El aire del campo solía reconfortar tanto a Felicitas como a Alina, quien desde que se había enterado que José tenía una familia, había perdido toda su habitual alegría. Estaba por completar sus estudios en el magisterio y ni siquiera eso lograba alegrarla. Solía pasar mucha de sus tardes en casa de Felicitas, para evitar los incómodos encuentros que preparaba su madre. Se sentía en una especie de emboscada cuando llegaba a su casa y algún caballero, en general bastante mayor que ella, la miraba como si se tratara de un trozo de carne. En casa de Felicitas la situación al menos difería en el rango etario. El ser la viuda más joven y hermosa de la ciudad atraía a los solteros como la miel a los osos. Si bien su amiga se mostraba agradecida del desfile de pretendientes y los numerosos art

