba su cabello mientras le contaba historias del pueblo. Ahí, Odette no se sentía como un error, ahí se sentía importante, recordaba especialmente una tarde de invierno, cuando tenía doce años y estaba sentada junto a la chimenea leyendo un libro. Noelle levantó la vista de su tejido y preguntó suavemente. — ¿Eres feliz en casa, cariño? — Odette dudó, incluso entonces sabía mentir muy bien. — Sí. — pero Noelle la observó durante varios segundos, como si pudiera ver a través de ella. — No tienes que conformarte con migajas de amor solo porque vienen de tu familia. — aquellas palabras la acompañaron durante años. Los veranos en Silver Creek terminaron demasiado pronto, primero murió Noelle, después Salvador y la casa quedó vacía. Odette tenía diecinueve años cuando asistió al segundo funeral, Theodore apenas mostró tristeza durante la lectura del testamento, hasta que escuchó el nombre de su hija menor, toda la herencia quedaba a nombre de Odette Valewood. La casa de Silver Creek, las cuentas bancarias, las tierras, todo. El silencio que siguió fue insoportable. — ¿Qué demonios significa esto? — preguntó Theodore con frialdad. El abogado mantuvo la compostura. — Sus padres dejaron instrucciones muy claras, señor Valewood. — Theodore estaba furioso. No por el dinero, sino porque sus propios padres habían visto aquello que él jamás quiso aceptar, la diferencia, el favoritismo, el abandono. Evelyn tampoco dijo nada durante el camino de regreso, Beatriz evitó mirar a Odette y ella... ella solo se sintió culpable. Nunca presumió la herencia, jamás habló del tema, de hecho, intentó ignorarla durante años. Terminó la universidad con excelentes notas y consiguió trabajo como maestra suplente en un prestigioso colegio privado de San Francisco. Le gustaba enseñar, los niños eran simples, honestos, mucho más fáciles de entender que los adultos, sin embargo, incluso viviendo bajo el mismo techo, la distancia con sus padres empeoró, cada conversación parecía incómoda, artificial, vacía. Hasta que finalmente ocurrió. Una noche, Theodore dejó unos documentos sobre la mesa del comedor mientras Odette cenaba sola. — Tu madre y yo nos mudaremos el próximo mes. — Odette levantó lentamente la mirada. — ¿Mudarse? — pregunto. — Nueva York... — respondió él — Surgió una oportunidad importante. — ella esperó el resto de la explicación. Nunca llegó. — ¿Y la casa? — susurro. — Puedes quedarte un tiempo si quieres... — dijo Theodore con indiferencia — Ya eres adulta, supongo que sabrás arreglártelas. — así de sencillo, sin culpa, sin tristeza. Como si dejar atrás a su hija menor fuera apenas un detalle sin importancia, esa noche Odette lloró encerrada en su habitación por primera vez en años, no porque no lo hubiera esperado, sino porque, incluso después de todo, una pequeña parte de ella todavía deseaba que sus padres la amaran. Cuando ellos finalmente se marcharon, la enorme casa quedó insoportablemente vacía, los días comenzaron a sentirse eternos, trabajaba, dormía, comía sola y lentamente empezó a comprender algo doloroso: ya no tenía nada que la atara a San Francisco. Entonces comenzó a pensar nuevamente en Silver Creek. En las montañas, en el río, en el bosque, en la vieja casa heredada que llevaba años cerrada, la idea apareció primero como un pensamiento absurdo, después como una posibilidad y finalmente como una necesidad, tal vez necesitaba empezar de nuevo. Lejos de todo aquello que la había hecho sentir invisible durante toda su vida, tomó la decisión una madrugada de septiembre. Empacó únicamente sus cosas personales, algo de ropa, libros, fotografías de sus abuelos y algunas cajas con objetos importantes. No quería llevarse nada más de aquella casa, nada que perteneciera realmente a Theodore y Evelyn, la mañana de su partida, San Francisco estaba cubierta por una ligera neblina. Odette permaneció varios minutos dentro del auto con las manos temblando sobre el volante, tenía miedo, muchísimo miedo, nunca había vivido sola realmente, nunca había cruzado el país y aunque Silver Creek guardaba sus recuerdos más felices, también era un lugar desconocido ahora. Habían pasado demasiados años, tal vez ya no quedaba nada esperándola ahí, aun así, arrancó el motor. Mientras abandonaba lentamente la ciudad, sintió algo extraño creciendo dentro de su pecho, no era felicidad exactamente, tampoco tristeza. Era algo parecido a la esperanza. La misma esperanza que había perdido hacía mucho tiempo y aunque todavía no lo sabía, aquel viaje cambiaría absolutamente toda su vida.

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